A la tercera España

Por Jesús López-Medel, abogado del Estado y diputado del PP por Madrid (EL MUNDO, 21/03/07):

En épocas convulsas resulta especialmente conveniente la reflexión. Los unos -podría escribirse también con h- optan por la espada y el tridente. Los otros, qué le vamos a hacer, los despreciados por los anteriores y (¡qué paradoja!) a quienes se atribuye un «pensamiento débil», creemos que es momento de templar, sosegar y hace una desapasionada meditación de lo que sucede.

Superada la crispación en España de la primera mitad de los 90, provocada por la situación de gran corrupción política, crisis económica, despilfarro y quebrantamiento gravísimo del Estado de Derecho mediante los GAL, nuestro país comenzó una etapa de sosiego y prosperidad. La actitud de humildad del PP a partir de 1996 buscando y facilitando acuerdos sobre temas relevantes propició una calma social que empezó a quebrarse cuando, dos años antes del final de la pasada legislatura, varios hechos evidenciaron en nuestros comportamientos un distanciamiento de lo que nos había llevado al gran éxito del 2000.

Todo se exacerbó con la Guerra de Irak y el apoyo de España a una invasión que, ya entonces, tuve la temeridad de calificar como injusta, desproporcionada y gravemente errónea (algunos no me lo han perdonado). El ambiente de agitación y crispación fue intenso, las fotos de los parlamentarios populares fueron exhibidas como si fuéramos asesinos y resultaron atacadas numerosas sedes de nuestro partido. La actitud del PSOE entonces fue el silencio ante estos graves hechos.

El cruel asesinato cometido por grupos islamistas el 11-M y todo lo acontecido los dos días posteriores hizo que las elecciones del 14 de marzo se celebrasen en un clima de gran tensión, fractura y ambiente muy radicalizado. La victoria socialista, legítima en las urnas, fue cuestionada de modo poco democrático por algunos sectores. Se alimentó la sombra de la sospecha y el resentimiento desde algún sector muy concreto de la derecha. Ésta se encontró a su vez con el resentimiento de sectores de la izquierda que querían aprovechar el momento para volver su rabia hacia un partido que, aun habiendo tenido errores (¿quién no los comete?), era absolutamente constitucional y contaba con gran respaldo social.

El Gobierno se radicalizó (salvo en asuntos económicos), pretendiendo un aislamiento excluyente (algunos de sus dirigentes hablaron en varias ocasiones de un «cordón sanitario» contra el PP) y un desenpolvamiento de hechos muy pretéritos que, aunque merecedores de recuperar su memoria y su justicia, fueron elementos de gran confrontación. A ese ambiente se sumaron los principales periódicos, publicando esquelas de muertos en la Guerra Incivil de hace 70 años, así como emisoras de radio en las que, a modo de trincheras, se daban alas a los mas extremistas.

El radicalismo de los líderes socialistas generó, a su vez, un radicalismo de alguna derecha. Si los primeros se alejaron de postulados moderados, nosotros en ocasiones nos distanciamos de posiciones centristas. Además, salvo la Ley de Dependencia, todo nos parecía mal por sistema. Esto explica por qué, pese a la percepción negativa de la acción del Gobierno por parte de una buena parte de la población, no diese sensación de que desde la oposición nos aprovecháramos para mejorar las expectativas en las encuestas.

Un hecho reciente ha sido detonante del agravamiento de la actual fractura, casi una sima entre los dos principales partidos y sectores sociales. El proceso claramente legítimo de intentar el fin del terrorismo que inició el Gobierno no fue bien gestionado y tras el atentado (con dos muertos) del 30-D (recuérdense las declaraciones poco proféticas de Zapatero del día anterior), no se interrumpió para dar paso a una profunda reflexión, sino que, al contrario, produjo su aceleramiento.

En este contexto se produjo la atenunación de la condena del criminal De Juana Chaos. El Gobierno podía tener razones jurídicas o incluso, con visión de futuro, haber dado este paso de buena fe para tratar de buscar gestos en ETA. Pero, en todo caso, fue una decisión muy alejada del sentir ciudadano, con explicaciones sucesivas y torpes (alegar «razones humanitarias» era un insulto a las víctimas y a la gran mayoría de la ciudadanía), calando una predominante impresión de debilidad gubernamental y de entreguismo del Estado de Derecho.

Tras la importante manifestación en Madrid de hace 10 días y la que se produjo el pasado sábado -buscando el rédito del no a la guerra cuatro años después-, se visualiza cada vez más el enfrentamiento entre dos Españas. Pero España no es propiedad de unos, como los valores de libertad, justicia y democracia no lo son de otros. Las descalificaciones torpes y gravemente despectivas de algunos dirigentes socialistas hacia la masiva manifestación que convocó en Madrid el PP no hacen sino exacerbar a los ofendidos. Con ese desprecio (en parte nosotros lo tuvimos entonces con las manifestaciones de Irak) no sólo se agrede a la gente que ejerce una libertad constitucional, sino también a los que defienden el derecho a expresarse de aquéllos con los que discrepa.

Como ya he señalado, creo sinceramente que hay sectores de la derecha que están en exceso exacerbados, pero también hay que considerar que el Gobierno ha cometido actos que han dado alas, provocando esas reacciones. Cuando se produce este tipo de situaciones, las dos partes tienen algo de culpa, pero especialmente es aquél que ocupa el Gobierno quien tiene la responsabilidad de enfriarlas.

Mientras nosotros, los populares, nos sentimos contentos porque la acción del Ejecutivo facilita que podamos ganar (de modo suficiente es otra cosa, aunque no es tema menor) las próximas elecciones, debemos también volver la vista hacia aquellos sectores de ciudadanos que ven razones en unos y otros, a la vez que se espantan ante los radicalismos y se escandalizan por los insultos cruzados. Especialmente, cuando el tremendo enfrentamiento entre los demócratas tiene por centro la política antiterrorista. También hemos de prestar mayor atención a los que muestran un descontento creciente con el Gobierno, pero que se recelan de nuestra contundencia y nuestro enorme despliegue de símbolos que son de todos. Además, debemos reflexionar acerca de si la necesaria movilización de nuestra gente puede, a su vez, provocar algo que queremos evitar: la movilización de los sectores de izquierda que pretenden, por encima de cualquier otra cosa, que no volvamos a gobernar.

La España distante de unos y otros espera, junto a nuestros gestos y mensajes contundentes contra los aspectos críticables de la acción del Gobierno, ver el talante abierto y constructivo que tuvimos en el periodo 1996-2000 y que nos llevó a obtener una gran confianza ciudadana. Los errores de un Gobierno pueden hacer que gane la oposición pero que no pueda gobernar (el ejemplo es claro en Cataluña). La firmeza en la crítica no es incompatible con mensajes de moderación en determinados asuntos.

Mariano Rajoy está liderando un proyecto que puede hacer posible que, en un año, el Gobierno vuelva a ser para -no de- el PP. Las circunstancias le han llevado necesariamente a que su posición sea enormemente nítida. Pero quien esto escribe -y que no tiene ningún cargo ni relevancia en la dirigencia de Génova, y nulas encomiendas parlamentarias por la dirección del grupo- puede asegurar desde la libertad y la sinceridad y con amplio conocimiento personal que, además del sentido patriótico, Rajoy tiene elevada capacidad al ser una persona de gran moderación, sensatez y sentido de concordia. Es justo lo que necesita este país.

Junto al reforzamiento de la fe de nuestros más fieles y su movilización, tenemos que mirar hacia ese sector de la ciudadanía que, ante la fractura actual, enmudece, calla, se entristece y se pregunta por qué no trabajamos para superar esta situación.

Es cercano el ejemplo francés en el que el gran liderazgo de Nicolás Sarkozy, enfrentado a una atractiva pero poco consistente Ségolène Royal, no impide que una opción netamente centrista siga creciendo mucho en las encuestas. Si el discurso patrio en Francia no le es suficiente al primero, tampoco aquí (ni el argumento simplista de que «hay que echar a Zapatero») nos será suficiente para conseguir una confianza clara de los electores dentro de un año.

En definitiva, además de la crítica firme en aquellos errores graves del Gobierno, el PP necesita aplicarse más para que llegue a la ciudadanía el atractivo programa de gobierno que tiene en lo que afecta a la vida cotidiana de la gente, así como tender puentes con otros grupos políticos con los que en otra época nos entendimos. Pero también, y es fundamental, debemos demostrar que seremos capaces de acercarnos y de atraer a aquella tercera España estupefacta y apenada que pide, sin gritos ni descalificaciones, paz, responsabilidad y sentido común. Mariano Rajoy lo puede representar. Dejemos que él y no el espectro del pasado sea quien dirija a España a un proyecto de futuro integrador, tolerante y en positivo.