La fragata ‘Mercedes’, su suerte y la de su cargamento

Por Hugo O’Donnell y Duque de Estrada, duque de Tetuán, comandante de la Armada de España y miembro de la Real Academia de la Historia (EL MUNDO, 28/05/08):

Los pueblos que no conocen su historia están condenados a repetirla.
Winston Churchill.

Desde que en mayo de 2007 saltara a la prensa la recuperación del fondo del mar por parte de la empresa norteamericana Odissey Marine Exploration del mayor conjunto de monedas de plata jamás obtenido de un pecio de cualquier época (17 toneladas de plata acuñada en 500.000 piezas), la opinión pública española ha seguido con alarma las vicisitudes de lo que desde el principio interpretó como un caso de expolio flagrante del patrimonio sumergido histórico español. El escándalo provocado acabó moviendo a las aletargadas autoridades españolas competentes a actuar, aunque desgraciadamente con pocos datos y menor acierto inicial. Las pesquisas oficiales se centraron sobre todo en los pecios poco conocidos de una zona inmediata a Alborán, pese a que tal cantidad de plata acuñada sólo podía proceder de América y corresponder a un hundimiento famoso y debidamente documentado. Del estudio de los acontecimientos, basado en las fuentes originales y no en relatos de segunda o tercera mano, se desprende que las monedas obtenidas proceden de la fragata de Su Majestad Católica Nuestra Señora de las Mercedes. La documentación a la que nos referimos, así como los manifiestos de carga, pruebas decisivas a nuestro entender, se conservan en la Real Academia de la Historia; sus copias autenticadas han sido proporcionadas en estos mismos días al bufete de abogados encargado de defender los intereses españoles.

El 18 de mayo de 1803, Jorge III de Inglaterra declaraba una nueva guerra a Napoleón y, aunque por aquel momento España no se vio afectada, la situación se iría complicando con el transcurso del tiempo que obraría en su contra. Durante los meses anteriores, el Gobierno español se había cuidado de tomar las medidas oportunas para traer a la Península la plata retenida en América con motivo de la anterior guerra. El propio Manuel Godoy había planeado un nuevo sistema, más seguro y ahorrativo, de transportar los caudales utilizando modernas fragatas de guerra en lugar de los ligeros buques de registro habituales. A principios de noviembre de 1802 ya estaban listas diversas flotillas de este tipo de barcos con destino a La Habana y Veracruz, Montevideo y el Callao, para recoger las exacciones de los años precedentes de los virreinatos de México, Buenos Aires y Perú, y el dinero que los particulares y las compañías privadas quisieran remitir a España para reactivar su mortecino comercio.

Con destino al virreinato del Perú se aprestaron en El Ferrol las fragatas Clara y Mercedes. Esta última no pudo llegar al Callao y reunirse con su compañera hasta el 6 de agosto de 1803, por una tormenta que la obligó a arribar a reparar a Montevideo. Ambos eran buques amparados por el pabellón nacional. Ninguna duda cabe por lo tanto sobre la condición de la Mercedes como buque de guerra en misión oficial, por lo que el hecho de encontrarse sus restos fuera de las aguas jurisdiccionales españolas es irrelevante.

Una vez embarcada la plata en El Callao y listos ya para zarpar, se recibió la noticia del estallido de la guerra entre Inglaterra y Francia por lo que los particulares se negaron a remitir sus caudales y efectos ante el riesgo que esto representaba. Los mandos navales urgieron la partida aunque sólo fuese con los efectos de la Corona, pero el virrey, marqués de Avilés, decidió demorarla hasta la llegada de nuevas más tranquilizadoras, lo que no se produjo hasta marzo de 1804.

Se trataba de noticias muy atrasadas, de 29 de octubre del año anterior, que anunciaban la permanencia de nuestra neutralidad y que incluso parecían prometer una paz duradera sobre principios sólidos. Esto determinó que los comerciantes embarcasen más de millón y medio de pesos duros, cantidad muy superior a la que habían decidido en un principio. Para incrementar su seguridad se decidió que la Clara y la Mercedes se dirigieran a Montevideo para integrarse en otra división, formada por otras dos fragatas, la Medea y la Fama. Una vez en este puerto, partieron todas juntas hacia España al mando del jefe de escuadra José de Bustamante y Guerra. La decisión del virrey Avilés resultó nefasta. De haber zarpado directamente a España y sin demoras a finales de 1803, no hubiera habido interceptación ni ataque inglés. La Mercedes iba tan cargada de metal precioso que pasaría a constituir el pecio más rico de cuantos han sido: 221.000 pesos fuertes de propiedad real; otros 60.000 pesos de la Caja de soldadas destinados a la nómina militar, y nada menos que 590.000 pesos de particulares, como aparece en el Estado general de caudales y efectos firmado por José de Bustamante en Plymouth, cuando ya la fragata había sido destruida y las demás que la acompañaban apresadas por los ingleses. Ninguna nave hundida había superado ni iba a superar a la Mercedes en cuanto al valor de su estiba, por lo que este dato es decisivo a la hora de identificar el buque.

Mientras estaban teniendo lugar estos acontecimientos, España, presionada por Napoleón, que invocaba viejos acuerdos, se había comprometido con éste a contribuir a su esfuerzo de guerra con 72 millones de francos, más de la tercera parte de su presupuesto. A finales de 1803, este tratado secreto era ya público (la propia Francia había hecho que lo fuera) y el 13 de diciembre, el ministro inglés en Madrid, Hookan Frère, pedía enérgicamente aclaraciones sobre el alcance de los subsidios pecuniarios concedidos a Francia, dándose inicio a una serie de continuas detenciones de buques en ofensa del pabellón español.

En la mañana del 5 de octubre de 1804, a la altura del cabo Santa María, próximos ya a la costa, la flotilla fue interceptada por otra inglesa de poder artillero duplicado que la conminó a dejarse conducir a puerto británico para someterse a un tribunal marítimo inglés. Conocidas son las circunstancias del combate que se inició a las 9.15 horas, como consecuencia de la decisión española de ofrecer resistencia. Media hora después, la superioridad inicial de los ingleses se convirtió en avasalladora al conseguir uno de sus proyectiles hacer explotar la santabárbara de la Mercedes. Una tras otra, las demás fragatas fueron apresadas y conducidas como presas a Plymouth donde arribaron el 19 de octubre. Días después publicaba el periódico oficial parisino Le Moniteur la noticia con poco disimulado regocijo, informando nuestro embajador, Federico Gravina, la ignominiosa forma en que se había producido la publicación, «tratándonos de nación adormecida y aletargada para reducirnos a declararnos contra la Inglaterra». La declaración de guerra por parte de España se produciría el día 12 de diciembre de 1804, al considerar Carlos IV agotados ya todos los recursos compatibles con el honor de su Corona.

La Mercedes voló por lo tanto por los aires; lo que parece coincidir con algunas de las escasas declaraciones de la tripulación descubridora referidas a que se rastreó una amplísima zona y a que las monedas aparecieron dispersas; lo que excluye un hundimiento normal y define una enorme deflagración que hizo saltar los cerrojos de las cajas de moneda acuñada, permitiendo una dispersión general de su contenido que se aproxima mucho cuantitativa y sorprendentemente a la cantidad embarcada. Otros objetos del buque sin duda se localizaron por el robot Zeus, detector sofisticado de barrido horizontal, pero no interesó su rescate por no resultar rentable o por ser demasiado delator de su procedencia. Así, los cañones mayores y menores del propio buque o los galápagos de cobre y lingotes de estaño (1.139 quintales de estaño y 961 quintales de cobre), marcados con la cifra real. Pero aún contenía la fragata una prueba más, inevitablemente detectable por su condición de sendas masas alargadas y metálicas, las «dos culebrinas excluidas de bronce» del manifiesto de carga, piezas históricas del siglo XVII destinadas sin duda a algún museo, cañones que hiciera fundir el virrey Guadalcázar para defender El Callao de los holandeses, compañeras de la que aún se conservan a la puerta del clausurado Museo del Ejército, piezas únicas y con el escudo completo de las armas reales. Bastaría con que un buque de nuestra Armada se desplazase al supuesto lugar del hallazgo para descubrirlas con permiso del juez americano si se necesitase y aunque sólo fuera para que no ocurra, como en tiempos napoleónicos, que nos traten «de nación adormecida y aletargada».