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En un país tan violento como Colombia, no pobre, sino empobrecido a fuerza de resignarse a tanto abuso, no es nada fácil pasar de la ironía a la práctica: no es nada fácil, por ejemplo, ir de notar “la brecha salarial de género”, que es el síntoma innegable de una infamia de fondo, a gritar “no más”. Por eso es tan importante la protesta que han estado elevando las escritoras colombianas en estas dos semanas: en el supuesto clímax del desembarco literario de Colombia en Francia –en la segunda parte de este año de intercambio cultural pactado por los Gobiernos de los dos países– se hizo evidente que se había ninguneado a las autoras colombianas de tres generaciones, pero en vez de satirizar esa ceguera de siempre, doblemente grave en un mundo que aspira a ser crítico y lejano a la misoginia, un grupo de mujeres novelistas, libretistas, periodistas, poetas, ensayistas, redactó y firmó un manifiesto que cuestiona esa torpeza.…  Seguir leyendo »

En el 2007, Bogotá ha sido capital del libro y Colombia ocupó la cabecera en la reciente fiesta de los libros de Guadalajara. Ningún otro país tiene un trato cotidiano tan rico con el idioma. Basta pedir una dirección en una calle de Bogotá para recibir una respuesta sacada de la Academia de los Hombres Amables.

El inaudito vigor de la literatura colombiana tiene como complemento vivo el lenguaje de quienes hablan por supervivencia: los desplazados por la guerrilla que han perdido la casa pero no los adverbios, los menesterosos que no siempre dicen algo agradable, pero lo dicen como si lo mecieran en una hamaca.…  Seguir leyendo »