2005: entre Cervantes y Einstein

Por José Manuel Sánchez Ron, miembro de la Real Academia Española y catedrático de Historia de la Ciencia en la Universidad Autónoma de Madrid (EL PAIS, 26/02/05):

Estamos comenzando a adentrarnos en un año que para muchos vendrá marcado culturalmente por la celebración de dos centenarios: el cuarto de la publicación del Quijote, y el primero de la aparición de unos artículos que revolucionarían la física, y en muy diversos aspectos, el mundo también, debidos a un entonces desconocido empleado de la Oficina de Patentes de Berna, y más tarde celebridad mundial: Albert Einstein.

Como no podía ser de otra forma, en España celebraremos -lo estamos haciendo ya- más y mejor a Cervantes. Instituciones y personas admiradas y admirables nos animarán a que leamos o releamos el Quijote, a que nos sumerjamos en ese libro maravilloso que revienta de sabiduría y de humanidad. Un libro que es capaz de hacernos reír, aunque nos demos perfecta cuenta de que lo que estamos leyendo es lo más triste del mundo: el escarnio, el ridículo, la derrota que sufre el más noble, arriesgado, generoso e idealista hombre que podemos imaginarnos. El hombre más cuerdo del que se conserva memoria, aunque algunos, aquellos que no saben distinguir lo que es verdaderamente real de lo ficticio, la esencia de lo accesorio, le considerasen un loco, insistiendo tanto que él mismo terminó creyéndoselo y aceptó que era Alonso Quijano y no Don Quijote de la Mancha, que es quien realmente era. Fue tan extraordinario, tan raro, que llegase a existir semejante ser que se extendió la creencia, de la que todavía no nos hemos liberado, de que no existió realmente, que fue producto de la imaginación de un escritor llamado Miguel de Cervantes. ¡Como si fuese posible que un simple mortal, por muy capaz que fuese, imaginase un personaje cuyos pensamientos, sentimientos y palabras han transcendido el tiempo y el espacio, sirviendo para todos y para todas las épocas! Yo mismo, y a pesar de lo que acabo de decir, tengo que reconocer, ¡ay!, que también pienso que Don Quijote no existió, que fue un personaje de ficción. Lo que no creo, eso sí, es que estuviese loco: sostengo que el loco fue Alonso Quijano, y todos los que le rodeaban, bachilleres, posaderos, curas, amas y sobrinas de infame recuerdo. Y que Cervantes lo sabía mejor que nadie, pero que quiso jugar con sus lectores, desorientarlos…, acaso para vengarse de tantas afrentas y sinsabores que había padecido a lo largo de su vida.

Como Cervantes, fue Albert Einstein ciudadano de una patria con muy pocos habitantes: la patria del genio, de la creatividad extrema. Su apellido, al igual que el del hijo de Alcalá de Henares, hace mucho que se ha enquistado firmemente en la cultura popular, con todas las ventajas y los inconvenientes que ello acarrea. Inconvenientes como el de desfigurar, cuando no prostituir, sus ideas y contribuciones científicas, en aras a una pretendida “divulgación” de su pensamiento. Todavía, por ejemplo, se sigue utilizando -con escasa gracia y menos oportunidad- eso de “ya lo decía Einstein: todo es relativo”, cuando lo que pretendían -y lograron- tanto su teoría de la relatividad especial (1905) como la general (1915) es desarrollar formas de describir las leyes de la física independientemente de la “perspectiva” particular (sistemas de referencia) en que se encuentre el observador. Es bueno, naturalmente que es bueno, que se difunda el conocimiento de la obra de Einstein, y también, por supuesto, que se conozca su biografía, íntimamente ligada a la historia del tiempo -en buena medida malhadado- que le tocó vivir, pero no de cualquier forma. No podemos continuar diciendo y escribiendo sólo generalidades que, por cierto, ya se han dicho una y otra vez, hasta la saciedad, durante generaciones. Si queremos honrar realmente al hombre que escribió de sí mismo (en sus Notas autobiográficas 1949), “lo fundamental en la existencia de un hombre de mi especie estriba en qué piensa y en cómo piensa, y no en lo que haga o sufra”, tenemos que esforzarnos por adentrarnos en la inmensa riqueza que atesora la ciencia, filosofía y metodología de la ciencia einstenianas. Debemos, naturalmente, referirnos a sus artículos de 1905 sobre la estructura cuántica de la luz, teoría de la relatividad especial, movimiento browniano y equivalencia masa-energía, que han dado origen a las celebraciones de este año, pero con finura, sin caer en simplificaciones que a la postre engañan más que educan (la divulgación científica pierde una gran parte de su valor si no transmite también la idea de que la ciencia exige esfuerzo, precisión, rigor, detalle, sutilidad). Asimismo, no se deben olvidar otros apartados de la obra einsteniana tan importantes y aleccionadores como pueden ser: la cambiante relación de Einstein con la matemática; el papel que desempeñaron los experimentos mentales en el origen de algunas de sus teorías, las más fundamentales; cómo fueron variando, al hilo del desarrollo de su ciencia, sus ideas con respecto a la distancia que separa los datos observacionales y los conceptos que utilizamos en nuestras teorías científicas; o qué entendía por “realidad”. Es también obligado detenerse en la lógica científica que subyacía detrás de programas de investigación a los que dedicó grandes esfuerzos y que a la postre resultaron fallidos: la búsqueda de una teoría del campo unificado, que reuniese gravitación y electromagnetismo, y su resistencia a aceptar la mecánica cuántica, porque, en su opinión, “Dios no juega a los dados”. Debemos, por otra parte, dejar claro que no es cierto que el Einstein científico se acabase poco después de que formulase la relatividad general, la teoría gravitacional que superó a la que su hermano por encima del tiempo y el espacio, Isaac Newton, había formulado en 1687, y que, además de contribuciones fundamentales como las que realizó en 1916 (creación de la cosmología, como teoría analítica y predictiva, frente a las cosmogonías anteriores), 1924 (contribución a la estadística de Bose, que terminó siendo denominada “de Bose-Einstein”) y 1935 (artículo junto a Podolsky y Rosen sobre los fundamentos de la física cuántica, que décadas más tarde enriquecería radicalmente la comprensión de la física cuántica), llevó a cabo otras menos conocidas, pero dignísimas, sobre cuestiones como la radiación gravitacional, problema del movimiento en relatividad general o lentes gravitacionales. Naturalmente, también debemos explicar, de manera que sea accesible a todo aquel que quiera esforzarse un poco, qué significan todos estos problemas y contribuciones y por qué son importantes. Y ¡es posible hacerlo!, y si no, tal vez es mejor callar. Por último, es fascinante, y ofrece lecciones inigualables, detenerse en los efectos e influencia que la ciencia einsteniana tuvo en otras disciplinas. En la filosofía en primer lugar, pero también en otras, como las matemáticas, el arte o la política.

Maestros de la literatura y de la filología nos guiarán durante este año por los universos de la obra de Cervantes, nos explicarán qué significaban en los siglos XVI y XVII las palabras que utilizaba, de qué fuentes se sirvió y con qué propósito. Incluso en ediciones pensadas para millones de lecto

-res, como el Quijote que ha publicado la Real Academia Española, aparecen estudios y notas que no por ser rigurosas y eruditas dejan de ser accesibles a todos los lectores. No se renuncia en ésta, y otras ediciones, al rigor, ni a avanzar en el conocimiento del libro de Cervantes y a transmitir tal avance al público, a cuantos más, mejor. No es, por supuesto, lo mismo la literatura que la ciencia, pero ¡imitemos, al celebrar el centenario del año milagroso de Einstein, a esos admirables maestros de la historia, lexicografía y filología hispanas! Huyamos de la rutina y la vulgaridad. Exijámonos a nosotros mismos, y exijamos a nuestros lectores, que así todos seremos mejores. Esto es lo fundamental del año Einstein que nos espera; sólo así contribuiremos realmente a insertar la ciencia en la sociedad, a crear una única cultura en la que la ciencia y las humanidades vayan de la mano. Si al mismo tiempo algunos (instituciones o sociedades científicas) aprovechan la figura de Einstein para celebrar y resaltar la importancia de la disciplina a la que él sirvió, la Física -se ha declarado a 2005 el Año Internacional de la Física-, ¡bienvenido sea! Sin duda que hay motivos de sobra para hacer hincapié en la importancia de esta ciencia, pero eso es ahora, en más de un sentido, secundario (sin olvidar que no es imposible utilizar el nombre de Einstein con intenciones claramente gremiales). Hora es, en este tiempo de masas y de globalizaciones, de honrar al genio, a la creatividad, a la individualidad, a los maestros, especie en vías de extinción en esta sociedad de los derechos y no de los deberes.

Incluye el Quijote unas frases que serían las que yo intentaría salvar si ocurriese algún terrible cataclismo mundial, algo así como una locura colectiva que amenazase destruir todo aquello que la humanidad ha ido construyendo, laboriosa, lentamente, a lo largo de los siglos. Dejaría de lado, con dolor, eso sí, sabiendo que con ellos abandono una parte esencial de mi vida, de las vidas de todos, pero sin dudarlo, cuadros de Velázquez o de Leonardo, partituras de Beethoven o de Mozart, escritos de Shakespeare, Newton, Kant, Darwin o Einstein, y correría a arrancar la página del capítulo LVIII de la Segunda Parte que contiene esas memorables palabras que Don Quijote dirigió a su leal escudero: “La libertad, Sancho, es uno de los preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres… ¡Venturoso aquel a quien el cielo dio un pedazo de pan sin que le quede obligación de agradecerlo a otro que al mismo cielo!”.

También puso, no obstante, Cervantes en boca de Don Quijote otras frases que no debemos celebrar, aunque sí nos sirvan -como prácticamente todo de este libro inolvidable- para meditar profundamente. Como aquellas que aparecen en el capítulo XX de la Primera Parte, en el que se narra el gran susto de Don Quijote y Sancho cuando en la oscuridad de la noche oyeron un terrible ruido, cuyo origen desconocían. Al amanecer descubrieron que se trataba de un batán, esto es, de una máquina, conocida desde antiguo, movida por agua, que se utilizaba para la operación llamada bataneo o abatanado de los tejidos de lana, con la que se lograba desengrasar los paños y conseguir un tejido más compacto. Ante tal hallazgo, “Don Quijote enmudeció, enrojeciéndosele la cara, mientras que Sancho no pudo evitar estallar en carcajadas”. Y viendo Don Quijote que Sancho hacía burla de él, estalló pronunciando estas tristes palabras: “¿Estoy yo obligado a dicha, siendo como soy caballero, a conocer y distinguir los sones y saber cuáles son de batán o no? Y más, que podría ser, como es verdad, que no los he visto en mi vida, como vos los habréis visto, como villano ruin que sois, criado y nacido entre ellos”.

“¿Estoy yo obligado -decía- a dicha, siendo como soy caballero, a conocer y distinguir los sones y saber cuáles son de batán o no?”. No es imposible entender estas palabras como pertenecientes a la más negra tradición de la cultura española, en especial de la cultura española de todos aquellos -hidalgos, nobles y aristócratas- que se podían permitir vivir de las rentas y que, en nombre de no sé qué idea de lo que es la cultura, la historia o la dignidad, pensaban que no era propio de su condición saber de algo de la técnica o de la ciencia. Si lo pensamos bien, habría sido sorprendente que un libro, El ingenioso hidalgo don Quixote de la Mancha, que es tan grande y variado como la propia vida -la española en particular-, no hubiese incluido estas ideas (también, justo es recordarlo, aparecen otras favorables a la ciencia, principalmente a la astronomía y a algunas ciencias naturales como la botánica). España ha conocido a lo largo de su historia demasiados de estos personajes, pudientes o no. Todavía hoy no son escasos los que piensan o parece que piensan de la misma manera como gritó el enfurecido hidalgo de La Mancha a su escudero. Hora es que desaparezca esta miserable tradición de pensamiento… y de actuación. Hermanemos en sus respectivos centenarios a Cervantes y a Einstein. Unamos ciencia y literatura, ciencia y vida. No podría existir mejor manera de honrar su memoria.