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En aquellos felices 80, un chico barcelonés tipo, grandilocuente en contradicciones y perseverancias de chupa de cuero, paisaje portuario y canciones de Loquillo, se entregaba a la tradición identitaria.

No nos confundamos, esa llamada de la identidad se circunscribía a la erótica de la Ciudad Condal, industriosa, más franquista que Franco en sus antecedentes inmediatos, tan underground como el cómic y tan golfa como los infinitos aledaños de las Ramblas.

¿Tópicos de la melancolía? Quizás. El pasado es una idea, una fórmula poco científica. Sin embargo, los oídos del chico barcelonés que pateaba los raros, extraordinarios mundos de la capital catalana, escuchaban una sentencia entonces en boga.…  Seguir leyendo »

De pequeño viví en Artigues, entre Badalona y Sant Adrià de Besòs. Un día, el dueño de la panadería me recitó aquello de “setze jutges...” y no entendí nada. Mis padres hablaban catalán, pero en la escuela y en la calle dominaba el castellano –mi lengua materna–. El panadero no se burlaba de mí, pero a unos ojos extraños podía ser un charnego párvulo. En el barrio obrero del Gorg de Badalona, no se hablaba de charnegos: tenderos y pescaderas, oficinistas y mecánicos, modistas y peones sólo formaban un conglomerado poroso de catalanes, murcianas, valencianos, aragonesas, extremeños o andaluzas –culturas confluyentes entre las clases trabajadoras–.…  Seguir leyendo »