623 millardos de dólares

Por Pascal Boniface, director del Instituto de Relaciones Internacionales y Estratégicas de París. Acaba de publicar Carta abierta a nuestro/a futuro/a presidente/a de la República sobre el papel de Francia en el mundo (Éditions Armand Colin)
Traducción: José María Puig de la Bellacasa (LA VANGUARDIA, 21/02/07):

Un total de 623 millardos de dólares. Tal es la cifra astronómica del gasto militar estadounidense previsto para el año 2008, que incluye, además del presupuesto del Pentágono, el coste adicional de la guerra de Iraq. Sobrepasa en un 10,5% al del año anterior y en un 62% al del año 2001. Sin embargo, los jefes de Estado Mayor de los tres ejércitos se quejan de escasez de fondos para dotar adecuadamente el sistema de comunicación por satélite de alta tecnología Tsat y deploran la merma de navíos de guerra. Aunque, ante tal situación, no hay más remedio que preguntar: ¿pero qué presupuesto les parecería entonces aceptable? De acuerdo con este enfoque de la cuestión, ¡Estados Unidos debería superar la barrera del 50% de gastos militares! Por sí solo considerado, este país ya representa más del 80% del aumento del gasto militar mundial. Durante la guerra de Vietnam, el gasto militar estadounidense representaba un 9,4% del producto nacional bruto. En la actualidad no es más que el 4%, pero equivale a un aumento dado que no era más que el 3% antes del 11 de septiembre. A estas alturas, la guerra de Iraq ya ha costado tan cara como la guerra de Vietnam; esto es, 660 millardos de dólares. Puede decirse que Estados Unidos se ha lanzado efectivamente a una nueva carrera de armamentos; sucede, no obstante, que se trata de una carrera solitaria y en buena medida estéril. En 1989, antes de la caída del muro de Berlín, Estados Unidos había gastado en dólares constantes la cifra de 450 millardos de dólares.

La guerra contra el terrorismo, por tanto, es mucho más cara que la guerra fría contra la Unión Soviética. China – aun cuando las estadísticas disponibles pueden adolecer de falta de fiabilidad- invierte menos de 40 millardos de dólares en gastos militares, lo que la coloca en una relación de 1 a 10 o aún menos con respecto a Estados Unidos. Aunque los gastos militares chinos se han triplicado desde hace un decenio, siguen siendo bastante modestos en comparación con los de Estados Unidos. Y en cuanto a Rusia, con unos gastos que oscilan en torno a 18 millardos de dólares, queda muy atrás. Irán – que tanto temor provoca a Estados Unidos- gasta unos 4,5 millardos al año. Gran Bretaña gasta 50 millardos y Japón, 45 millardos.

Francia, 41 millardos e India, 22 millardos. Todos ellos son enanos militares al lado de Estados Unidos, cuya ventaja sin embargo podría motivar un debate.

En fin, ¿qué reporta todo este desbarajuste? El aumento exponencial de los gastos militares de Estados Unidos constituye un desafío a toda clase de racionalidad. George W. Bush puede afirmar, en un momento en que su país presenta necesidades sociales importantes, y a decir verdad no se han extraído las lecciones oportunas del desastre del huracán Katrina, que precisamente merced a este sesgo se halla en condiciones de mejorar el nivel de seguridad de sus compatriotas. Pero llegados a este punto, cabe preguntar: ¿goza actualmente Estados Unidos de un mayor nivel de seguridad que hace seis años? Dista de ser cierto. ¿Será menester recordar que la amenaza terrorista es asimétrica por definición y que los atentados del 11-S no han costado más que 100.000 dólares según un informe de las Naciones Unidas? Da la sensación de que la irracionalidad lleva las riendas de todo este asunto. A medida que Washington aumenta sus gastos militares, más tentado se siente de hacer uso de la fuerza y más suscita de hecho la hostilidad a su propia costa y, en consecuencia, su inseguridad. ¿Cómo no caer en la cuenta de que el enfoque militar en toda regla que parece guiar la reflexión de Estados Unidos constituye un callejón sin salida no sólo para el propio país sino para todo el planeta? Los 660 millardos gastados en la guerra de Iraq no han contribuido a aumentar el nivel de seguridad, sino que, al contrario, han fomentado la inseguridad y la violencia. ¿No se habrían empleado mejor en el caso de haberlos invertido en objetivos de desarrollo, educación y salud pública? La Organización Mundial de la Salud calcula que el esfuerzo necesario para erradicar el sida, la malaria y otras enfermedades se sitúa en 25 millardos de dólares.

Pero no se ha podido reunir esta suma de dinero, y millones de seres humanos – entre ellos muchos niños- mueren anualmente por estas causas.

Estados Unidos, con sus fuerzas armadas, es muy parco a la hora de ayudar a los países del Sur. En tanto las Naciones Unidas han fijado en un 0,7% del producto nacional bruto el nivel necesario de aportación a la ayuda pública al desarrollo a fin de erradicar la miseria, Washington no aporta más que un 0,13% a este objetivo. Es menester recordar, por otra parte, que en el 2006 la cifra total de la ayuda pública mundial al desarrollo fue de 100 millardos de dólares. De ellos, 19 millardos se destinaron a aliviar la deuda iraquí, de modo que Iraq – aparte del coste de la guerra- habrá representado este año una quinta parte de la ayuda pública al desarrollo.

Se calcula que a razón de 15 millardos de dólares al año podría suministrarse agua potable al conjunto de la población del planeta, a razón de 20 millardos eliminar la subalimentación, a razón de 12 millardos atender la educación primaria de la población infantil. Imaginemos por un momento que Estados Unidos asumiera aunque fuera uno solo de estos objetivos en lugar de aumentar sus gastos militares: la popularidad y aceptación de su iniciativa constituiría una aportación mucho mejor a su propia seguridad.