9-J: un doble plebiscito sin sorpresas

El presidente del PP, Alberto Núñez Feijóo, y la candidata al 9-J, Dolors Montserrat, celebran sus resultados con la cúpula del partido. Mudarra
El presidente del PP, Alberto Núñez Feijóo, y la candidata al 9-J, Dolors Montserrat, celebran sus resultados con la cúpula del partido. Mudarra

Tras cinco años desde las últimas elecciones europeas, marcados por un notable protagonismo de los debates y las instituciones comunitarias (desde la gestión de la pandemia y las vacunas o la guerra de Ucrania hasta el reparto de los fondos Next Generation), y de constantes afirmaciones de la necesidad de una autonomía estratégica que subraye la posición soberana y distintiva de la Unión Europea entre los grandes actores globales, constatamos que los europeos seguimos votando como ciudadanos de nuestros países, a menudo ajenos a cualquier emoción ante los memoriales del desembarco de Normandía.

Y si atendemos al auge de opciones euroescépticas o reformistas en un sentido soberanista, parece que muchos europeos prefieren que esto sea cada vez más así.

Encontramos serias dificultades para ligar el contexto patrio con el regional sobre todo en los países que, como España, Portugal o Polonia han celebrado elecciones de un año a esta parte, y en los que las europeas funcionan como una suerte de reválida o prospectiva de la fuerza de sus recientes gobiernos.

Pero en estas elecciones, tal vez más que nunca, la disyuntiva común era nítida. Se trataba de consolidar o atajar el notable auge de partidos de derecha radical que observamos en los parlamentos nacionales y en el Europeo en este último lustro.

De nuevo, la cuestión se ve distinta en aquellos Estados gobernados por líderes de la genéricamente llamada extrema derecha (Hungría o, sobre todo, Italia, tercer país más relevante en términos económicos y de aportación de diputados) que en aquellos en que dicha opción política representa una oposición en fulgurante crecimiento.

Este segundo caso es el de Austria, donde gobiernan en coalición los Verdes y Populares, pero supimos la misma tarde del domingo que la victoria en las europeas era para el Partido de la Libertad (FPÖ).

En Alemania, primera economía de la región, gobiernan los socialdemócratas del SPD en coalición con verdes y liberales, pero las elecciones europeas colocan como primera fuerza a la CDU, seguida de Alternativa por Alemania (AfD), tal vez la fuerza más escorada a la derecha.

Y, a propósito de la Agrupación Nacional de Le Pen, hemos conocido que su holgada victoria sobre el partido de Emmanuel Macron ha llevado a éste a disolver la Asamblea Nacional y convocar elecciones legislativas. Y si bien es cierto que el voto a Le Pen se puede considerar en buena medida un castigo al presidente, y que el sistema de doble vuelta volverá a frustrar las intenciones de la líder de la extrema derecha, la distancia es lo suficientemente notable como para replantear radicalmente la coyuntura política en el país vecino.

Un caso similar encontramos en los Países Bajos, donde a una victoria socialdemócrata sigue el auge notable del partido de Geert Wilders.

Este sumario de la situación de algunos de los principales países de la Unión contribuye a explicar los resultados provisionales que hemos conocido este domingo por la noche: como vaticinaban buena parte de las encuestas, el PPE ha resultado claro vencedor, con 186 eurodiputados sobre 720 totales, y seguido del grupo socialista, que ha obtenido 133.

El mayor descenso lo han registrado, respectivamente, los liberales de Renew (82 escaños, 20 menos que en los anteriores comicios) y los Verdes/ALE (que se queda en 53, 18 menos que en las anteriores elecciones europeas). Gana un escaño ECR, que se sitúa en 70, y destaca el aumento en once representantes de ID, hasta situarse en los 60.

Sumando los de ECR e ID tenemos 130 representantes de la derecha radical, que son más si contamos los que aportan Orban, la AfD y otros partidos que figuran entre los no inscritos. De este modo, y si se tomase la categoría "extrema derecha" en su sentido más amplio, ésta sería la segunda fuerza en la Unión.

Se ahonda, así, en una tendencia que conoce más de una década. Si en 2009, de una alianza entre Tories británicos y derechistas polacos (Ley y Justicia), nació el Grupo de los Conservadores y Reformistas Europeos (ECR), tras las elecciones de 2014 el Parlamento Europeo contaba con 73 representantes de la extrema derecha, que ponía fin a una historia de disgregación y alianzas efímeras.

Pero el punto de inflexión fue el año 2019, que coincide con la fundación del Grupo Identidad y Democracia. Por primera vez en cuadro décadas se quebró la mayoría absoluta de populares y socialistas en el Parlamento Europeo, circunstancia que sólo se pudo remediar por los apoyos de dos fuerzas hoy en declive, como son los Verdes y los Liberales del Renew Europe de Macron.

La cuestión más relevante sigue por esclarecerse: ¿contribuirá Meloni a la difícil reelección de Ursula von der Leyen (PPE), correspondiendo la estrategia de normalización de ECR que también hemos visto en España? ¿O tomará la mano de Le Pen y Orban para conformar un supergrupo con ID y fuerzas no alineadas?

Aún es pronto para saberlo. Y sin embargo parece que la primera de las dos opciones tiene más visos de prosperar, porque el notable ascenso de la facción de Le Pen podría amenazar el liderazgo de la presidenta italiana.

En todo caso, parece claro que asistiremos a distingos entre fuerzas a la derecha desde el centroderecha, y a normalizaciones de lo que, hasta hace poco, se presentaba como un riesgo inasumible para el continente. El PPE contará, probablemente, bien con un nuevo socio, bien con un as en la manga en la negociación con socialistas, verdes y liberales.

Pero analizar unas elecciones europeas es tanto como asomarse a dos plebiscitos distintos. Y si estos comicios introducen un posible cambio de modelo en lo concerniente a la construcción europea, en España nos asomamos a un referéndum sobre Pedro Sánchez (en esto han alcanzado acuerdo la oposición, que lanzó el marco, y La Moncloa, que lo recogió gustosa) y a una cuestión de intensidad: democracia y sensatez o Sánchez en Génova, Sánchez o fascismo desde Ferraz.

La operación (convertir unas europeas, con sus muchas particularidades y tras un ciclo electoral autonómico, en un momento de especial crispación, en el adelanto de unas elecciones generales) era arriesgada para Feijóo. Enseguida comenzaron los ajustes de expectativas, los bailes de cifras y los sudores fríos de que el referéndum se les volviera en contra, como un recuerdo de las anteriores elecciones generales, en que una victoria en votos se tornaba en una derrota ampliada por el optimismo inicial de la oposición.

Resultaba difícil trazar a partir de qué diferencia de puntos el PP podía usar su victoria europea para tambalear la legitimidad del Gobierno, cuánta había de ser la que justificase un cuestionamiento del liderazgo del Feijóo (¿uno o dos puntos arriba, un empate técnico?) o qué distancia volvía la estrategia en contra como un inmenso error.

Desde el Gobierno, la elucubración era qué porcentaje servía para salvar los muebles y cuál habilitaba un impulso a una legislatura complejísima. Un revulsivo europeo era crucial para un Pedro Sánchez que ha hecho de la política internacional un baluarte de su imagen pública, y que necesitaba de un balón de oxígeno para impulsar proyectos como su anunciada democratización de las estructuras del Estado.

Pero el resultado de las europeas ha quedado en una región abierta para los discursos de ambos líderes. El PP ha obtenido una ventaja de cuatro puntos sobre un PSOE que sólo pierde un representante (22 eurodiputados frente a 20), seguido de Vox, con 6 eurodiputados, mientras Podemos y Sumar obtienen 2 y 3 representantes respectivamente, lo que debería poner en serios apuros a Yolanda Díaz.

Entra la agrupación de Alvise Pérez con tres eurodiputados, confirmando lo que venían señalando las encuestas, y planteando la cuestión de a dónde irán sus votantes en unas potenciales generales. Junts pierde dos representantes hasta quedarse en uno solo.

Así las cosas, se entiende la celebración en Génova, que servirá para que Feijóo siga liderando la oposición, pero no para convencer de un cambio notable de tendencia en España. Y mientras Feijóo no acaba de despegar, es probable que un Sánchez al que estos resultados debieran llamar al comedimiento invoque una victoria de su bloque y la épica de la resistencia a la derecha y la ultraderecha en medio de un bombardeo mediático y judicial contra su entorno.

Seguirá habiendo un gobierno débil y una oposición dividida, y volveremos a hablar de Cataluña.

Pedro Lecanda es escritor.

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