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Ayer, 1 de septiembre, Gustavo Bueno hubiera cumplido 96 años. Me pide Fernando Palmero una semblanza del filósofo a cuatro años de su fallecimiento. Agradezco la oportunidad de recordar a mi muy querido abuelo, maestro y amigo. Como ciudadano interesado en las ideas filosóficas que organizan, lo queramos o no, nuestras interpretaciones y reinterpretaciones del mundo que nos rodea, acepto muy honrado el reto de valorar el lugar de la filosofía de Gustavo Bueno a fecha de 2020.

Pero cuatro años no son suficientes. Sirven, eso sí, para constatar que la obra de Bueno sigue viva tanto explícitamente como implícitamente en ámbitos muy diversos.…  Seguir leyendo »

He bajado a escribir esta necrológica a la terraza del Petit Café, en la Plaza de Ocata. Al fondo de la calle Pintor Miquel Villá está el Mediterráneo. A esta hora la luz del mediodía le arranca chispeantes reflejos asalmonados a su superficie.

La cultura es esto: el intento de combatir con palabras el silencio del ser. Es importante recordarlo en la muerte de Steiner, humanista rezagado, porque hoy, a las puertas del poshumanismo, nos sentimos más necesitados que nunca de palabras.

Son frecuente los lamentos por la crisis del humanismo. Pero no está nada claro que lo que nos mueva sea el amor a las humanidades.…  Seguir leyendo »

«Connaissez-vous George Steiner ? Le promeneur absolu - l’arpenteur de toutes nos cultures présentes et passées ?» a écrit Erik Orsenna, cité par Pierre-Emmanuel Dauzat dans sa préface aux Œuvres en «Quarto» Gallimard. Connu, le critique littéraire l’était comme un des grands intellectuels et lecteurs de son temps. Comme un brillant orateur et un penseur iconoclaste, mais aussi comme une personnalité complexe, amatrice de paradoxes, élitaire. Un intellectuel mordant, revendiquant des affections pour des écrivains de droite, rejetant sans ambages le structuralisme et le déconstructivisime à leur époque. Cette figure «clivante», dixit le New York Times, s’est éteinte lundi à 90 ans dans sa maison de Cambridge, en Angleterre.…  Seguir leyendo »

¿A qué filósofo vivo hay que leer? Ante semejante pregunta, insolentemente incómoda, durante años me serví de un recurso infalible. Steiner, he contestado en multitud de ocasiones. Lee a George Steiner, respondía, al tiempo que ocultaba la condición fronteriza de su pensamiento. Aunque el consejo sincero mantenga su tino, a partir de hoy la respuesta no podrá conservar ni siquiera su media verdad porque ha muerto George Steiner. Algún purista podrá decir que no era estrictamente filósofo pero cualquier buen lector sabrá enmendar: ni lo era, ni falta que le hacía. George Steiner era, ante todo y sobre todo, un hombre de letras.…  Seguir leyendo »

Las notas informativas que dieron noticia de su muerte, el pasado 9 de enero, hablaron de Zygmunt Bauman como de un sociólogo, un filósofo, un ensayista… Pero uno alberga la sospecha de que su éxito lo obtuvo en realidad como poeta. Quiero decir que se lo debe a una metáfora. Si Bauman hubiera hablado sólo de la falta de consistencia y perdurabilidad de las instituciones sociales, las relaciones humanas, las estructuras económicas y laborales, los referentes políticos y los paradigmas culturales de nuestra época, habría acabado resultando demasiado sospechoso para todas las izquierdas. Probablemente, desde buena parte de estas se le habría llegado a ver incluso como a un moralista reaccionario.…  Seguir leyendo »

Estaba ordenando el escritorio y un libro cayó de un estante a mis pies. Era el cuarto volumen de Situations (1964), la serie que reúne los artículos y ensayos cortos de Sartre. Lo encontré lleno de anotaciones hechas cuando lo leí, el mismo año que fue publicado. Comencé a hojearlo y me he pasado un fin de semana releyéndolo. Ha sido un viaje en el tiempo y en la historia, así como una peregrinación a mi juventud y a las fuentes de mi vocación.

Sus libros y sus ideas marcaron mi adolescencia y mis años universitarios, desde que descubrí sus cuentos de El muro, en 1952, mi último año de colegio.…  Seguir leyendo »

Estamos cayendo a una velocidad vertiginosa. En apenas tres meses, de “pasear al perro de la memoria”, que decíamos, hemos llegado a la situación inverosímil de forzarnos a cancelarla. Ni exhibirla ni pasearla, sencillamente retirarla de la circulación. Es posible que sea la edad, pero cada vez tengo más la conciencia de escribir artículos que no me gustan, que preferiría seguir la moda de los sentimientos y desarrollar la melancolía, el humor, la piedad, el buen rollito, el calor humano, los valores eternos de la solidaridad, la esperanza y el entusiasmo, con alguna referencia a la gastronomía, por supuesto. Pero aquí me encuentro, tratando de escribir sobre un hombre que sufrió, que padeció la soledad del intelectual, aún antes de que tuviera edad de escribir algo más allá de un panfleto y de dirigir una asamblea que le costaría detención, interrogatorios, una mili en forma de deportación al desierto y una distancia cruel con el aparato académico que se las hizo pasar moradas.…  Seguir leyendo »

Francisco Fernández Buey, fallecido el sábado pasado, fue uno de los más destacados estudiantes antifranquistas en la Barcelona de los primeros años sesenta. Contra lo que suele decirse, no eran muchos quienes dedicaban su tiempo a esas luchas aunque, en todo caso, eran muchísimos más que los estudiantes franquistas, prácticamente desaparecidos, ya en aquellos años, de la vida pública universitaria. En una sociedad dominada por una gran mayoría de personas apáticas, indiferentes a todo lo que no sea su puro interés individual, que era el caso, siempre gana quien toma la iniciativa, aunque sea minoritaria.

En aquellos primeros sesenta, el SEU, el sindicato estudiantil teóricamente franquista, era ya una cáscara vacía, una estructura oficial –con sus consejos, sus delegados y sus locales– que había sido ocupada en la gran mayoría de centros, dada la incomparecencia de sus contrarios, por estudiantes antifranquistas, cuya finalidad era formar un movimiento estudiantil contra el régimen.…  Seguir leyendo »

Por Luciano G. Egido (ABC, 30/12/06):

El día 31 de diciembre del 1936, en plena guerra civil, un día frío y luminoso, alrededor de la hora ritual española de las cinco de la tarde, Miguel de Unamuno murió en Salamanca, «de mal de España», como diagnosticaría Ortega y Gasset. Los médicos dirían que había muerto de una congestión cerebral, producida por las emanaciones de anhídrido carbónico del brasero doméstico. Su muerte sólo fue presenciada por un joven falangista, Bartolomé Aragón, que, recién venido del frente bélico, había ido a visitarlo, admirativo y fiel. Cuando Unamuno, después de su última irritación dialéctica y de su última frase para la historia y para su biografía, con su ciego voluntarismo suicida a flor de piel: «¡Dios no puede volverle la espalda a España!…  Seguir leyendo »