1977, misión cumplida

EL 24 de enero de 1977, un comando ultraderechista irrumpió en un despacho de abogados laboralistas situado en Atocha y abrió fuego a discreción. Mató a cinco personas. El PCE, todavía fuera de la ley, convocó una manifestación que acompañó al cortejo fúnebre. Fue una conmovedora muestra de mesura, contención y disciplina de partido.

Pronto habría elecciones. Suárez y Carrillo se reunieron en febrero de 1977. Conectaron. El Gobierno legalizó el PCE en Sábado Santo. A los pocos días, Suárez le comunicó al Rey su intención de ser candidato. Todavía no tenía partido. Todo apuntaba a que encabezaría la coalición Centro Democrático. El profesor Fuentes sostiene que la negociación entre Gobierno y CD pasaba por la neutralización de Areilza. El 3 de mayo, a punto de cerrarse el plazo para la presentación de coaliciones, se registró UCD. Fraga, desplazado a la derecha, fundó, junto con otros magníficos, AP: «Yo ya no iba a ser el protagonista del cambio (…) pero tenía que cuidar que no se cometiesen errores ahí donde yo había trabajado». El PSOE lo tenía nítido. Desde Suresnes, Felipe González era el candidato indiscutido.

El 15 de junio de 1977 se celebraron las primeras elecciones libres desde 1936. Lo que entonces pareció sorpresa no lo fue tanto: los españoles dejaron a Suárez en el Gobierno y a González calentando en la banda. Los electores convergieron hacia el centro y el posibilismo.

Suárez no tenía calcetines

RAÚL DEL POZO

Los rojos de la Puerta del Sol suelen decir que la Transición fue un cuento. Pero los que nacimos en un bombardeo, crecimos en una nación sin voz donde lo que no era ilegal era pecado, viajamos por el mundo con el estigma del franquismo como si fuéramos culpables, el día 15 empuñamos la papeleta como un puñal para el gran día que nos esperaba. Adolfo Suárez asistió ese día a misa en el Patio de Columnas. El héroe a pesar de pertenecer a una familia republicana, de chaval era de comunión diaria y quiso ser cura. Se coló en el Colegio Mayor Francisco Franco y utilizaba las prendas de vestir de José Luis Herrero, hermano de Fernando Herrero, su protector. José Luis le afeaba que se pusiera hasta sus calcetines. Enchufado en el Movimiento llegó a ser gobernador civil de Segovia y siempre aspiró a ser presidente del Gobierno, para lo cual sedujo al Príncipe y comulgó donde Carrero. El caso es que braceando en el cenagal burocrático llegó a ser presidente del Gobierno y logró tener calcetines y un chalé en Puerta de Hierro. Entonces empezó a fumar ducados como Jesucristo en Rute, comía tortillas francesas y logró que Rafael Alberti volviera de Roma y fuera recibido como Joselito. El miércoles 15 de junio, jugó con Santana en La Moncloa; era un buen doblista con volea de revés. Hacia las 10 de la noche tenía las yemas en la carraca porque le dijeron que UCD no ganaba y en la sede del PSOE daban gritos de «Ea, ea, Felipe a La Moncloa». Alguien dijo: «Que gobiernen ellos. A ver si son capaces de hacerlo con el Ejército que tenemos». Antes de todo logró que cayeran el yugo y las flechas de Alcalá 44, que volviera Tarradellas y legalizó el PCE con las pistolas apuntándole a la sien. El 13 de junio acabó la campaña después de 22.000 actos con 5.343 candidatos: el franquismo quedó calcinado. Una señora quiso votar a Franco, otra intentó votar varias veces. «La intervención de Fraga no fue buena, con su brusquedad habitual, y nada digamos de la de Arias Navarro con un enorme retrato de Franco como fondo, no salió elegido por Madrid a pesar de haber sido alcalde del Foro», escribió Eduardo Navarro. Los resultados: medio país de izquierdas, medio de derechas. Las dos Españas. El señor D’Hondt permitió la mayoría de UCD en el Congreso. Camilo José Cela fue elegido senador. El PCE, el partido de los fusilados que ideó la Constitución, sólo logró 20 diputados y 8 senadores.

Suárez arrolla a Manuel Fraga

LUIS MARÍA ANSON

Manuel Fraga, franquista desorejado, demócrata entusiasta tras la Restauración monárquica, al frente en 1977 de los «siete magníficos», le dijo a Robles Piquer: «Me voy a comer con patatas en las elecciones del 15 de junio a ese pobre ingenuo de Suárez, que nunca fue capaz de ganar una oposición. El pueblo español no ha olvidado la prosperidad que el Caudillo proporcionó a España». Así es que en las entrevistas que TVE realizó con los líderes políticos, Fraga apareció exultante sentado tras una grandiosa mesa de trabajo, explicando a los españoles que él fue número 1 en varias oposiciones y que era con diferencia el mejor y más preparado candidato. Adolfo Suárez, que había legalizado al Partido Comunista con Pasionaria y Carrillo, habló de pie, entrando de puntillas y con timidez en casa de los españoles, sin una palabra ni un gesto de presunción. Se alzó con la victoria y 165 diputados, escabechando a las finas hierbas al soberbio y dejándole en ridículo con solo dos congresistas. El emergente González rozó el centenar. España explotó en la libertad sin ira. Se iniciaba, superados los meses de tensión con Arias Navarro, la política de concordia y conciliación, que relegaría al zaquizamí de la Historia a la guerra incivil, al cerrilismo de la dictadura franquista y a los delirios del exilio. Cuando Don Juan Carlos anunció a Don Juan que convocaría elecciones libres, cumpliendo lo que su padre había exigido en su manifiesto del 21 de noviembre de 1975, el viejo Rey decidió abdicar, trasvasando la legitimidad dinástica al joven Monarca. De las elecciones generales de 1977 derivó de hecho una Asamblea Constituyente que aprobó un año después la nueva Constitución. Con ella recibiría Don Juan Carlos la legitimidad popular, equiparándose a los demás monarcas europeos. La Transición, desde la dictadura encarnada por el caudillo Franco, el amigo de Hitler y Mussolini, a la democracia pluralista plena, había comenzado. Y asombró al mundo. Tuvo cinco protagonistas principales: el pueblo español, que demostró su madurez; el Rey Juan Carlos, que tenía la fuerza del Ejército; el cardenal Tarancón, que tenía la fuerza de la Iglesia; Marcelino Camacho, que tenía la fuerza obrera; y Felipe González, que tenía la fuerza de los votos.

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