2011: El año de la incertidumbre

Despedimos 2010 con alivio —ha sido el año en el que, excepto en el Mundial de fútbol, todas las noticias han sido malas— y comenzamos 2011 con enorme aprensión, al no saber si finalmente hemos emprendido el camino de la recuperación, como ocurre en algunos países, o seguiremos en la depresión, como sucede en otros.

Después de tres años de crisis parece claro que ésta se desarrolla a tres niveles: el internacional, el europeo y el nacional. En el internacional, se debió a unas prácticas financieras que más tenían de estafa colectiva que de actividades bancarias. Con la colaboración de entidades de renombre y la negligencia de las autoridades, se pusieron en circulación productos fraudulentos, muy por encima de su valor, que crearon una inmensa bolsa de pasivos, aún por digerir. Por aquellas prácticas hubieran tenido que ir a la cárcel bastantes más especuladores que Madoff, pero los gobiernos, con la mala conciencia de no haber ejercicio su deber fiscalizador, prefirieron apuntalar con dinero del contribuyente esas instituciones, para evitar un colapso a escala planetaria. El colapso se ha evitado, pero la recuperación sigue sin llegar o llega sólo lenta y parcialmente.

A nivel europeo, la crisis se acrecienta debido al euro. La moneda común fue sin duda el principal vehículo de la prosperidad creada en Europa durante los últimos años. Pero el euro, que funcionó durante las vacas gordas, se ha convertido en un escollo al llegar las flacas. ¿Por qué? Pues porque como moneda fuerte que era, al ir avalado por la economía alemana, hizo creer a los países más retrasados de la comunidad que eran ricos sin serlo. Lo que les incitó a gastar, a derrochar más bien, en ambos niveles, el gubernamental y el particular, y a permitirse lujos que su economía real no les permitía. Les voy a poner un ejemplo, que ni siquiera es nuestro: la Comisión Europea acaba de obligar a Italia a devolver 720.000 euros de la ayuda prestada a aquel país, gastados por las autoridades napolitanas para financiar un concierto de Elton John en su ciudad, en septiembre de 2009. «Los fondos europeos no son para festivales», ha sentenciado la Comisión. Y yo me pregunto: ¿cuántos festivales, conciertos, actividades lúdicas se han financiado con fondos europeos o públicos en países europeos que tienen necesidades más urgentes? Apuntándoles, sin ir más lejos, a todas esas estrellas del rock que han encontrado en nuestras ciudades el lugar donde sacar suculentos honorarios, ahora que las arcas norteamericanas están a dos velas. Nada de extraño que la deuda estatal, municipal y privada de los países europeos más retrasados se haya disparado, como los intereses de la misma, ante el temor de que no puedan pagarla. Lo más grave es que el euro impide echar mano del remedio clásico en estas situaciones: devaluar la moneda nacional, para hacer más baratos los productos y aumentar las exportaciones, mientras se somete al país a una cura natural de adelgazamiento. Lo impide una moneda común, con lo que es el euro el que empieza a estar en peligro, y una de las grandes preguntas hoy es si sobrevivirá.

La crisis se agrava en nuestro caso al tercer nivel, el doméstico. El Gobierno se negó a verla cuando llegó, y cuando no tuvo más remedio que admitirla, echó mano de medidas contraproducentes, que en vez de paliar la crisis la agravaban, al malgastar recursos en planes ineficaces, como fueron la rebaja fiscal de 400 euros lineales, el cheque-bebe o el Plan E, que llenó de carteles, aceras y glorietas España, para no producir más efecto que el de una gota de agua en una plancha al rojo. Y hubiéramos seguido así, si en mayo pasado, Europa y Estados Unidos no hubieran llamado al orden a nuestro presidente, advirtiéndole que tenía que cambiar radicalmente, pues no sólo el euro, sino la economía mundial peligraba. Ante lo que Zapatero cambió su rumbo de la noche a la mañana, presentándonos el mayor recorte de gastos sociales y no sociales en lo que llevamos de democracia.

Ocho meses después, deberíamos estar ya fuera de peligro. Pero no lo estamos. No lo estamos porque aunque las medidas tomadas por el Gobierno son las correctas, siguen sin aplicarse con la contundencia requerida, y les pongo el ejemplo de las pensiones. Todo el mundo está de acuerdo en que el actual sistema es insostenible, que hay que posponer la edad de jubilación. Pero ahora se nos dice que fijarla en los 67 años no llegará plenamente hasta ¡2027! Eso sí que es hacer una cosa y la contraria al mismo tiempo. Y sembrar la desconfianza dentro y fuera del país. Bastaba ver y oír a nuestro presidente en la rueda de prensa de fin de año para darse cuenta de que este hombre no ha asumido todavía sus errores, que sigue creyendo que ha sido el gobernante más «social» que ha tenido España, que sigue confundiendo el matrimonio homosexual con la creación de puestos de trabajo, nombrar ministras a mujeres con la productividad y la paz universal con la alianza de civilizaciones, que, en fin, continúa disfrazando la realidad con eufemismos e igual que llamaba «desaceleración transitoria» a la crisis, «crecimiento debilitado», al aumento del paro e «impulso fiscal extraordinario», a la subida de impuestos, ahora se pone medallas por una medidas que le han sido impuestas desde fuera y ni siquiera ha puesto en marcha con la amplitud y urgencia requeridas. Que estamos ante un Gobierno que no ha reconocido sus culpas en la situación en que nos hallamos, que no se ha disculpado por llamar antipatriotas a quienes le advertían de sus equivocaciones y que, aún hoy, responsabiliza a la oposición de sus desvaríos. Mientras siga en esa actitud, cuanto diga y haga no surtirá efecto.

El mayor déficit hoy de España es el de la confianza. Nadie, políticos, instituciones, ciudadanos, confía en nadie. Y sin confianza, tanto la economía como la política se paralizan. España está «gripada» por un gobierno que hace lo que había dicho nunca haría y, encima, lo hace tarde y a medias. Aunque también haya contribuido la actitud mansurrona de los españoles, dispuestos a creernos las fantasías que nos contaban y a ignorar la desagradable realidad, hasta que ha empezado a mordernos las posaderas. En este sentido, se han juntado, no el hambre y las ganas de comer, sino el cuentista y las ganas de vivir del cuento. El resultado es que todo el mundo se agarra a lo que tiene y nadie está dispuesto a ceder lo más mínimo, sin que sirvan de nada los llamamientos del Rey a la unidad, responsabilidad y solidaridad. Pero no hay salvación individual ni nadie vendrá a salvarnos desde fuera. Todos debemos sacrificarnos, todos debemos renunciar a unos privilegios adquiridos cuando nos creíamos ricos sin serlo y nadie debe de quedar excluido de los recortes. Sin que nadie nos lo haya dicho con la rotundidad necesaria. Claro que para eso, el primer e indispensable requerimiento son unos dirigentes que den ejemplo, que no consideren la política como una profesión sino como un servicio, que no nos dividan sino que nos unan, que no se guíen por la ideología sino por las necesidades de la gente. Pues los humanos somos en el fondo bastante parecidos, con vicios y virtudes semejantes. Y nuestra mayor desgracia, la causa de que, de sopetón, hayamos pasado del pelotón de cabeza al de cola, es que en España se ha venido gobernando a todos los niveles sobre los vicios españoles en vez de sobre nuestras virtudes, que algunas tenemos, aunque tampoco tantas.

José María Carrascal, periodista.

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