25 años de contradicciones

Por Jordi Casabona, médico epidemiólogo (EL PERIÓDICO, 13/06/06):

La historia de la humanidad está llena de contradicciones, cuya confrontación nos hace avanzar algunos pasos y, a veces, retroceder otros. La pandemia del sida es un ejemplo paradigmático de cómo un problema de salud puede evidenciar muchas de ellas.
Este mes se han cumplido los 25 años de la publicación en Estados Unidos de los primeros casos del síndrome de inmunodeficiencia adquirida (sida). Entonces nadie imaginó el impacto que la nueva enfermedad tendría en una sociedad convencida de que con los antibióticos y las vacunas se había ganado ya la batalla a las infecciones. Los primeros años fueron de dudas, de miedos y de creciente sorpresa. Las vías de transmisión del VIH no eran neutras, tenían que ver con el sexo y con el uso de drogas. Ello, más la falta de información científica, produjo la primera gran contradicción. Una sociedad moderna y tecnificada delante de lo desconocido hacía lo de siempre, buscar culpables. Para unos, lo fueron los hombres homosexuales y los usuarios de drogas; para otros, la culpa venía del Sur. Muchos de estos países optaron por negar la existencia del problema. En 1988, trabajando para la OMS, con las autoridades locales de la India solo se pudo consensuar la cifra de 25.000 infectados. Hoy se estima que hay 5 millones. Culpa y negación han conllevado estigmatización, marginación y falta de acción política, factores clave para la propagación del virus.
Se reaccionó. Primero las organizaciones gais y después parte de la sociedad convirtieron el sida en un motivo de defensa de los derechos civiles. En Occidente la beautiful people asimiló rápidamente la causa y los políticos iban perdiendo el miedo a hablar del sida. En 1991 en Catalunya hicimos públicos los primeros datos de mortalidad: el sida era ya la primera causa de muerte entre los jóvenes.

MÁS contradicciones. Incluso con información de cómo se transmitía y del impacto que tenía el VIH, parte de la sociedad se negaba a aceptar las medidas básicas de prevención: la promoción del preservativo y los programas de intercambio de jeringuillas. Las organizaciones de afectados se consolidaron y, aunque su tenaz reivindicación fue cambiando lentamente el escenario, España paga aún las consecuencias del retraso en aplicar estas medidas. En 1994 se registró el primer gran éxito en la prevención de la infección; el uso de zidovudina en madres infectadas reducía drásticamente la transmisión a los niños. Pero no fue hasta 1996 en que la aparición de las pautas combinadas de antiretrovirales cambió radicalmente el pronóstico de la infección.
Ello obligó a facilitar el acceso universal al diagnóstico y tratamiento del VIH, evidenciándose aún más las enormes diferencias entre el Norte y el Sur, donde la mayoría de infectados ni se diagnostica y solo el 8% recibe tratamiento. Únicamente cuando en el Norte tuvimos las cosas un poco controladas, pudimos girar la mirada y en el 2001 se celebró la primera asamblea específica de la ONU, de la cual salió el compromiso del fondo global para combatir el sida, la malaria y la tuberculosis. Desde entonces, las necesidades se han duplicado y paradójicamente en algunos países hay dinero, pero no las estructuras para distribuirlo adecuadamente.
En nuestro contexto, la mejora en el pronóstico de la infección ha motivado el aumento de las conductas de riesgo y la desaparición del sida de los medios de comunicación. Ahora lo políticamente correcto es hablar del sida en los países pobres y de investigación biomédica. Pero es un grave error pensar que el sida solo es un problema de estos países o que ya no queda margen para la prevención. En muchos países europeos se ha evidenciado un aumento del VIH, junto con la reemergencia de la sífilis y la gonorrea.

ESPAÑA, después de Ucrania y Portugal, es el tercer país de Europa con la mayor tasa de sida. Más del 60% de los nuevos diagnósticos de VIH en hombres y mujeres se han contagiado por vía sexual, la mitad de ellos se ha diagnosticado tarde y alrededor del 30% de los casos de sífilis son VIH positivos.
En España deberíamos superar la cultura de las intervenciones basadas solo en la información y asumir el reto de practicar las intervenciones preventivas que sabemos que funcionan. Es imprescindible la normalización social de las pruebas diagnósticas y la creación de servicios que integren prevención y asistencia –en especial para las infecciones de transmisión sexual y la drogadicción– insertados en la comunidad y adaptados a las distintas poblaciones más vulnerables, como los jóvenes y los emigrantes.
Es posible que dentro de 25 años digan que en el 2006 nadie pudo imaginar los éxitos que se conseguirían en la prevención del VIH. Depende de nosotros y de que sepamos distinguir entre lo moralmente o políticamente correcto y lo viablemente efectivo. Información no falta.