A la muerte de Xabier Arzalluz

En estos días los medios de comunicación y redes sociales del País Vasco se han colmado de hagiografías y panegíricos sobre Xabier Arzalluz, muerto a sus 86 años, con toda clase de loas que intentan agigantar su figura y presentarlo como si fuera el gran iluminador de la sociedad vasca y de su tiempo.

La Historia, sin embargo, no le depara un buen lugar si empezamos por recordar que Arzalluz, presidente del Partido Nacionalista Vasco desde 1980 hasta 2004, confesó la relación de complementariedad de su partido con el terrorismo: “Unos sacuden el árbol y otros recogen las nueces”. El mismo tormento realizado desde dos puntos de vista diferentes, unos matando y otros apoderándose de las instituciones. Muy funcional reparto de papeles. Víctima de esos designios, la sociedad vasca quedó deformada desde hace mucho tiempo, y su futuro sigue torcido.

Con Arzalluz, el mantra del autogobierno del País Vasco, su hecho diferencial y sus derechos históricos, quedó vinculado durante décadas a la persecución y eliminación de la oposición política al nacionalismo mediante un terrorismo muy extenso en el tiempo que desestabilizó y amenazó la democracia en España nacida con la Constitución de 1978, y que se ensañó de un modo atroz con los vascos y navarros disidentes, con los militares y fuerzas de orden público, con jueces, empresarios, periodistas y muchos otros colectivos.

Arzalluz tenía antecedentes carlistas y, hombre del siglo XX, estudió y trabajó en Alemania. Lo que siguió en el País Vasco fue nazismo a cámara lenta. Además de numerosos asesinatos masivos, sobre todo los asesinatos por goteo a lo largo de mucho tiempo, destruyeron la discrepancia y asediaron la democracia. Barrieron todo el espectro político y social vasco. Laminaron a la oposición mediante el crimen continuado. Fueron muy eficientes al cabo de tantos años. Propalaron el miedo, retorcieron el lenguaje y doblegaron conductas. Y provocaron, mediante la extensión prolongada de la amenaza, el éxodo del País Vasco de miles de familias mientras Arzalluz predicaba “Ancha es Castilla”. Fue un gran utilitarista.

Ahora que ha muerto, el nacionalismo parece hegemónico en el País Vasco, y de ahí vienen los aplausos a Arzalluz. Sus herederos lo tienen todo. Detentan el poder político y el control social y económico sobre un panorama donde homogeneizaron a tiros las percepciones y las conductas políticas de la población. El nacionalismo vasco triunfó en su territorio, y apenas hay voces discrepantes cuando ya casi no se recuerda cómo sucedieron los asesinatos y la fuga de los disidentes y de los extorsionados, ni cómo sufrió la democracia en España y quedó masacrada en el País Vasco. El terrorismo de ETA duró hasta 2011, y uno de sus efectos diferidos ha sido la volatilización de las conciencias y de los partidos constitucionalistas en el País Vasco.

El tormento vasco no es nuevo ni diferente a otros. Así pasó también en diversos lugares arruinados de Europa, donde hay varias sociedades esterilizadas por los nacionalismos que las cubrieron bajo sus sombras. También sucedió en varias ocasiones en España antes de la Constitución de 1978, pero a partir de ese momento todas las persecuciones cesaron excepto en el rincón del País Vasco.

Con los homenajes a Arzalluz, la grandilocuencia nacionalista ha alcanzado un nivel alto, aunque la realidad de la comunidad autónoma sigue otro curso diferente del que prefieren no hablar. Algo está sucediendo que hace pensar que tras la muerte de Arzalluz el nacionalismo vasco no se va a salvar ni por el paso de la Historia ni por el espacio mal adquirido que ocupa, ni tampoco por la hegemonía que hasta ahora ostenta. Y algo de esto tuvo que observar él en sus últimos años, si la cabeza no le falló.

La clave está en las tendencias de población, lentas pero inexorables. A falta aún de los datos sobre el año 2018 del Instituto Vasco de Estadística, en 2017 el 23% de los nacidos en el País Vasco lo fueron de madres extranjeras (31% en Guipúzcoa), y la población sigue envejeciendo y disminuyendo. Algo viene pasando que hace de Euskadi una sociedad fallida y que no se renueva. Para 2018 el Parlamento de Vitoria aprobó un plan de fomento de la natalidad dotado con 500 millones de euros, que ha sido repetido para 2019. Pero los datos siguen cayendo y disolviendo la sustancia del nacionalismo por dentro, si su raza no se sostiene la historia del nacionalismo vasco deja de ser contada.

Visto en perspectiva, y en eso influyó mucho Xabier Arzalluz, los nacionalistas vascos confundieron la raza y el poder con un plan industrial sádico. En la mística racial y lingüística que encarnó el recién fallecido, primero intentaron eliminar mediante el crimen las impurezas de la raza y de la mente vasca que él y sus complementarios definieron a su antojo. Aceleraron los asesinatos a medida que se acercaban al autogobierno. Llegaron al paroxismo entre 1978 y 1980. A partir de entonces, cuando empezó la presidencia en el PNV de Arzalluz, que parecía un Mesías iluminado, empuñaron el poder y estabilizaron la velocidad de crucero del crimen. Tenían ya su Gobierno y, siguiendo su pacto original de sacudir el árbol y recoger las nueces, maceraron durante décadas la sociedad vasca alternando día a día amenazas y asesinatos con reclamaciones de mayores competencias. Nunca estaban satisfechos, la sangre nunca bastaba y el poder siempre les resultaba insuficiente. Como decía uno de sus complementarios, bardo de los que sacudían el árbol, se trataba de “amasar la patria con sangre”. Y creían que al final con la autodeterminación ya les llegaría la grandeza.

Arzalluz ha muerto pero la redención vasca no llega. Algo falló en la historia prometida. La gloria se retrasa, y en cambio el resultado del estancamiento vasco está servido. Muchos emigramos, nuestros hijos se criaron fuera, y el tiempo no vuelve. La barrera de entrada para formar parte de la sociedad vasca es elevada, y si hay ascensor social se trata de una cabina nacionalista, lo que no resulta atractivo. Las oportunidades están más bien en otros lugares. Y la población se extranjeriza de un modo consistente y acelerado, que arrincona y diluye a los adictos al nacionalismo. Eso es lo más difícil de evitar, no lo pueden impedir, y la autodeterminación sólo agravaría esa trayectoria. Y es lo que más temen, porque la historia que venían contando necesita de oídos fieles a la raza. Ése es el reverso de Arzalluz. Su parábola, una profunda regresión. Ésas son las consecuencias funestas de la longeva identificación del nacionalismo vasco con Arzalluz.

A su muerte, recuérdese su aire de cacique antiguo, enfadado y pendenciero, dominador de su sociedad cerrada y amante de las conductas inducidas por el miedo. Descanse en paz. Goian bego.

Fernando Múgica es abogado.

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