A la sociedad: «Han matado a mi hija y no sé qué hacer»

Por Angeles Pedraza, vicepresidenta de la Asociación de Víctimas del Terrorismo, AVT (EL MUNDO, 11/06/08):

Mi nombre es Angeles Pedraza. Cuando el 11 de marzo de 2004 llegué a casa al final del que sin duda ha sido el peor día de mi vida, sólo pude sentarme y escribir en el ordenador: «Han matado a mi hija y no sé qué hacer».

Recibí repuestas de muchas partes del mundo. Más de cuatro años después, vuelvo a sentir la misma necesidad de aquel día. En esta ocasión, en vez de en el ordenador escribo en las páginas de un periódico y, en vez de lanzar mi petición de auxilio al ciberespacio, os la lanzo a vosotros, a la sociedad española, a todos los que me estáis leyendo: han matado a mi hija y no sé qué hacer.

Cuatro años después y sigo sin saber quién decidió que la vida de mi hija Miryam terminara aquella mañana maldita junto con la de otras 190 personas.

Alguien me dejó para siempre con la duda de si supe decirle a mi hija lo que la quería, lo que la necesitaba, de si supe demostrarle lo mucho que significaba para mí. Nuestra historia en común debería haberla interrumpido mi muerte, no la suya. Pero alguien decidió que no fuera así. Y la perdí en el mejor momento, con una sencilla despedida, como la de cualquier otro día, como si todavía nos quedaran muchos ratos juntas por delante. Sin saber que la próxima vez que la besara estaría fría como el mármol. De haberlo sabido la habría abrazado tan fuerte… de haberlo sabido le habría dicho tantas cosas, todas ésas que por darse por sabidas nunca se pronuncian… Pero alguien quiso que el silencio reinara en mi vida desde aquella mañana.

Yo tenía puesta mi fe en el sistema judicial. Pensaba que, para honrar la memoria de todas las personas inocentes asesinadas y heridas el 11 de marzo de 2004, todos los engranajes del Estado se pondrían en marcha. Que los culpables de idear y ejecutar aquella monstruosidad quedarían al menos apartados del resto de la sociedad, que responderían por lo que hicieron.

Pero no ha sido así.

La sentencia del juicio celebrado hasta la fecha desecha la autoría intelectual propuesta por la Fiscalía. Es decir, que no sabemos quién fue.

Quién arrebató tantas vidas y sembró tanto dolor en aquellas estaciones de tren. Porque para mí, es tanto o más culpable el que idea los asesinatos que el que los ejecuta.

Tras esa sentencia yo esperaba un clamor popular. Soy española, andaluza para más señas, y sé que el pueblo español es por encima de todo solidario.

Sé que el pueblo español es, «en el buen sentido de la palabra, bueno».

Esperaba un grito preguntando «¿Quién ha sido?» por cada calle, por cada plaza. Y sólo he encontrado el silencio. El silencio y mi desesperación.

¿Es posible que la sociedad española, que todos vosotros, los que estáis leyendo estas líneas, os resignéis a no conocer al culpable?

¿Es posible que quien ideara la muerte de Miryam pueda en el futuro sentar en sus rodillas a unos nietos que yo, porque él lo quiso así, ya no tendré?

Lo he pensado mucho y, finalmente, me he decidido a escribiros. Porque he llegado a la conclusión de que en realidad ha sido el veneno de la política el que nos ha paralizado, el que ha paralizado a España entera. Nos han hecho creer que el posicionamiento con respecto al 11-M es, a la vez, un posicionamiento de valores. Pero os han engañado.

El valor es el de la vida, el del amor que muchas personas sentían por aquellos que quedaron destrozados en un segundo. Y en defensa de esos valores, hay gente de todas las tendencias políticas. Y viceversa: hay también quienes anteponen el poder a cualquier otra cosa en todas las tendencias políticas.

Cualquiera de vosotros, ciudadanos, sea cual sea vuestra tendencia política, vuestro color, sois inocentes de los atentados del 11 de Marzo. Y quien lo ideó, sea cual sea su tendencia política o su color, es culpable. Eso es lo que importa.

He sentido decepción y, por qué no decirlo, en ocasiones hasta asco por ciertos miembros de todos los aparatos del Estado que han manipulado y mentido sin decoro. Y también he sentido decepción y asco por muchos políticos, de todos los partidos sin excepción, que han intentado utilizarnos a las víctimas para sus propios fines.

Pero también he conocido a quienes han antepuesto la verdad y la Justicia a sus propios intereses particulares. Y gracias a que también he visto esa cara noble del ser humano, tengo que deciros que todavía creo en vosotros.

Creo en la sociedad española, creo que me ayudaréis, que nos ayudareis a todas las víctimas a recuperar aunque sólo sea una pequeña parte de la paz que nos arrebataron unos asesinos y sus inspiradores.

Sé que el camino de la verdad será largo. Y necesito que me acompañéis.

Necesito que, todos juntos, dejemos de lado la política y sus intereses y nos guiemos tan sólo por la búsqueda de la Justicia. No penséis que conozco el camino; ya os he dicho al principio que no sé qué hacer. Pero sí que sé que no podré morir tranquila sin saber toda la verdad sobre el 11-M y que, paso a paso, no cejaré en mi empeño.

Se lo debo a Miryam. Se lo debo a todas las víctimas. Creo que se lo debemos todos.

De momento, me encuentro a la expectativa de sucesos que tendrán lugar en fechas próximas: el fallo del Tribunal Supremo sobre los recursos presentados a la sentencia de la Audiencia Nacional, el juicio conocido como del ácido bórico y alguna otra cuestión pendiente.

No es un respiro; en mi vida ya no los hay. Pero quiero dejar una puerta abierta a la independencia judicial, porque el día en que definitivamente deje de creer en ella, no sé a qué podré aferrarme.

Después, seguiré adelante con el que se ha convertido en el principal objetivo de mi vida: saber quién decidió que aquella gris mañana de marzo Miryam y otras 190 personas dejaran su vida en los vagones de unos trenes de cercanías.

Me despido de todos vosotros de la misma forma en que empecé, con una petición: por favor, ayudadme. Han matado a mi hija y no sé qué hacer.