2017, imágenes de España postcrisis

Tenemos un problema de comunicación. Alguno diría que como todo el mundo, pero sin duda en el caso español existen especificidades, que se podrían resumir en la famosa «distorsión cognitiva». El «cómo nos ven» y el «cómo nos vemos» no encajan, no se entrecruzan para producir un sentido de la realidad española colectiva e individual, basamento de una comunidad emocional potente y articulada. Cuando los sucesos de la vida política y social nos son favorables, cuando «España va bien», bajo unos parámetros no solo razonables sino –lo que es más importante–, comparables con los de quienes nos rodean, muchos se empeñan en que no es para tanto. Porque en realidad, ellos lo «saben» mejor que nadie, vamos mal. Por supuesto cuando no vamos bien, sino que –como en el caso de la reciente y tremenda crisis económica– vamos mal o peor, los caciques del catastrofismo se muestran felices, porque su profecía autocumplida se ha realizado. En los bares o cafeterías, el metro y el autobús, ahora que todos hablamos por el móvil de vida íntima y opiniones con total desparpajo, se oye de todo. La rumorología de siempre, o las llamadas redes sociales (habrá que replantearse pronto el significado de esta expresión redundante y asumida sin más) amplifican expresiones de autodenigración, banalidad e ignorancia, calificables en el rico español de América como mera «pornomiseria».

La definición del término es clara y se resume en este principio: ¿Si puedes mostrar lo peor de tí mismo, por qué te quedas sólo con lo malo? La pornomiseria alimenta una industria cultural de lo negativo, dedicada a reproducir como realidad cotidiana y exclusiva lo peor que existe, desde la narcoliteratura al relato exhibicionista del turismo sexual, el comercio de órganos humanos o las interminables teleseries tipo «gran hermano», desde Acapulco a Nueva Jersey, última degeneración en clave sexual de la antes respetable «comedia de situación». Su extensión en el ecosistema de la comunicación no deja espacio para nada más, porque elimina los matices. La pornomiseria es una posverdad, una opinión frágil, sesgada e infundada, porque solo desvela lo peor. Se trata también de una mentira tautológica que niega la posibilidad de la complejidad –y por supuesto de la historia–. Como forma de colonialismo cultural autoasumida que solo recupera y amplifica lo malo, expulsa toda consideración de humanidad, cosifica y humilla. Fabrica imágenes que recuerdan las que dejaron de los españoles humildes del siglo XIX los sobrevalorados viajeros románticos, una turba entre fanática y viciosa a la que seguimos venerando como si nos hubieran «descubierto». Todo el colonialismo cultural enquistado en la imagen romántica de España era ya una «posverdad», así que el famoso término lo teníamos inventado sin saberlo. Vivimos una era de posverdad, en la medida en que poderosas industrias culturales fabricaban y siguen fabricando una imagen de España mentirosa, como pura anomalía, en especial política, por encima de toda consideración –ahí reside la tragedia– de nuestra realidad social y económica. Aquellos que hablaban de nuestra democracia como de «baja calidad», o entraron en el juego de la banalización de la historia de España, confundiéndola con la memoria, impulsaron la instalación de nuestra vida colectiva en una realidad virtual, un parque temático que funciona a impulsos de emociones fugaces.

Pero la vida no es (solo) una pantalla, o un conjunto de ellas. El denostado AVE sevillano es también barcelonés y de otros muchos lugares. Sigue llegando a tiempo y forma parte de unas infraestructuras que han permitido asumir sin esfuerzo un crecimiento del turismo, primera industria nacional y fuente de empleo primordial, de más del 10% anual desde 2014. La disonancia cognitiva que distorsiona lo que funciona bien en España opera aquí bajo el modo del ocultamiento. Lo inesperado si es positivo se ignora, pues forma parte de la naturaleza de los eventos. El hecho de que en 2016 se hayan superado 75 millones de turistas y hayan regresado a casa felices no es noticia. Tampoco el superávit exterior, que los jubilados y pensionistas (incluidos los que se apuntaron al partido del resentimiento) cobren puntualmente a fin de mes, o la posición extraordinaria de España con sus grandes empresas multinacionales globales, o universidades públicas y privadas o escuelas de negocios, destino prioritario para más de cien mil estudiantes extranjeros. Las explicaciones de tanto disparate comunicacional serían para tomarlas a broma si no tuvieran consecuencias nefastas. El rompecabezas que representa la imagen de España está constituido por tres estereotipos, definidos por Leyenda Negra, romanticismo y normalización, traída esta última por la transición política. El primero alude a la «España enemiga», imperial y temida, de la primera edad moderna; luego aparecen la «España decadente» de finales del siglo XVII y el XVIII; la «España romántica» y «orientalizada» y la «España beligerante» de la Guerra Civil, mera continuidad del romanticismo. Hasta ahí, en términos generales, existen una España Negra y otra amarilla, como una fotografía antigua, identificada con el romanticismo. Después del final del franquismo y la transición política, el campo se abrió, pues quedaron atrás, al menos como dictado obligatorio, anomalía y excepcionalismo. Ninguna desaparece del todo, porque todas viven y se entremezclan en tradiciones, experiencias y proyecciones.

La normalización de la imagen de España tras la culminación exitosa de la transición política abrió paso a una nueva interpretación. Esta fue marcadamente historicista –era preciso hallar en la historia las causas de lo ocurrido– e incorporó una teoría de la complejidad, pues datos reales y contrastados se consideraron primordiales, por encima de las tradicionales y gastadas ficciones interesadas de las «dos Españas». Entre los nuevos enfoques, sobresalió la ausencia de determinismo y se abrió paso una voluntad comparativa. Finalmente se produjo un desbloqueo del relato de nación, que se abrió hacia el futuro alrededor de los festejos de 1992 y dejó de funcionar bajo premisas del pasado: la historia de España no tiene por qué acabar mal. Por un tiempo precioso, dejamos de hablar del pasado, para hablar del futuro. Hoy la tercera España es la que reside, padece, trabaja y lucha en el difícil escenario de la globalización, dentro y fuera de nuestras fronteras, incluso de las que nos inventamos aquí de manera ridícula. Es también la víctima de quienes se dedican a exacerbar el resentimiento y la irritación, o dan cauce a peligrosas estrategias de desinstitucionalización.

Mención especial merece el fracaso global de quienes promueven el relato supuestamente justiciero de los independentismos, forma extrema de romanticismo etnicista y de casticismo posmoderno, la última «limpieza de sangre». El eterno retorno al colonialismo cultural romántico no es parte de la solución, pues implica la multiplicación cíclica del problema. Por eso necesitamos más que nunca, sin acritud y sin prepotencia, rendir un homenaje a los que nos han precedido entregándonos un precioso y extraordinario legado de experiencia humana que llamamos España. La mejor manera de hacerlo es escuchar a los que nos visitan, entre curiosos y atentos, para admirar la obra de nuestros antepasados.

Manuel Lucena Giraldo, historiador.

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