A la espera de una Derecha en pie

«Lo que domina a la derecha es la idea de continuidad. Y aquí toca la derecha algo esencial en las sociedades. No existe sociedad ni civilización, ni estado humano digno de este nombre, sin continuidad. La continuidad es el valor básico, el valor de fondo, el primer valor de las sociedades civilizadas». Las palabras del intelectual católico Jean de Fabrègues se pronunciaron cuando, superada ya la catástrofe de la Segunda Guerra Mundial, Europa comenzaba a recuperar su aliento vital y su autoestima. A finales de los años cincuenta del siglo XX, tras las experiencias de Berlín y Budapest, de Praga y Argelia, un puñado escaso de escritores tuvo el suficiente coraje y el elemental sentido de la decencia para reivindicar los valores de nuestra civilización.

Pasadas aquellas décadas infames en que la persona fue reducida a mera circunstancia de una historia inapelable, la condición humana volvió a ocupar el lugar central de la reflexión sobre el universo. La brutalidad de las revoluciones, hechas en nombre de una oscura voluntad de futuro, había devuelto su prestigio a una tradición definida por su inflexible defensa de la dignidad del hombre, de la justicia social, de la pacífica convivencia, de los límites tajantes de la autoridad, del gobierno representativo y responsable. Aprendidas en un largo proceso histórico, viejas virtudes cívicas renovaban el vigor de una cultura mancillada por la locura de los totalitarismos. Los europeos recuperaban una herencia sagrada en la que habían descubierto constantemente las razones de su identidad cultural. Era el humanismo universalista que había definido Occidente sobre la base del pensamiento clásico, el cristianismo y la Ilustración. Siempre sometido a la dura prueba a la que la condición humana somete a los ideales; ultrajado, a veces, por la corrupción; descuidado, en otras, por la frivolidad de los gobernantes. Apagado, en demasiados tramos de nuestro pasado, por las crisis de fe y el escepticismo burlón, el credo humanista siempre había estado allí, en el rincón más hondo de nuestra conciencia, resistiendo y fortaleciéndose en los años difíciles, afirmándose como nuestra forma de ser y entender el mundo.

A mediados del siglo XX, esos principios continuaban siendo impugnados por quienes soñaban con subvertir el orden tradicional. La experiencia revolucionaria de la primera posguerra mundial fue mucho más que un proyecto político. Abolió la primacía de los valores sobre los que se habían edificado dos mil años de historia. No quiso mejorarlos ni pretendió acabar con su imperfecta aplicación. Negó su naturaleza, determinó su caducidad, pretendió «quitarlos de en medio del tiempo». Como había tratado de hacer Fernando VII con la Constitución de Cádiz. Como si nunca hubieran existido; como si nada tuvieran que ver con nosotros. Como si toda una tradición que al hombre le había dado libertad, significado y trascendencia a lo largo de los siglos pudiera arrojarse al fuego exterminador de una hoguera amoral.

Habrá que recordarlo a quienes ahora pretendan aprovechar el vacío ideológico de nuestro tiempo, a quienes pretendan aparecer ahora como ingenuos portavoces de una inquietud por la suerte de los ciudadanos. Durante demasiados años, la izquierda no hizo más que recoger la infame concepción de la sociedad cocinada en los paraísos artificiales de una revolución fracasada. Buena parte del siglo XX tuvo que aguantar su furibundo desprecio por nuestra idea de civilización, referida al conjunto de valores mediante los que comprendemos y afirmamos la existencia del hombre.

La destrucción de esos valores explica la experiencia totalitaria y nuestra debilidad de hoy, cuando la reconstrucción de una Europa en crisis exige mucho más que un ajuste de cuentas en nuestros balances financieros. Durante demasiado tiempo, la derecha ha escondido su carácter y se ha sometido a los dictámenes que la izquierda ha elaborado para caricaturizarla. De este modo, parece haber arraigado la idea de que lo que distingue a la izquierda es la defensa de la igualdad, la atención a la pobreza, la compasión por los débiles, el repudio del egoísmo de los más afortunados, la tolerancia por las opiniones ajenas y la exigente protección de la libertad de todos. Y que, lógicamente, lo que caracteriza a la derecha es todo lo contrario: la indiferencia ante la injusticia –o el deseo de provocarla en beneficio de unos pocos–, la corrupción en la gestión pública, el anacronismo ideológico, el autoritarismo, la despreocupación por quienes sufren y, desde luego, su recelo fundamental ante el perfeccionamiento de la democracia.

Bastaría con leer la historia del pasado siglo para atestiguar el grado de desfachatez y de falta de sentido del ridículo que presupone semejante distinción entre la izquierda y la derecha. Pero debería también considerarse si a la derecha no habrá que responsabilizarla por ese pertinaz silencio que ha decidido establecer en el terreno de los principios. ¿No debería darse una batalla política, respetuosa con el adversario, pero firme en sus propósitos, que devuelva a la derecha su lugar? ¿Ha considerado la derecha que su prestigio tiene que ser ideológico y no meramente tecnocrático? ¿Ha pensado que ha de empuñar, como su razón de ser, la defensa de aquella concepción de la sociedad, protegida del viento del totalitarismo y la marea de sus intelectuales cómplices, con la que Europa fue capaz de recuperar su significado cultural?

La derecha debe hacer de su eficacia gestora una parte del proyecto más amplio en que se mueve su tradición. Ese proyecto fue el de permitir que Occidente recuperara su sentido histórico en el que la libertad, la igualdad y la justicia social se defendían con uñas y dientes frente a quienes habían deseado abolirlas. Ese proyecto fue la caridad, el respeto profundo por nuestros semejantes, el considerar que la miseria de algunos nos embrutecía a todos. Ese proyecto fue un humanismo reiterado y perfeccionado durante siglos, puesto en la proa de nuestra navegación hacia el futuro. Otros se dejaron engañar por promesas, corregidas, a finales del siglo XX, a costa de graves sufrimientos por los que nadie en la izquierda solicitó perdón. La derecha solo tiene que ser fiel a unos principios que levantó luchando precisamente contra tales experimentos.

Ala derecha corresponde liderar la salida de esta crisis llevando en sus manos algo más que balances equilibrados y saneamiento financiero. A la derecha corresponde proclamar que la lucha contra el paro, la pobreza y la marginación procede de una idea del hombre que ella supo enunciar y amparar durante decenios. Que no es solo un ajuste técnico, sino el cumplimiento de una obligación moral identificada con una tradición irrenunciable. Esa derecha es la que tiene la obligación y la posibilidad de reivindicarse. A la sombra de una derecha que recupere la dignidad de su lugar en la historia, lejos de los absurdos complejos que ciegan su actualidad, podremos reconstruir el verdadero carácter de la política. Este no es solo el que ofrece destreza de gestión y lucidez administrativa. Es, sobre todo, el que deriva de un profundo sentido de la responsabilidad moral, de la lealtad a unos valores, de la voluntad de preservarlos. Porque así, y de ninguna otra manera, se representa a la nación que los encarna.

Fernando García de Cortázar, director de la Fundación Dos de Mayo, Nación y Libertad.

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