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Apenas instalado en el poder, en 1959, Fidel Castro retomó una buena y vieja estrategia de Lenin, la de granjearse el apoyo de intelectuales «progresistas» en Europa y en EE.UU., o los «tontos útiles», como los llamaba. Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir fueron, evidentemente, los primeros candidatos. La pareja representaba entonces la intelligentsia pura y perfecta: llevaban una vida burguesa en París, se consideraban revolucionarios y no pararon de equivocarse de futuro. Durante la II Guerra Mundial, no denunciaron a los nazis y publicaban tranquilamente sus obras en Francia; después de la guerra, apoyaron a Stalin, luego a los comunistas de Vietnam del Norte y luego a Mao Zedong.…  Seguir leyendo »