2011, historia y prospectiva

Como todos los finales de año, agoreros, nigromantes, brujos y adivinos hacen su agosto en pleno invierno. Están en temporada alta y lo saben. El truco es conocido. Existe un temor generalizado a los cambios de ciclo, un miedo individual y colectivo que nos atenaza, en etapa de crisis con mayor contundencia todavía. Contando a cada cual lo que quiere oír, es decir, lo que les permitirá hacer caja, distribuyen a los crédulos el placebo que demandan. Comemos como si nunca más fueramos a hacerlo y nos intercambiamos regalos incluso con desconocidos, para afirmar una sensación de comunidad que traiga calma a los atormentados espíritus. Nos llenamos de buenos propósitos y, contra toda evidencia, pensamos que el cambio está al alcance de un simple acto de voluntad. Esta inquietante forma de autoengaño masivo contrasta con lo que nos enseña la historia, tan refractaria a aceptar que la condición humana es mudable en su esencia, pero también tan vindicada como maestra ejemplar y creadora de esperanza. Frente a tanta superchería, conviene recordar algunas de sus lecciones. Resulta obvio, como señaló el historiador italiano Benedetto Croce, que toda historia es contemporánea. Podemos ir un paso más allá. Su dimensión analítica radica en la comprensión del cambio y la incertidumbre que caracterizan nuestras vidas. Por eso encierra -bien lo supieron los clásicos- insospechadas posibilidades de diagnóstico del presente y de discernimiento del futuro, que se tornaría previsible y modelable mediante una estrategia de largo plazo. El gran Cicerón señaló que la historia era «maestra de la vida». De ese modo, aventuró una mímesis o identificación entre lo que ocurrió y aquello que puede acontecer. El conocimiento del pasado permitiría eludir mayores errores, o la repetición de los conocidos. Escarmentar en cabeza de otros, cuyos disparates serían evitables mediante lecturas y autoconocimiento, podríamos decir, para disfrutar de una vida mejor. De ahí a la invención de las figuras del rey sabio o del intelectual comprometido como modelos a imitar hubo en el mundo occidental menos camino del que podríamos suponer.

En lo que se refiere a arquetipos políticos y culturales, un par de milenios apenas representan nada: demagogos, populistas, dictadores, déspotas y héroes poblaban en abundancia las ciudades-estado griegas de la era de Pericles, instaurador de la democracia ateniense, en el siglo V antes de Cristo. Un primer modelo de liderazgo se concretó entonces en el «rey sabio» como aquel que, gracias a sus conocimientos de artes y ciencias, estaba destinado a ser un excelente gobernante. La construcción de la majestad de Felipe II ofrece un ejemplo de esa pretensión. Pero de acuerdo con la cosmovisión cristiana, en un mundo contingente el mal es inevitable. La muerte de la Reina Ana de Austria -su cuarta esposa- en 1580 lo llevó a la imposición de una penitencia pública y un duelo general a la monarquía española, pues la creyó vinculada a «los grandes pecados de la cristiandad». El segundo arquetipo, intelectual comprometido, en su concreción contemporánea alude a los hombres de letras y artistas como «críticos de las clases dominantes» y vanguardia de la revolución proletaria. Aquellos «ingenieros del alma humana», según la célebre y provocadora expresión de Stalin, eran heraldos de un futuro que nacía de la nada, pues representaba una utopía negadora de la tradición. No es de extrañar que el tirano soviético o Hitler tuvieran una relación ambigua con la historia o que prefirieran rodearse de adivinos y aduladores, pues el amor a la verdad no podía más que iluminar, como ha ocurrido, la envergadura de sus crímenes.

La figura del historiador profesional se desarrolló en la Europa del humanismo y el Renacimiento precisamente contra la falsedad de crónicas y fuentes del pasado: su desvelamiento les otorgó un papel cívico en la constitución de monarquías y repúblicas. Curiosamente, mientras la crítica textual ha permitido separar los testimonios acreditados de aquellos que no lo son, con los números ha ocurrido algo muy distinto. Las supercherías numéricas y pseudocientíficas han construido desde tiempo inmemorial metarrelatos, ficciones con pretensiones y datos «de verdad», al modo de algunas de las llamadas «novelas históricas» actuales. El truco de estos artilugios ficcionales y adivinatorios, con el inevitable y milenarista Nostradamus a la cabeza, radica en que imponen principios «probatorios» no verificables desde la tradición historiográfica: fuentes consultables, referencias de autoridad, debate y escrutinio público. Para colmo, la historia constituye una narración, pero -es preciso reconocerlo- su orden depende de los números. Exige una cronología, constituye una flecha en el tiempo, se expresa en escritos pero se ordena en series numéricas. Años, meses y días que son reconocibles de acuerdo con un protocolo cultural, nuestro calendario gregoriano, según ciclos de tiempo que empiezan y terminan. Los números están abiertos a toda clase de conjeturas. Varios sesudos análisis académicos recientes han hecho alarde de las crisis económicas y políticas en coincidencia con el número «9»: 1929, 1989 y 2009 (sobre 2010, permanecen en silencio). Todo demasiado cósmico para que no evoque la «eterna» ley natural del equilibrio de contrarios, así como el choque subterráneo entre diferentes concepciones del tiempo, cíclico o lineal, mítico o histórico, cerrado o evolutivo. Un contexto en el cual la historia lleva todas las de perder, porque confirma la incertidumbre que ha presidido lo humano y lo seguirá presidiendo. No es capaz de generar profecías autocumplidas, ni vibraciones de ultratumba interpretables por gurús y mediadores con «poderes». O explicaciones más allá de lo racional y previsible, sin fuerzas exteriores ni manos invisibles, el mercado, el imperio o la mala suerte. Bajo sus interpretaciones, lo humano queda reducido a nada más y nada menos que la búsqueda de múltiples opciones de libertad, las distintas elecciones y escenarios que fueron, o pudieron ser, y por tanto conservan la posibilidad de manifestarse. Sólo en este punto la historia es adivinación: cuando imagina que lo peor no siempre ha tenido que ocurrir. La proposición de un futuro abierto típica de la Historia con mayúsculas no constituye en este sentido una opinión, sino una afirmación de humanidad y de principio de realidad.

Los pronósticos para 2011 resultan sombríos, pero no tienen por qué cumplirse. En primer lugar, porque en momentos de crisis sistémica como los actuales los elementos de incertidumbre pueden producir realineamientos insospechados. En segundo término, porque estamos entrando en una era post-imperial, caracterizada por el ascenso de potencias emergentes, China, India, Brasil, y entre la banalización y el protagonismo hay muchos escenarios posibles para Europa y para España. En tercer término, porque contemplado en el largo plazo, el cambio español ha sido espectacular y no hay razón alguna para asumir el pesimismo y la anomalía esencialistas de origen romántico, que tanto daño han producido en los últimos dos siglos. No existe una «España que no pudo ser» más que como ficción: hay todo un año por delante para demostrarlo.

Manuel Lucena Giraldo, historiador e investigador del CSIC.

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