2018, lo que enseña la Historia

«¿Qué te pasa, amigo?» Me dirijo a Beau, el teckel, que, curiosamente, se mantiene en su cucha, aparentemente relajado, pero ladrando sin cesar. Hay perros que ladran a la luna -pienso en el cuadro de Juan Gris-; otros que sienten presencias misteriosas de fantasmas o demonios que surgen, supongo, de la imaginación. Pero aquí, bajo el sol de mediodía, no cabe ni fantasma ni demonio en la acogedora cocina de nuestra casita rodeada de campiño.

Beau no tiene pinta ni de sentirse mal ni de estar de mal humor. No se acerca nadie hacia la casa -ni el cartero, que es el enemigo de todo perro, ni ningún vecino ni ladrón- ni hay muestra de la presencia de ningún gato o perro ajeno, ni de ningún otro bicho que tenga la caradura de pisar el jardín sin recibir una invitación formal. Vuelvo a preguntarle a Beau, esta vez con un tono de irritación: «Por Dios, Beau, ¿a qué vale quebrar así la paz? ¿No ves que intento trabajar?». Por supuesto, consciente como siempre de mis pecados, me parece que Beau me estará reprochando algo por obra u omisión, pero no se me ocurre nada en concreto. No me he olvidado de darle de comer, ya que, en ese caso, me mostraría el plato vacío. Su otro platillo está lleno de agua. No quiere dar un paseo porque no me trae la correa, ni le apetece sentarse a mi lado porque cuando tiene el antojo de recibir algo de afecto me rasca las rodillas. Ni siquiera se pone cara de resentido, sino un rostro tranquilo, casi indiferente.

2018, lo que enseña la HistoriaDe repente, me doy cuenta de lo que me intenta comunicar. Me está reprochando ser quien soy. Es como si, interiormente, le oyera hablar. «Estoy llamando la atención sobre un defecto tuyo», empieza la homilía canina. «Te sientas a teclear tu ordenador, como yo aquí en mi cucha, para ladrar al mundo, regañarle, despellejarle, atacarle por no estar como tú quisieras. Acaba de comenzar un año nuevo. Todo el mundo está buscando cómo mejorar, aprovechar las oportunidades, celebrar el rejuvenecimiento de la vida y procurar tener un año feliz. A ti los únicos pensamientos que surgen son de pesimismo: de que se hundirá el mundo político, y se ensuciará el planeta, y estallará la violencia y se resquebrajará la moralidad. Te estás convirtiendo en uno de esos ancianos malvados que sólo piensan en el diluvio que va a suceder. Por favor, ponle algo de inspiración y esperanza en la primera tribuna de 2108».

Le escucho. Pero no puedo cumplir. En la última clase del semestre que acaba de terminar, puse ante mis alumnos de la Universidad de Notre Dame los grandes retos a los que se enfrentan: un mundo más peligroso por el deterioro de la situación internacional; menos controlable por el auge del populismo y el resurgimiento de los nacionalismos; más dividido por el rencor histórico entre comunidades, clases, razas y sexos, que, por irracional que fuera, no se acaba; más cruel por la falta de humildad o sensibilidad entre los líderes y por el triunfo del egoísmo a todos niveles; más fanático y extremo por el declive de la religión razonable y el diálogo abierto; más ignorante por el abandono de la verdad y el despegue de las noticias falsas; más encerrado por los guetos del internet y los medios sociales; menos resistente por el enflaquecimiento de la disciplina y moralidad personales. Pero el mayor reto de todos es el del optimismo engañador. Los que creen en el progreso, se absuelven de la necesidad de vigilar. Los que no anticipan el desastre, lo invitan. Si se dieran cuenta de que las cosas suelen acabar mal, no apostarían irresponsablemente, ni votarían por un Brexit o por el secesionismo catalán, ni confiarían en las promesas de Puigdemont ni de Putin, ni se entregarían a un salvador perverso como Trump o Maduro. Para ser conscientes de los desastres previsibles, cabe recordar los grandes aniversarios que conmemoraremos en 2018. Un colega de Oxford me sorprendió una vez comentando que los historiadores somos muy aficionados a los aniversarios. Nunca había pensado en tal cosa, aunque supongo que el resto del mundo sí se interesa por la historia sólo cuando hay un buen aniversario para celebrar nuestros mitos, inculpar a nuestros antepasados o justificar nuestros disgustos. Este año tenemos muchas oportunidades.

En 218 A.C., por ejemplo, empezó la Segunda Guerra púnica, cuando se logró el anhelo de Catón (Cartago delenda est). En lugar de colaborar para mantener la paz, los romanos y cartagineses se dedicaron a matarse unos a otros. Cartago quedó asolada, mientras Roma salió como única superpotencia del mundo Mediterráneo. Muy bien por Roma, o por lo menos por la elite romana que supo aprovechar, pero no tanto por los demás súbditos del imperialismo.

Tome nota, señor Trump: no se meta con China ni Irán, sino concíbalas como compañeros, discrepantes pero respetables, para hacer equipo en un mundo de convivencia, equilibrio y estabilidad. En el año 18 de la era cristiana, Caifás vino a ser el sacerdote supremo del pueblo judío. Bien por Caifás, no tanto por las expectativas de reconocer al Mesías. Tomen nota, votantes: no confíen en los políticos; el que es un mesías auténtico a lo mejor no aparenta serlo.

En 1368, la revolución de los Ming destituyó los Yüan del trono chino en un triunfo nacionalista que acabó con los reinantes extranjeros para elevar a una dinastía nativa. Excelente para los Ming, no tanto para el mundo eurasiático por la extinción de la Paz mongólica que había permitido comercio e intercambio cultural entre Europa y el extremo oriente. Tomen nota, nacionalistas: cada separación es un empobrecimiento. En 1518, el rey de España nombró a Fernando de Magallanes como capitán de la escuadra que, el año siguiente, iba a emprender la primera circunnavegación del mundo. Buena hora para Magallanes, aunque cabe recordar que ese viaje le costó la vida, pero no tanto para las víctimas de la hegemonía occidental que luego se extendió por el planeta entero. Tomen nota, científicos, y no olviden que cada paso que parece ser progresivo lleva consigo consecuencias no buscadas.

En 1618, unos alzados protestantes detonaron la Guerra de los 30 Años echando los gobernadores católicos de las ventanas del castillo de Hradcany en Praga. Los defenestradores se felicitaron, pero sin darse cuenta de que se iniciaba una de las guerras más destructoras de la historia europea. Tomen nota, fanáticos: que vengan conflictos y los ganen. En 1918, la pandemia de gripe española afligió el mundo, con un nivel de devastación que eclipsó la mortalidad de la Primera Guerra Mundial, que tocó a su fin ese mismo año; las estimaciones del número de casos letales giran entre 30 y 100 millones. Tomen nota, ecologistas: la naturaleza es incontrolable y no existe ninguna garantía de que saldremos vivos de la próxima pandemia parecida, ni de los bandazos del clima. Mientras tanto, desde los primeros días de 1919, los diplomáticos del Congreso de Versalles trabajaban en formular un tratado universal que acabaría con las guerras y establecería un «acuerdo entre las naciones» que daría lugar a que reinara la paz perpetua. Sabemos todos lo que sucedió luego. Tomen nota, políticos: creáis distopias y las calificáis de paz.

En 2008 -hace tan sólo una década, aunque parece que nuestros dirigentes se lo han borrado de la memoria- los excesos del capitalismo, la falta de reglamentación del mercado, la avaricia de los ricos y el desenfreno del sector bancario dieron lugar al colapso del sistema financiero internacional y la profunda crisis económica mundial cuyos efectos seguimos sufriendo.

Tomen nota, diputados: no sigan el modelo optimista de las «reformas» fiscales estadounidenses, que acaban de enriquecer aún más a los peces gordos sin ajustar cuentas a favor de los pobres, confiando en el efecto filtrador de la prosperidad. No se exige la igualdad para evitar la rebelión de las masas; pero la justicia, sí. La historia no nos enseña mucho. Pero para aprender las pocas lecciones que nos ofrece, hay que estar alerta. Si no, experimentaremos en el futuro lo que la ignorancia merece. El teckel sigue ladrando. No ceses, Beau. Hay mucho que lamentar y muchos motivos para ladrar. Supongo que habrá más. Ladremos juntos.

Felipe Fernández-Armesto es historiador y ocupa desde 2005 la cátedra Príncipe de Asturias de la Tufts University en Boston (Massachusetts, EEUU).

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