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Cuando aterricé en el Moscú de los años 90, todavía quedaban en la vida cotidiana muchos resabios soviéticos: caídas de la línea telefónica cada dos por tres, probablemente pinchada por algún funcionario ocioso del KGB; la escasez de bares y restaurantes donde tomar algo; las colas en las tiendas; la costumbre de guardar toda bolsa de plástico, por si acaso, porque no abundaban; y la desconfianza entre la gente común de conversar con un extranjero.

Con Vitali costó un mundo quebrar la pared de hielo. Aquel hombre, que podía haber sido mi padre o un abuelo temprano, solía llevarme en coche a hacer algún recado de tarde en tarde.…  Seguir leyendo »