60 años de ‘Balún Canán’

Soy muy muy partidaria de celebrar cumpleaños. No solo los de las personas. También los de las mascotas, los de los árboles, los de los edificios. Y, ¿por qué no?, los de las cosas. Esa nevera que lleva diez años con nosotros sin darnos más dolor de cabeza que una rotura del tirador. Esa cadena de música tan antigua como nuestra relación de pareja (pronto será antediluviana). Esa estilográfica que lleva en nuestra vida más de un cuarto de siglo.

También los libros cumplen años y envejecen, aunque –por lo general– mejor que las neveras. Los mejores libros se mantienen lozanos mientras sus autores –y sus lectores– se marchitan. Los clásicos ven morir a ambos, y a varias generaciones de sucesores, sin perder propiedades. Precisamente en eso se reconoce que son clásicos.

Este año 2017 cumplen 60 años tres de mis libros lozanos favoritos: ‘Entre visillos’, de Carmen Martín Gaite; ‘Llamando al Yeti’, de Wislawa Szymborska, y ‘Balún Canán’, de Rosario Castellanos. Apuesto lo que quieran a que si son lectores habituales de ficción alguna vez habrán tenido en las manos obras de la escritora salmantina y de la poeta y premio Nobel polaca. Con respecto a la tercera, en cambio, apostaría a que ni siquiera les suena su nombre (quisiera equivocarme). Permítanme, pues, aprovechar esta celebración para rendir homenaje, rescatar del silencio y de paso presentarles a la que desde hace varias décadas es mi escritora latinoamericana favorita. Exactamente desde que leí la novela que acabo de referir hace ahora 30 años. Otra cifra redonda.

Rosario Castellanos fue novelista, dramaturga, poeta, ensayista, catedrática, diplomática, feminista, lúcida, irónica y desgraciada. Todo ello cupo en su vida lo mismo que cabe en su obra. Y ‘Balún Canán’ fue su impresionante primera novela, escrita durante el embarazo de su hijo Gabriel, a los 32 años. En su plena madurez: solo hay que leerla para reparar en ello. Nacida en 1925 en la ciudad de Comitán, el estado mexicano de Chiapas, fue hija de terratenientes, aunque quedó huérfana muy pronto y padeció las consecuencias económicas y sociales de los planes reformistas del presidente Lázaro Cárdenas. Emigró a Ciudad de México, estudió, se fue a Estados Unidos a continuar estudiando, escribió para diversos periódicos y se casó con el profesor de filosofía Ricardo Guerra, de quien se divorció 13 años más tarde.
Formaba parte de la clase privilegiada pero mantuvo siempre viva su compromiso y defensa de los indios y las mujeres

Precisamente ese año en el que escribía su monumental novela fue uno de los más terribles de su vida. Había padecido varios abortos y la muerte de una hija recién nacida, había caído en la depresión y su matrimonio naufragaba. A pesar de todo, tuvo energía para escribir, y también para mantener vivos su compromiso y su militancia en defensa de dos clases desfavorecidas: las mujeres y los indios. Parece frágil en las cartas que le escribe a su marido (publicadas en México hace unos pocos años), pero en los poemas es rotunda. Escribe: «Mirándome, los hombres recuerdan que el destino / es el gran huracán que parte ramas / y abate firmes árboles».

Su lúcida poesía bucea en sus terrores, en su soledad, en su dolor. Nos muestra valientemente la faceta menos idílica de la maternidad, derribando tabús. Escribe: «Soy madre de Gabriel: ya usted sabe, ese niño que un día se erigirá en juez implacable y que acaso, además, ejerza de verdugo. / Mientras tanto, lo amo».

Con todos sus ingredientes cocinó un banquete literario que llamó ‘Balún Canán’. El título alude al nombre en lengua indígena que recibía su Comitán natal, y que significa «lugar de las nueve estrellas». Es una novela profundamente mexicana, que nos sitúa en los años 30 del siglo XX y en tiempos de la reforma agraria del presidente Lázaro Cárdenas –el mismo que habría de recibir con los brazos abiertos a los exiliados republicanos españoles, un hombre querido en nuestro país y de ideas avanzadas–, pero que perfectamente habría podido situarse en la Rusia anterior a la Revolución de Octubre.

En las páginas de Castellanos, los indios son mano de obra apegada a la tierra y son tratados como objetos o como animales. Los poderosos aquí son blancos y hablan español, pero podrían ser aún más blancos y hablar ruso. Esta novela podrían haberla escrito, o puede que también la escribieran, Tolstói o Turguénev. En realidad, lo que cuenta Castellanos es trágicamente universal. Y hoy, más universal que nunca. He aquí otro motivo para festejar el libro y descubrir a su autora.

Castellanos formaba parte de la clase privilegiada, pero se convirtió en defensora de los otros. Esos indios al lado de los cuales la protagonista de esta novela pasa «como junto a un charco, subiéndose las faldas para no mancharse». Tal vez haya hoy más motivo que nunca para leer ‘Balún Canán’. Si no lo han hecho, cómo les envidio el placer del descubrimiento.

Care Santos, escritora.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *