A favor de las causas perdidas

Molinos de viento en Campo de Criptana, España Credit Pierre-Philippe Marcou/Agence France-Presse — Getty Images

Justo después de la rápida y devastadora derrota de España ante Estados Unidos en 1898, el filósofo español Miguel de Unamuno (1864-1936) resucitó al santo patrono español de las causas perdidas, don Quijote de la Mancha. Era adecuado que Unamuno eligiera como héroe de España a su tío loco, el caballero andante ficticio de Cervantes, un personaje que sabía mucho de derrotas rápidas y devastadoras.

Aunque es técnicamente cierto que el Quijote perdió su batalla final —eso lo llevó a recuperar la cordura antes de morir— es más querido por su locura, por “hacer batalla contra los gigantes” molinos de viento, por soñar sueños imposibles. Incluso Unamuno, quien antes de la guerra celebraba la conversión del Quijote a la cordura en su lecho de muerte, luego se arrepintió. La guerra llevó a Unamuno a darse cuenta de que, en tiempos de desesperanza, la locura quijotesca podría salvar a la gente de la parálisis que a menudo acompaña al derrotismo.

Durante el resto de su vida, Unamuno pidió a sus compatriotas españoles practicar el quijotismo, que significaba adoptar el valor moral necesario para luchar por causas perdidas sin darle importancia a lo que pensara el resto del mundo. Hoy en día, cuando gran parte de la sociedad y la política es considerada una causa perdida por una enorme cantidad de personas, podría ser bueno que tomáramos en cuenta el tipo de locura del Quijote.
Abandonar su sensatez, o más bien su sentido común, le dio al Quijote la libertad para involucrarse en tareas fútiles como atacar molinos de viento. En la escena más famosa del libro, Sancho Panza le advierte al Quijote que el gigante que desea atacar solo es un molino de viento y, como tal, debe dejarse en paz. El sentido común de Sancho le dice que las batallas que seguro se perderán no son dignas de emprenderse. Sin embargo, es ese mismo sentido común lo que constantemente impide que Sancho se comprometa con el mundo; de igual manera, impide que nosotros nos comprometamos con las que quizá son las causas más dignas: las perdidas.

Unamuno creía que no era el Quijote, sino Sancho, quien no veía la realidad, firme en su creencia de que no vale la pena luchar contra los molinos de viento y, en general, que las batallas que no pueden ganarse no son dignas de acometerse. El resultado de este tipo de pensamiento por lo general será la parálisis, ya que la mayoría de los enemigos son del tamaño de molinos de viento y no del de un humano. Sancho creía que combatir molinos de viento era peligroso. Hoy podríamos considerarlo solo una pérdida de tiempo y, como el sentido común también nos dice que el tiempo es dinero, más nos vale mantenernos alejados de cualquier cosa que no produzca ganancias.

De acuerdo con lo señalado por el teórico de la política Joshua Dienstag en su libro Pessimism, publicado en 2006, haber perdido el sentido común le ofreció al Quijote una medida más significativa para decidir cuáles batallas vale la pena pelear. El Quijote no atacó el molino de viento porque creyera que iba a derrotarlo, sino porque concluyó que era lo correcto. Igualmente, si queremos ser agentes legítimos en el mundo, Unamuno diría que debemos estar dispuestos a perder la batalla. Si abandonamos la creencia basada en el sentido común de que solo las batallas que pueden ganarse son dignas de emprenderse, podemos adoptar el “valor moral” de Unamuno y convertirnos en pesimistas quijotescos: pesimistas porque reconocemos que nuestras probabilidades de perder son bastante altas, y quijotescos porque de todas formas luchamos. Así, el pesimismo quijotesco está marcado por negarse a dejar que las probabilidades de éxito determinen el valor de la pelea.

Según la interpretación marxista que Unamuno hizo en torno a la escena de los molinos de viento, el Quijote reconoce que, aunque parezcan inofensivos, los “gigantes de brazos largos” mantenían al pueblo lo suficientemente satisfecho y distraído para olvidar su opresión a manos de las modernas fábricas de pan. Unamuno se quejaba de que en lugar de preguntarse si a la larga beneficiarían a los pueblos que invadían, los pobladores terminaban por rendir “culto y veneración al vapor y a la electricidad”.

Los molinos de viento contemporáneos podrían verse como un pequeño poblado donde se abre un Walmart, o como párvulos de jardín de niños que reciben iPads gratis. El sentido común nos falla de dos maneras: la primera y más usual es hacernos creer ciegamente que la tecnología es equivalente al progreso; la segunda es que, aun cuando la gente reconoce el daño potencial a la comunidad, por lo general piensa que no puede oponer resistencia. El sentido común lo considera una pérdida de tiempo y energía. El Quijote rechaza este cálculo, y en cambio favorece su medición moral para decidir a quién y qué combatir.

Liberado de esa manera, el Quijote está abierto a pelear por causas perdidas… y en efecto perder.

Advertencia: el pesimismo quijotesco no se verá bien en público. Si eliges esta vida, Unamuno dice que enfrentarás la desconfianza, el juicio y el ridículo. Escribe que el valor moral se enfrenta, más que al daño corporal, a la pérdida de la fortuna o al descrédito, “a arrostrar el ridículo”, que uno sea visto como loco o tonto. En el contexto de la vida real, el pesimismo quijotesco se parecería a ser derrotado constantemente en público, y necesitaríamos valor moral para aceptarlo. La gente se reiría de nosotros como lo hace de don Quijote. La gente se burlaría de nuestra decisión de combatir a las máquinas, pero debemos hacerlo, no para ganar ni para impresionar. Algún día nos acostumbraremos a ignorar las críticas de nuestros colegas y amigos más cuerdos, quienes parecen seguir el adagio que reza: “Si no puedes contra ellos, úneteles”.

Cultivar el valor moral significa aprender a desviar nuestra atención de quienes se enredan en las críticas y dirigirlo hacia nuestro propio juicio de lo que vale la pena, basados en nuestras reflexiones sobre el mundo donde querríamos vivir y el tipo de personas que nos gustaría ser. Cabe señalar que don Quijote enloqueció por leer libros, y este es precisamente el tipo de loco al que Unamuno apoyó. Quizá no seamos capaces de mejorar el mundo, pero al menos podemos negarnos a cooperar con uno corrupto.

Unamuno se opuso quijotescamente a la dictadura de Miguel Primo de Rivera, pues lo criticó a él y a sus defensores públicamente. Como consecuencia, lo destituyeron de su cargo como rector de la Universidad de Salamanca en 1924 y lo exiliaron a la isla de Fuerteventura. Después de seis meses se escapó a Francia, donde declaró que no regresaría a España sino hasta que Rivera cayera o muriera. Ambas sucedieron seis años después, en 1930. Unamuno regresó a España, pero pronto se convirtió en un crítico abierto de Francisco Franco, quien también lo retiró de su cargo universitario y lo puso bajo arresto domiciliario. En 1936, Unamuno murió ahí a los 72 años, en su hogar, como el Quijote; pero a diferencia de este, sin haber recobrado su cordura.

Tres siglos antes de Unamuno, Cervantes detalló una vida que celebra la resistencia fútil a un mundo corrupto. El Quijote luchaba contra gigantes porque no podía dejar de hacerlo sin que le remordiera la conciencia. Podemos transformarnos de manera similar en pesimistas quijotescos —del tipo a los que llaman soñadores, idealistas o locos— leyendo más, rechazando el sentido común y reinterpretando qué es lo que constituye una pérdida de tiempo. Si tenemos éxito según los estándares mundanos, tal vez nos sorprenderemos de forma agradable; si fallamos, es lo que habremos esperado. Alabados sean por igual los éxitos inesperados y las derrotas certeras.

Mariana Alessandri is an assistant professor of philosophy at the University of Texas Rio Grande Valley.

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