A favor de la ‘fratria’

El origen es la ‘matria’, la política es la patria y la ‘fratria’ es la cultura. La ‘matria’ es un estadio natural, que incluye el lugar del nacimiento; la ‘patria’ es un estado artificial, que incluye un cierto consenso político; la ‘fratria’ es la mediación intercultural, que incluye el consentimiento interpersonal. La ‘fratria’ es una revivencia y un concepto emergente, como dice el amigo José Ángel Bergua, y significa el conjunto de fratrías, sororías y mezclas, la hermandad o hermanamiento cultural abierto, basado en el sentido consentido. Se trata de un narcisismo ampliado a todo el mundo, una afiliación basada no en la filiación patriarcal del hijo (‘filius’), sino en la filía o amistad, un encuentro fratriarcal abierto y no cerrado al bien común. Ahora bien, hoy asistimos más bien a la emergencia popular de fratrías sin ‘fratria’, así pues de fratrías tribales y no universales.

La ‘fratria’ ofrece una connotación femenina, no solo en su vocablo sino en su origen griego, personificada por la diosa Atenea Fratria. Pero la ‘fratria’ de connotación femenina es la reunión de diferentes fratrías, las cuales obtienen una connotación intermasculina complementaria (bajo la advocación de Zeus Fratrio). Esta concepción griega se afianza en el cristianismo, en el que la Iglesia es la ‘fratria’ o asamblea cuasi femenina, que consta empero de fratrías de connotación masculina (bajo la advocación del Cristo-frater o hermano), al modo como una cofradía consta fundamentalmente de cofrades. Ahora bien, en la propia familia humana puede observarse un trasfondo matriarcal-femenino de origen y la emergencia o reacción cuasi masculina. En la actualidad hay que incluir la reacción cuasi masculina del feminismo militante, así como la reacción cuasi femenina del movimiento gay, ambos reaccionan de acuerdo a un modelo medial y androgínico.

Pienso pues que la ‘fratria’ como coligación de fratrías ofrece un arquetipo radical que reaparece físicamente en la naturaleza como atracción o cohesión de lo real en su expansión, antropológicamente como aferencia de sentido y culturalmente como alma o ánima del mundo.

El filósofo Martin Heidegger pudo hablar al respecto del ser de los seres como matriz y logos de lo real, así pues como coimplicación de los entes en su junción o juntura. A nivel metapsicológico llamamos a dicha juntura la conjunción o conjugación de los contrarios, la cópula del ser, la urdimbre que entrelaza los seres, el hermanamiento de la realidad. En este sentido, la ‘fratria’ internacional debería ser la ONU, como ámbito de las naciones unidas y no solo reunidas, al modo como nuestra ‘fratria’ cultural es el español como lengua común con sus diferentes matices, la universidad es la ‘fratria’ como ‘alma máter’ de las fratrías, la sanidad es la ‘fratria’ terapéutica de los enfermos reactivos. La propia red o internet es también un símbolo de la ‘fratria’ como interlenguaje mediador o mezclador; incluso el fútbol representa una ‘fratria’ de fratrías en torno al círculo del balón encuadrado en un rectángulo. Ahora bien, la auténtica ‘fratria’ es nuestra ‘eutopía’, y responde a la ‘dualéctica’ generalizada entre atracción y reacción, trasfondo matriarcal-femenino y respuesta patriarcal-masculina.

Mientras tanto olvidamos hoy que la religación de fondo es sagrada, como señaló Durkheim, por eso la ‘fratria’ obtiene un trasfondo religioso, siquiera secular o secularizado. En efecto, el auténtico espíritu de la ‘fratria’ toma conciencia en el amor y el dolor universal, en la vida y la muerte común, a modo de condensación simbólica y real. A partir de aquí la ‘fratria’ puede entenderse como una iglesia laica universal, cuyo tótem de identidad es la persona universalizable (como quiere Kant). Una tal iglesia ecuménica sería una logia o logos cuasi femenino, capaz de albergar y transformar la vieja verdad masculina y su razón patriarcal, en nombre ahora del sentido interpersonal e interhumano. Pues no se trata de tener la razón o poseer la verdad dogmáticamente, sino de obtener sentido relacional.

La democracia de partidos (enteros) debe en consecuencia revertir en una ‘fratria’ de fratrías abiertas y no cerradas al bien común. Basadas no solo en el consenso tradicional abstractoide, sino en el libre consentimiento interpersonal e intercultural, es decir, en la verdad-sentido y en la razón encarnada intersubjetivamente. Por eso la ‘fratria’ clásica está presidida por el fratriarca Hermes, el dios del ágora democrática.

La ‘fratria’ es el ámbito abierto del sentido consentido críticamente. Caminante, no hay camino, se hace camino al sentir: sentir-con o con-sentir. Lo cual no encamina hacia el mero sentimentalismo y el idealismo buenista, sino hacia la razón afectiva y compasiva del hombre por el hombre en un mundo global y local (y a menudo simplemente loco).

Andrés Ortiz-Osés, filósofo.

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