A cuatro años de la guerra en Irak

Por Ricardo Lagos, ex presidente de Chile y presidente del Club de Madrid (EL PAÍS, 05/03/07):

Este mes de marzo se cumplen cuatro años desde el inicio de la guerra en Irak. Y con el aniversario aparecen las preguntas esenciales: ¿cuándo y cómo se termina la ocupación de ese país? ¿Cómo podrá volver a ser Irak una nación capaz de regir su destino? ¿Por dónde está la salida a un conflicto cuyo origen estuvo sustentado en informaciones sin fundamentos sólidos?

Detrás de lo ocurrido parece haber lecciones que aprender. Hace algunos días, el ex presidente del Gobierno español, José María Aznar, admitió que en Irak no había armas de destrucción masiva, y agregó: “Tengo el problema de no haber sido tan listo de haberlo sabido antes”. Poco después, el presidente de su partido, Mariano Rajoy, al tratar de interpretar tales palabras, dijo: “Probablemente con los datos de los que se disponía entonces, que es cuando se toma la decisión, no fuera un error. Ahora, con los datos de los que se dispone después, ya estamos en una situación diferente”. El problema es que en ese momento (febrero de 2003) el tema ya era discutible.

La justificación usada para llevar adelante la guerra, actuando al margen del sistema de Naciones Unidas, se sostuvo en la eventual existencia de armas nucleares y en la seguridad de que el Gobierno de Sadam Husein poseía o estaba desarrollando armamento químico, biológico y radiactivo. Las armas no fueron encontradas tras la invasión y la guerra se convirtió en lo que vemos día tras día: esa especie de guerra civil larvada, mientras de cincuenta a cien personas encuentran la muerte bajo atentados suicidas cada día.

En marzo de 2003, Hans Blix, el inspector de Naciones Unidas, pidió más tiempo. Se le había encomendado demostrar que Irak poseía armas de destrucción masiva y era un peligro para la convivencia internacional. En aquellos momentos previos a la guerra, Chile era miembro del Consejo de Seguridad, y por ello sostuve una conversación urgente con Hans Blix, quien me dijo: “No he encontrado armas; necesito más tiempo para asegurar si las hay o no las hay”.

También por esos días hablé con el presidente Chirac, quien me señaló: “Puedo asegurar que no hay armas nucleares en Irak; sin embargo, no puedo con la misma fuerza decir que no haya armas de destrucción masiva, pero mis servicios me informan que ellos no han encontrado nada”.

Era necesario más tiempo, salvo que la decisión de invadir estuviera tomada de todos modos. Era necesario apegarse a la legislación internacional, a nuestras instituciones, al Consejo de Seguridad. Para Chile fue una decisión difícil, pero no dimos nuestro voto a favor de una invasión militar cuyas razones no estaban plenamente comprobadas.

Ya en marzo de 2004, el Gobierno norteamericano debió designar una comisión para que estudiara si las agencias de espionaje y los servicios de inteligencia de Estados Unidos habían informado erróneamente. Un año después, la comisión presidencial que examinó los informes de armamento en Irak afirmó que el Gobierno de Estados Unidos estuvo “totalmente equivocado” en casi todas sus evaluaciones sobre el arsenal iraquí en tiempos de Sadam Husein.

Creo que Estados Unidos le debe una explicación al mundo, porque la justificación para la guerra no fue demostrada por los hechos posteriores. Se requiere mucho cuidado en las afirmaciones que un país de esa envergadura hace. En todo ello está involucrada la responsabilidad internacional -que de una u otra forma nos cabe a cada país en el mundo global-, pero mucho más al país que es la primera potencia mundial.

Ganar la guerra puede que haya sido fácil. Pero está claro que ha sido imposible ganar la paz.

Cuatro años después, el saldo es de cientos de miles de muertos. A la fecha son más de 3.150 los soldados norteamericanos caídos en Irak, dato que sobrepasa la cifra de quienes murieron en las Torres Gemelas. El gasto militar en la guerra de Irak llega a los 378.000 millones de dólares y se anuncia un presupuesto que llevará esta cifra a los 683.000 millones de dólares. La situación es mucho peor que al comienzo.

En Chile fuimos coherentes. El mismo Consejo de Seguridad que no dio el pase a la guerra de Irak, en febrero de 2004 pidió por unanimidad tropas para acudir ante la crisis de Haití. Chile, país pequeño, en 72 horas, colocó 300 hombres en aquella nación del Caribe. Ello porque los países pequeños entendemos que el sistema internacional debe tener reglas y las instituciones internacionales deben ser fortalecidas. Por ello decimos que dentro del sistema de reglas internacionales, todo; fuera del sistema, nada.

Al escribir esta columna se habla de un eventual enfrentamiento con Irán, y de nuevo, las razones son afirmadas por unos, negadas por otros. ¿Se volverá a actuar al margen de Naciones Unidas o seguiremos el carril que indica la coherencia internacional? ¿Se asumirá el análisis serio de los datos entregados por los expertos sobre la capacidad nuclear de Irán para derivar de allí una acción diplomática, como se ha hecho con Corea del Norte, o se precipitará otra grave crisis militar?

Cuando decimos que se le debe una explicación al mundo por parte de aquellos que sostuvieron la existencia de las armas en Irak, ojalá esa explicación lleve también una dosis de humildad frente a los tiempos que estamos viviendo hoy. Tiempos de inquietud por el futuro, casi tanto como cuatro años atrás, cuando la guerra parecía inevitable más allá de lo que se dijera y al final llegó.