A la conquista del horizonte europeo

Tras una generación, España ha percibido las sombras de ser miembro de la Unión Europea. Pese a ello, una mayoría de españoles aún pensamos que nuestra pertenencia al proyecto europeo ha sido beneficiosa. Si hace tres décadas España era un país con una democracia joven, una economía poco avanzada, escasas infraestructuras y una exigua internacionalización, hoy la situación es muy distinta.

España firmaba su adhesión a la Comunidad Económica Europea, predecesora de la Unión, en junio de 1985, abriéndose un futuro que se veía con ilusión y escepticismo; aunque se entraba en el club de los países más avanzados del Viejo Continente, aún se desconocían los beneficios concretos. Para el incipiente sistema español de ciencia, tecnología e innovación, Europa era una vía de acceso a centros de investigación punteros a nivel mundial, universidades prestigiosas o empresas cuyos niveles de inversión en investigación, desarrollo e innovación eran impensables en nuestro país. Un sueño, teniendo en cuenta que a mediados de los ochenta contábamos con escasa tradición científica, tecnología muy limitada y una capacidad innovadora casi testimonial.

Un año después de firmar la adhesión, España aprobaba su primera ley de la ciencia. Desde entonces han confluido los factores necesarios para el despegue de la investigación en nuestro país: la incorporación de científicos a puestos decisivos, la creación de organismos de evaluación y financiación según criterios internacionales o los deseos generalizados de cambiar las cosas.

Dos años antes de nuestra entrada, en 1984, Europa había inaugurado su iniciativa para el fomento y apoyo a la investigación y la innovación, el Programa Marco. Un programa en el que apenas participamos durante los primeros años, aunque tras el lógico periodo de aprendizaje se fue mejorando. Durante los noventa, los recursos que lograban nuestras entidades –centros de investigación, universidades, empresas, hospitales o centros tecnológicos– en las distintas convocatorias suponían entre el 4,5% y el 6,5% de los fondos de los programas marco, mientras que en el primer lustro del siglo XXI los retornos conseguidos mejoraron hasta situarse entre el 6% y el 7%.

Pese a la mejoría, aún estábamos lejos de nuestra contribución a la Unión Europea, que se establece por el peso del PIB en el conjunto y que en el caso de España se sitúa entre el 8% y el 9%. El objetivo debía ser, por tanto, alcanzar esas cotas. El último año del Séptimo Programa Marco, 2013, las entidades españolas lograron retornar un 9,1%, lo que nos permitía abandonar la condición de contribuyente neto en investigación e innovación. Además, el sistema de I+D+i demostraba su capacidad para competir con los mejores.

El actual programa, Horizonte 2020, iniciaba su andadura en 2014 con cerca de 80.000 millones de euros de presupuesto. Participamos en las negociaciones desde el principio, que resultaron fructíferas para los intereses españoles, alineamos nuestro sistema al europeo y aprobamos una serie de medidas de apoyo a la participación, lo que nos permitió establecer un objetivo ambicioso: retornar el 9,5% de los fondos competitivos, liderar al menos el 10% de los proyectos y aumentar el número de beneficiarios en un 15%.

De momento hemos cumplido. En 2014 nuestros investigadores y tecnólogos han conseguido más de 550 millones de euros –el 9,5% de la UE-28–, los proyectos liderados suponen el 15,8% del total y hemos incrementado la participación en un 17%. Los resultados obtenidos nos dejan en el quinto puesto, muy cerca de Países Bajos (apenas nos separan tres millones de euros) y, por primera vez, por encima de Italia. Los proyectos y ayudas que han recibido nuestras entidades evidencian la calidad de nuestro sistema de I+D+i, capaz de colaborar y competir con los mejores centros de investigación, las universidades más prestigiosas o las empresas más potentes del continente.

Nuestras pequeñas y medianas empresas han sido las que más proyectos han conseguido en el instrumento PYME. En áreas como energía, nanotecnología, materiales, biotecnología o fabricación somos una potencia continental, mientras que en otras de vital importancia, como la salud, el crecimiento ha sido exponencial. Además, hemos mejorado a la hora de conseguir ayudas del Consejo Europeo de Investigación o de las acciones Marie Curie. En definitiva, este primer año ha sido un éxito que refleja la buena ciencia que se hace en este país y la capacidad tecnológica de nuestras empresas. No es casualidad que seamos la décima potencia mundial en producción científica, la octava si nos fijamos en el impacto y la calidad de las publicaciones.

Nuestra entrada en la Unión Europea ha sido fundamental para modernizar el país, y nuestra actitud debe ser la de potenciar y fortalecer ese vínculo. Para nuestra ciencia e innovación Europa es un inmejorable marco de actuación en el que nuestros investigadores y tecnólogos son capaces de competir con muchos de los mejores del mundo en sus áreas, por lo que Horizonte 2020 representa una gran oportunidad que nuestros centros de investigación, universidades, empresas, hospitales o centros tecnológicos no pueden dejar pasar. En juego hay muchos recursos y la oportunidad de hacer ciencia con mayúsculas en colaboración con los mejores del continente.

Carmen Vela Olmo, secretaria de Estado de I+D+I.

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