¿A la DUI con el 30%?

Estos días parecemos instalados en arenas movedizas. La situación política ha dado un vuelco sorprendente desde el domingo. Cuando las fuerzas policiales cargaron contra los montones de ciudadanos pacíficos que se congregaban ante los puntos de votación, se generó una espiral de solidaridad dentro y fuera del país que, por unos momentos, dio la idea de que la consulta planteada por la Generalitat sería un gran éxito de participación.

Esta expectativa de movilización mayoritaria se desvaneció cuando, entrada la noche, los responsables del Govern hicieron públicos los datos del recuento. A pesar de las deficiencias, derivadas de la misma convocatoria y de la acción indiscriminada de Policía y Guardia Civil, el mismo Govern de la Generalitat admitía que no se había alcanzado una participación mayoritaria. Habían comparecido ante las urnas 2.262.424 votantes, de los que nueve de cada diez habían optado por el sí. No se había producido la movilización masiva que reclamaban los independentistas, y que la acción policial pareció, efímeramente, facilitar.

Como ocurrió la misma noche del 27-S, una vez conocidos los resultados de las elecciones “plebiscitarias”, los portavoces independentistas se apresuraron a celebrar el éxito de la convocatoria. Pero, como también pasó entonces, la cortedad del resultado pesa como una losa sobre su margen de actuación.

El 1-O vuelve a poner de manifiesto que los independentistas siguen siendo dos millones, un segmento importante, extraordinario, pero no mayoritario. Además, no es un grupo homogéneo, o al menos no a la hora de dar el siguiente paso, definido en la ley del referéndum, la DUI. Según los datos del sondeo del CEO de julio, el 24% de los que tenían intención de votar ‘sí’ el 1-O lo hacían para presionar al Gobierno central en una futura negociación. Esto dejaría a los posibles partidarios de la DUI en 1,5 millones, solo un 30% de todo el censo.

Esta cifra es la que explica todo lo que ha pasado desde el domingo, las dudas en el Govern, la posición cerrada del Gobierno e incluso el tono del Rey en su discurso. Una parte del mundo independentista empieza a ver que ya no hay margen, que se ha tocado techo, y duda. Rajoy, que también lo ve, aprieta y deja a Puigdemont sin pista de aterrizaje. El portazo del Rey resonó en todas partes. O rendición o nada.

Puigdemont tiene que escoger. O sigue adelante con la DUI, contando con un apoyo exiguo, y haciendo frente a unas consecuencias dramáticas para las instituciones del autogobierno y para el país entero (empezando por la Agencia Europea del Medicamento), o firma la rendición total ante el Estado.

A un paso del final se hace evidente el mayúsculo error de cálculo del independentismo. Han acelerado creyendo que así ganarían la mayoría que se les resiste desde hace tres años y ahora se encuentran al borde del precipicio con las mismas fuerzas con las que comenzaron la carrera. O con menos. Y sin margen. Es por eso que precisamente ahora florecen las propuestas de mediación, como una manera de poder salvar lo que se pueda antes de perderlo todo.

Oriol Bartomeus, analista político.

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