21 palabras de Puigdemont

Todo cuanto escribí la semana pasada sobre el “espíritu de Dunkerque” es hoy de plena aplicación en relación a la masacre de Barcelona. Y no es porque escriba desde Londres. Recuérdese cómo buena parte de los líderes mundiales han buscado su inspiración en el “no nos rendiremos nunca” de Churchill, tras los atentados contra las Torres Gemelas o los lugares de ocio de París.

La clave del terrorismo es que convierte en víctimas a todos los supervivientes. Máxime cuando no se trata de atentados selectivos sino que cualquiera puede ser mutilado o asesinado por el mero hecho de formar parte de una comunidad. En ese trance, o se refuerza la cohesión de los valores compartidos, o la tentación del desistimiento -más vale vivir en paz, aunque sea a costa de ceder en algo- estará a la vuelta de la esquina.

Los ataques con vehículos contra multitudes se parecen mucho, desde ese punto de vista, a los bombardeos aéreos contra áreas urbanas, que tanto sobrecogieron no sólo a los habitantes de Guernica, Londres o Dresden, sino a cuantos vivían en ciudades de uno u otro tamaño. La misma sensación de impotencia e indefensión, la misma dependencia del azar que producía la lluvia de proyectiles desde el aire, aparece hoy vinculada no ya a la asistencia a un espectáculo o celebración masiva, sino al mero deambular por un área concurrida. Es la imparable empatía del mañana puede ocurrirme a mí.

Cuando la vulnerabilidad se deriva de la forma más elemental de sociabilidad humana, la advertencia de Roosevelt de que nada hay tan temible “como el miedo mismo” adquiere todo su dramático y paradójico sentido. Para no correr el riesgo de ser bombardeado, había que huir de la ciudad; para evitar el peligro de ser atropellado por un yihadista fanático, habría que encerrarse en casa. O sea renunciar al propio sentido de pertenencia que hace del ser humano un animal social y volver a un estadio de individualismo salvaje que implicaría mirar de reojo, con la mano aferrada a la empuñadura de un arma, cada vez que, al cruzar la calle para comprar el pan, viéramos acercarse un vehículo con un conductor de tez oscura.

Para protegernos tanto del fanatismo ajeno como del miedo propio es para lo que existe el Estado, único defensor eficiente y legítimo de la vida y hacienda de las personas que lo integran. Todo Estado arrastra una historia, una cultura, unas tradiciones y unas reglas del juego. En las sociedades bárbaras o en los países totalitarios las transformaciones de tal acervo son fruto de la ley de la fuerza. En las sociedades democráticas cualquier cambio se encauza mediante la fuerza de la ley. Esa es la esencia de la fecundación civilizadora que transforma al monstruoso Leviatán en moderno Estado de Derecho.

Por otra parte, ningún Estado puede cumplir aisladamente su función. Vivimos en un mundo en el que los procesos de globalización de las amenazas resultan imparables, debido al desarrollo de la tecnología de las comunicaciones y la información. Todo se transmite, todo se contagia. Ni las pandemias, ni los huracanes, ni el calentamiento global respetan las fronteras. Tampoco el yihadismo como exacerbación radical, intolerante y sanguinaria del Islam.

Allí donde exista laicidad, pluralismo, igualdad entre hombres y mujeres, respeto a la identidad sexual, libertad de creencias y de culto, habrá siempre un blanco potencial para esta aberrante expresión de la antitética capacidad de alienación y servidumbre del ser humano. Por eso Barcelona ha quedado hermanada con Berlín, Niza, Estocolmo, Manchester o Londres, mediante un obtuso proceso de copia y pega del formato de atentado que convierte cualquier vehículo pesado en arma letal.

Al igual que ocurría en los momentos en que quien golpeaba era la ETA, el IRA, las Brigadas Rojas o cualquier otro grupo doméstico, es ahora cuando nos damos cuenta de la utilidad del Estado. Frente a la intromisión brutal de la barbarie que brota de lo peor de las entrañas de la especie, cuando los miembros amputados se mezclan, bañados de sangre, con los cascotes de la cotidianidad dinamitada, entonces buscamos refugio en el único puerto en el que existen medios y recursos para aliviar el dolor inmediato, prevenir su reiteración, capturar a los culpables y castigar sus desmanes.

Eso es el Estado, en nuestro caso España: los servicios de emergencia, los hospitales públicos, la transfusión de sangre, los trasplantes de órganos, la identificación de cadáveres, la ayuda e información a las familias, el despliegue de los cuerpos de seguridad para abatir a los siguientes asesinos o atrapar a los huidos, la acción de los jueces y fiscales, la cooperación internacional, la red de seguridad final del Ejército y tres escalones de autoridades -municipales, autonómicas y estatales- responsables de que todo funcione, con el Rey como elemento de representación simbólica.

Nadie podrá decir que bajo esta noción alienta un nacionalismo alternativo a ningún otro, o cualquier patriotismo distinto al constitucional. España podría no haber existido, o tener unas fronteras distintas a las actuales o una organización territorial diferente. Pero el proceso de decantación histórica de los grandes Estados-nación del viejo continente, mediante la legitimación de sus reglas democráticas, ha desembocado en la construcción de la Unión Europea precisamente con estos mimbres. Podrían haber sido otros, pero son los que son; y los separatistas catalanes no pueden esperar que los problemas de su clase política o sus desajustes con el resto de España vayan a crear el precedente de un rediseño unilateral del mapamundi democrático.

Y menos aún en este momento en que estamos librando la guerra sin cuartel que nos ha declarado el yihadismo. Nada beneficiaría tanto a ese enemigo cruel y sanguinario como un conflicto interno que debilitara a una de las grandes democracias europeas, separando y aislando una de sus partes. Es el sueño de cualquiera que acecha a una columna para tenderle una emboscada: que alguno de sus bloques se despiste y pierda el contacto con el resto. La secesión de Cataluña al margen de la legalidad internacional la convertiría en la más fácil de las presas para quienes nada desearían tanto como establecer una cabeza de puente para su nuevo califato integrista en el sur de Europa.

Que fuera precisamente en el “bressol” de Cataluña, en Ripoll, cuna de su románico y tumba de sus “reyes”, si así se puede llamar a los condes de Barcelona, donde tuvieran su cubil los yihadistas que sembraron de cadáveres las Ramblas; o que -tal y como ha desvelado el gran reportero catalán David López Frias en EL ESPAÑOL- su primer gran objetivo fuera nada menos que la Sagrada Familia de Gaudí, debería sumergir a los dirigentes separatistas en un brusco baño de realismo.

Entremezclados con sus fantasías por la acción de las migraciones, la geopolítica y el mestizaje de la multiculturalidad de la que tanto se alardea, están los ingredientes del desastre. Cataluña es con gran diferencia el lugar de España en el que el adoctrinamiento yihadista -y, como ahora se ve, su propia red logística- ha alcanzado mayor penetración. Los fantasmas que tanto perseguían a Heribert Barrera o Marta Ferrusola se han hecho ya corpóreos en su peor variedad: no son los charnegos, no son los sudacas, no son los negros que hablan inglés en vez de catalán… son los yihadistas, estúpidos.

Desgajados de los mecanismos de coordinación y suministro de datos españoles y europeos, los Mossos serían policialmente impotentes para combatir a este enemigo. Desprovistas de la cobertura institucional de la UE, huérfanas del amparo diplomático de la comunidad internacional, las autoridades de Cataluña no tendrían otro remedio que transigir, buscar un acomodo con el ISIS y su galaxia, finlandizar Cataluña, en suma, al modo en que Carod Rovira amagó a hacerlo con la ETA. La peor pesadilla de Oriana Fallaci sobre una Europa islamizada tendría su primera oportunidad en un par de décadas de ruptura unilateral con España y exclusión automática de la UE.

En este contexto no cabe sino asumir en su literalidad las 21 palabras que Puigdemont pronunció en su primera comparecencia tras la matanza de las Ramblas: “No dejaremos que una minoría acabe con nuestra manera de ser que ha sido forjada a lo largo de los siglos”. Esto es de aplicación a Cataluña pero también, por supuesto, al conjunto de España, a no ser que él piense -como denunciaba Shylock- que a los demás no nos duele que nos peguen.

Pretender que se defiende un modelo de sociedad mientras se intenta destruir al Estado que lo garantiza sería siempre contradictorio, pero hacerlo en las actuales circunstancias equivale a encaramarse a una rama para separarla del tronco sobre un lago infestado de tiburones. Si Puigdemont no es consecuente con sus 21 palabras -y sólo podría serlo cancelando el referéndum secesionista del 1 de octubre- otros tendrán que hacerlo por él, desde los líderes de los partidos constitucionales, hasta los responsables operativos de las Fuerzas de Seguridad, pasando naturalmente por el Tribunal Constitucional y los jueces y fiscales. Sólo con su labor coordinada podrá evitarse la catástrofe de que la metáfora del político kamikaze dispuesto a estrellar las instituciones autonómicas contra el edificio del Estado termine materializándose de forma coincidente, o para ser más exactos superpuesta, a la acción terrorista, nada figurada, de quienes también alientan su propio mito identitario, al servicio de un integrismo excluyente.

Pedro J. Ramírez, director de El Español.

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