A 100 días de la Jornada Mundial de la Juventud

En 2010 se celebraron las bodas de plata de la primera Jornada Mundial de la Juventud (JMJ), el encuentro festivo de jóvenes de los cinco continentes con el Papa, que tiene lugar cada tres años en una ciudad del mundo. En 2011 le toca a Madrid y son muchas las razones para pensar que será un gran regalo en nuestras manos.

¿Cómo nació esta luminosa iniciativa? El periodista Vittorio Messori hizo esta misma pregunta al ahora beato Juan Pablo II. Él, con la humilde sencillez de un santo, le respondió: «Nadie ha inventado las jornadas mundiales de los jóvenes. Fueron ellos quienes las crearon. No es verdad que sea el Papa quien lleva a los jóvenes de un extremo al otro del globo terráqueo. Son ellos quienes le llevan a él». Así es, en verdad. Aunque es innegable que la iniciativa partió del que ya es llamado «el Papa de los jóvenes» ¿Cómo no reconocer en la participación entusiasta de los jóvenes el deseo de ser acompañados en la peregrinación de fe por el Papa, tras los pasos de Cristo, que es la roca firme en la que edificar su vida?

A Madrid vendrán jóvenes de todos los países del mundo. Muchos de ellos están ahorrando con enorme esfuerzo para costearse el viaje. Algunos países enviarán unos pocos representantes, que a su vuelta podrán contar lo que han visto y oído a sus connacionales. Hay quienes afirman que en el mundo de los jóvenes se está produciendo una «revolución silenciosa», cuyo potente motor propulsor son las JMJ. Estos encuentros siguen sorprendiendo dentro y fuera de la Iglesia. Y son la epifanía de una juventud sedienta de verdad y consciente de que en Cristo y su Iglesia se halla el significado más profundo de la vida.

Benedicto XVI ha apelado a su experiencia vital para explicar este fenómeno: «Al pensar en mis años de entonces, sencillamente, no queríamos perdernos en la mediocridad de la vida aburguesada. Queríamos lo que era grande, nuevo. Queríamos encontrar la vida en su inmensidad y belleza. Ciertamente eso dependía también de nuestra situación. Durante la dictadura nacionalsocialista y la guerra, estuvimos, por así decir, “encerrados” por el poder dominante. Por eso, queríamos salir fuera para entrar en la abundancia de las posibilidades del ser hombre» (Mensaje para la Jornada). Otra cultura dominante atrapa y encierra a los jóvenes en el mundo actual. Un férreo poder que corta las alas de aspiraciones a la vida más grande que anida en el corazón de todo hombre. Se trata del poder que pretende eclipsar a Dios y expulsarle de la vida cotidiana. El poder de modos de vida que desvinculan al hombre de su origen y de su destino. Los jóvenes necesitan salir fueray descubrir las posibilidades del ser hombre. Posibilidades que no acaban en el terreno económico con un puesto de trabajo, necesario y urgente en tiempos de crisis, sino que traspasan el horizonte de lo material y tocan la infinitud del espíritu, es decir, de Dios. «El hombre en verdad —dice Benedicto XVI a los jóvenes— está creado para lo que es grande, para el infinito».

Aunque pueda parecer un tema manido, hoy es más apremiante que nunca sustituir la cultura del tener por la del ser. Pues la del tener ha quebrado, miles de jóvenes se preguntan: ¿cuál es el fin de mi esfuerzo, de mis estudios, si no es garantía de un puesto de trabajo? Frente a la generación del ni-ni (esos jóvenes que ni estudian ni trabajan) llega una generación donde el self(el culto al yo) es sustituido por otras miras, visiones o tareas que van más allá. Frente a la desesperanza hace falta una nueva generación de jóvenes que descubra que el cristianismo no se reduce a un árido moralismo, a un yugo pesado de «debes» y «no debes», sino que nos abre al horizonte apasionante de una vida que tiene un rostro humano, el del hombre perfecto, Jesucristo.

Las JMJ son un anuncio de Cristo. En cada una de ellas se evapora el mito de que los jóvenes no quieren saber nada de Cristo y de la Iglesia. Son como un inmenso campo de vides arracimadas con una sola cepa, la persona del Señor. Ni siquiera el Papa es el centro. Como dice Benedicto XVI: «Él es totalmente y solamente vicario. Remite al Otro que está en medio de nosotros». Se explica así que cada JMJ deje siempre una estela de vocaciones al sacerdocio, a la vida consagrada, al matrimonio. El relevo a la siguiente generación ya está dado. Son numerosos los hijos de los que participaron en la JMJ de Santiago 89, Denver 93… los que vendrán a la JMJ de Madrid, porque «el mensaje cristiano no era sólo “informativo”, sino “performativo”. Eso significa que el Evangelio no es solamente una comunicación de cosas que se pueden saber, sino una comunicación que comporta hechos y cambia la vida». (Benedicto XVI. Spes Salvi, 2).

Son muchos los jóvenes que ya han puesto rumbo a Madrid, pero hay muchos otros que no saben todavía si vendrán… Hay que invitarles con las palabras de Felipe a Natanael cuando éste se mostró escéptico sobre Jesús: «Ven y verás». La JMJ es una invitación para todos los jóvenes del mundo: una propuesta, un ven y verás. La invitación es del mismo Papa: «Quisiera que todos los jóvenes, tanto los que comparten nuestra fe como los que vacilan, dudan o no creen puedan vivir esta experiencia, que puede ser decisiva para la vida: la experiencia de Jesús resucitado y vivo, y de su amor por cada uno de nosotros».

Del 16 al 21 de agosto de este año, Madrid se convertirá en la capital del mundo joven. Es una experiencia común que la gente, aun la que no cree, queda impactada por la alegría de los jóvenes, por su buen hacer. Los recelos iniciales, al anunciarse una gran multitud de jóvenes, desaparecen pronto y dan paso a una contagiosa simpatía. Naturalmente son jóvenes con sus virtudes y defectos, pero vienen como peregrinos en busca de lo que da sentido a la vida del hombre.

A 100 días de esta gran fiesta de la fe se necesita la colaboración de todos: con la oración, la acogida en nuestras casas de jóvenes peregrinos, la ayuda económica en becas o donativos para jóvenes con menos recursos. Es fácil comprender que el hecho mismo de preparar la JMJ constituye no sólo un reto sino una enorme responsabilidad. No se trata de quedar bien ante la opinión pública, sino de hacer transparente la belleza del mensaje y la vida cristiana a las nuevas generaciones.

Si cada Jornada Mundial es un regalo para la Iglesia universal, lo es especialmente para la Iglesia particular que la recibe, para Madrid. A estas alturas, a nadie le sorprenderá que se alcen voces en contra. El Vicario de Cristo viene a vernos, y lo único malo que puede pasar es que nosotros no nos preparemos y no apostemos por esta nueva generación de jóvenes, a quienes el Papa exhorta: «En la era de la globalización, sed testigos de la esperanza cristiana en el mundo entero: son muchos los que desean recibir esta esperanza».

Por César Franco, obispo auxiliar de Madrid y coordinador general de la Jornada Mundial de la Juventud de Madrid 2011.

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