1978: un mandato de concordia

«Saldremos adelante porque creemos en nuestro país y nos sentimos orgullosos de lo que somos». Esa tarde, Felipe VI anunció por sorpresa que se dirigiría a los españoles. Hoy sabemos que Rajoy no lo consideraba necesario. El discurso fue corto, sobrio, asertivo, contundente e implacable con quienes pretendían romper el orden constitucional. Habían pasado dos días del chapucero 1-O, que puso al Gobierno en evidencia y a la Constitución en la picota. Felipe VI asumió riesgos y ejerció las funciones que le otorga la Constitución: «Jefe de Estado, símbolo de unidad y permanencia, arbitra y modera el funcionamiento regular de las instituciones…».

En 2014, su padre abdicó la Corona en mitad de tres crisis superpuestas: secesionista, económica y la política. Con un país en estado de shock, Felipe VI pronunció en las Cortes su discurso de proclamación: «Los españoles, y especialmente los hombres y mujeres de mi generación, Señorías, aspiramos a revitalizar nuestras instituciones (…) y fortalecer nuestra cultura democrática». Tres años después, el Rey paró el golpe y los españoles despertaron del letargo. A los pocos días, una masiva manifestación recorrió las calles de Barcelona ondeando banderas españolas y europeas. Vargas Llosa y Borrell reivindicaron una nación plural de ciudadanos, sin privilegios ni discriminaciones ni actitudes xenófobas: la España constitucional, que acaba de celebrar 40 años de convivencia. La Constitución, dijo el Rey en el discurso de conmemoración en las Cortes, es un «mandato de concordia», el «el alma viva de nuestra democracia».

El régimen del 78, rodeado de enemigos

RAÚL DEL POZO

El año pasado le hice a Juan Carlos I la siguiente pregunta: ¿no cree Su Majestad que no invitarlo a los actos conmemorativos de las primeras elecciones de la democracia es como no invitar a Napoleón a la conmemoración de la batalla de Austerlitz? El Rey, con humildad y laconismo, contestó: «Sí, desde luego». Fue un acto de cobardía y de miedo el excluir a Juan Carlos de la efemérides de una hazaña en la que fue uno de los grandes protagonistas. En el aniversario de la Constitución del 78, Juan Carlos ha sido invitado con buen criterio, porque sigue siendo ante el mundo entero un referente de la democracia española, nunca se alejó de la senda trazada por la Carta Magna, y el nuevo Rey necesita la aureola del prestigio de su padre. Después de siglo y medio de fusilamientos de liberales, mujeres, rojos, generales y cabos, políticos y curas, por defender La Pepa y otras leyes fundamentales, contra reyes felones y la chusma de «Vivan las Cadenas», los españoles resollaron la libertad y ahora lo celebran. La Princesa de Asturias leyó un párrafo de la Constitución que se escribió, cuando, como ha dicho Félix Ovejero, «la mejor izquierda señoreaba la política española». Se refiere al PCE que firmó el final de la guerra y la Amnistía con lo que quedaba del franquismo. Y al PSOE, que hizo juegos malabares con Alfonso Guerra para lograr el consenso. Ahora, en el cumpleaños hubo conciertos, pero sin corridas y otras solemnidades de aniversario. Borges despreciaba los aniversarios como ceremonias unánimes, con discursos y estatuas ecuestres. Pero lo peor de esta efemérides es que la Constitución está rodeada de enemigos por todas partes. Incluso el PCE de hoy, que no se parece mucho al que invoca Ovejero, dice que aquella Carta Magna ya no existe porque hubo incumplimientos flagrantes, por lectura neoliberal del PP-PSOE. «Maastricht le eliminó todo margen de soberanía, es decir, palancas propias para diseñar nuestro futuro económico. La reforma del 135 le ha dado total primacía a la banca. La aplicación del 155 sin ley orgánica que lo desarrollara no es rigurosa, ese artículo se escribió para no ser aplicado». Pablo Iglesias tampoco cree en aquel prodigio: «Con el 15-M se reconfigura el Sistema». La izquierda, que fue la gran defensora de la Transición, dice ahora que el Régimen del 78 está carbonizado y así lo demuestran las encuestas y la gente de la calle. «Era dominio, explotación y saqueo de las arcas públicas».

Cuarenta años después

LUIS MARÍA ANSON

José María Areilza llamó a Juan Carlos I en el año 1976 «el motor del cambio». Periódicos internacionales del más vario pelaje centraron en la figura del nuevo Rey el éxito del trasvase en España, sin traumas ni violencias, desde una dictadura de casi cuarenta años a una democracia pluralista plena. El caudillo Franco fue el amigo del duce Mussolini y del führer Hitler. Es falso que permaneciera neutral durante la II Guerra Mundial. Envió a la División Azul a luchar en favor de los nazis. Al término de la contienda, Churchill y Truman decidieron mantener al dictador Franco en El Pardo porque, tapándose las narices, prefirieron una España franquista al riesgo de una España estalinista. Después de lo que había ocurrido en Portugal tras la desaparición de Salazar, la incógnita española de la sucesión a la dictadura, el «después de Franco, qué», fue resuelta por la lucidez, la sagacidad y la decisión de Juan Carlos I, bien aconsejado siempre por su padre Juan III y por Torcuato Fernández-Miranda. Ahora, los antisistema tratan de marginar al Rey, convirtiendo a Adolfo Suárez en protagonista de la Transición. Y a un grupo ilustre de políticos manejados por Fernando Abril y Alfonso Guerra, de la Constitución. La verdad histórica, la pura verdad, la verdad incontrovertible es que la Transición fue posible gracias a la decisión de Don Juan Carlos. Y la Constitución, gracias también a la generosidad del nuevo Rey. Y, por supuesto, a la madurez del pueblo español, que se sumó de forma constructiva y sin aspavientos a la operación, evitando violencias y sangre. Franco dejó una admirable clase media y un país ocupado por su propio Ejército. La Transición y la Constitución fueron sustancialmente la obra de Juan Carlos I, que tenía la fuerza del Ejército; del cardenal Tarancón, que tenía la fuerza de la Iglesia; de Marcelino Camacho, que tenía la fuerza obrera, y de Felipe González, que tenía la fuerza de los votos. Cuarenta años después, el Rey padre ha recibido en la sede de la soberanía popular el testimonio de agradecimiento que su figura histórica merece. Conviene recordar que Juan Carlos I ha encarnado, junto a Carlos I, Felipe II y Carlos III, uno de los cuatro grandes reinados de la Historia de España.

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