A EE.UU. le preocupa Europa

A Estados Unidos le preocupa, naturalmente, Estados Unidos pero en este momento le preocupa aún más Europa. Sus intereses en el continente europeo sobrepasan ampliamente las situaciones o episodios de cierta rivalidad. Los intereses estadounidenses se desplazan del Pacífico al Atlántico y sus inversiones en Europa triplican las realizadas en toda Asia. El comercio entre EE.UU. y Europa es el de mayor dimensión del mundo con diferencia; millones de puestos de trabajo en EE.UU. dependen de Europa, y viceversa. Una crisis en Europa tendría repercusiones inmediatas en EE.UU. y perjudicaría enormemente la recuperación estadounidense.

Estados Unidos ha mostrado creciente preocupación en las últimas semanas. The New York Times ha publicado un largo artículo profusamente ilustrado con imágenes de grafitis pintados en Portugal, “RIP. Portugal ha muerto”. Y también con la frase inscrita en la Divina Comedia, “Abandonad toda esperanza”. Cabe añadir que han aparecido frases similares en Irlanda durante los últimos años. El gurú económico Nouriel Roubini, que pronosticó la crisis del 2008, ha publicado el artículo “Las cortas vacaciones de Europa”, en el que explica que el Banco Central Europeo (BCE) ha suministrado simplemente un analgésico a Europa; sin embargo, la eficacia de tales fármacos sólo dura un tiempo. Barry Eichengreen, respetado profesor de California, era optimista hasta hace poco: el euro nunca podría suprimirse, sería demasiado caro. Ha titulado sus últimos artículos “La inhibición letal del BCE a la hora de prestar ayuda” y “Europa al borde de un colapso político”.

Paul Krugman es un profesor de Harvard que ha ganado el premio Nobel y escribe para destacados periódicos. Sus últimos artículos anuncian “el suicidio económico de Europa: la obsesión de los líderes europeos por la austeridad es insensata”. Y tales críticas van de la izquierda al centro: Europa posee una estrategia para la austeridad, pero no para el crecimiento. Y sin crecimiento la crisis no se superará.

En el semanario conservador The Weekly Standard, Irwin Steltzer afirma que aunque la medicina recetada por Angela Mer-kel (austeridad) no ha surtido el efecto que se esperaba, bien podría ser que su estrategia fuera la acertada a largo plazo. En otros lugares y en medios conservadores cabe escuchar un llamamiento a que Europa suprima el Estado de bienestar.

La mayoría de los economistas estadounidenses no conocen el origen histórico y psicológico de las actuales actitudes de Alemania. Estados Unidos nunca padeció hiperinflación (más de un 50% mensual). De hecho, Estados Unidos la sufrió casi en dos ocasiones, durante la revolución americana y nuevamente durante la guerra civil, pero de esto hace mucho tiempo. El país padeció una depresión muy grave que dio comienzo en 1929, pero no inflación. El país experimentó el impacto consiguiente en forma de paro a gran escala y colapso empresarial, pero no inflación.

Las cosas eran muy distintas en Europa. Siendo niño en Alemania, mis padres me dieron sellos de correos y billetes de banco de 1923 para jugar con ellos. Decían, por ejemplo, toma mil millones, que por supuesto carecían totalmente de valor. Fue un récord mundial en aquella época, Alemania fue superada tras la Segunda Guerra Mundial por Hungría, que produjo quintillones. Numerosos países europeos sufrieron una inflación galopante -Polonia, Austria, Grecia, Yugoslavia y otros-, unos después de la Primera Guerra Mundial, otros después de la Segunda y otros en los años noventa del siglo XX, aunque en ningún caso a escala alemana o húngara. Las consecuencias de la inflación alemana fueron el empobrecimiento de la clase media y el ascenso de Hitler al poder. De ahí el pánico a la inflación en Alemania. Es dudoso que Merkel pudiera modificar su política aunque quisiera. La sociedad no le respaldaría y es posible que las elecciones regionales lo muestren claramente.

Concurren, evidentemente, otros factores y consideraciones. Alemania y otros países del norte de Europa son renuentes a aportar más dinero para rescatar otras economías porque no confían en los gobiernos de los países receptores; temen que el dinero no sea empleado para estimular el crecimiento. Desde luego, las voces críticas que sostienen que es menester aplicar una estrategia de crecimiento tienen plena razón. Si la hiperinflación provoca consecuencias políticas muy negativas, cabe decir lo propio de una política de austeridad sin resultados palpables. El paro elevado es un pasaporte a la catástrofe no sólo para/el euro y la euro-zona, sino también para cada país europeo en particular.

¿Cómo combinar una estrategia de crecimiento con una política de austeridad? Los republicanos en Estados Unidos tienen una respuesta: reducir la presión impositiva, así como el Gobierno. Pero esto no funcionará en Estados Unidos, ya no digamos en Europa. Elogian al ministro de Economía sueco, que redujo los impuestos y pudo constatarse una mejora de la economía, pero olvidan mencionar que la presión fiscal en Suecia sigue estando bastante por encima del 40%, el doble que en Estados Unidos.

Aunque Europa necesita buenos y sabios consejos, también precisa de un buen proyectil en forma, por ejemplo, de tres billones de euros o al menos dólares para restablecer la confianza y la estabilidad. Es mucho dinero, pero menos que el que puede acarrear un colapso. ¿Y de dónde vendrá? Dado el interés vital que tiene Estados Unidos en Europa, ¿estará dispuesto a ayudar y, en tal caso, podrá hacerlo?

Walter Laqueur, consejero del Centro de Estudios Internacionales y Estratégicos de Washington. Traducción: José María Puig de la Bellacasa.

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