A las cinco de la tarde

Mi liberada:

Nada ha tenido en España tan buena prensa como el nacionalismo y, en especial, el nacionalismo catalán. De un modo sostenido. Durante cuatro décadas el nacionalismo ha sido el punto de vista correcto y moderno de las cosas. Ni siquiera la actividad asesina de los terroristas vascos pudo desprestigiarlo. Casi al contrario: como hoy a los islamistas, también a los nacionalistas desarmados se los protegía de las fobias. La idea -sorprendente- es que el nacionalismo era la única cura posible del nacionalismo. En 1984 el diario Abc designó a Jordi Pujol Español del Año, pero eso solo fue la anécdota de una categoría mucho más vasta. Para la derecha contemporánea la alianza con el nacionalismo fue una posibilidad de expiar sus imaginarios pecados guerracivilistas. Sobre la izquierda hay poco que decir: solo queda un izquierdista antinacionalista vivo; aunque se llama Félix Ovejero, en absoluto, y que dios me perdone, E ciò che l’una fa e l’altre fanno. El mainstream socialdemócrata usó el nacionalismo catalán de modo proteico. Si los distinguían amablemente de la derecha era para evidenciar la caspa del PP. Y a los específicos socialdemócratas catalanes la frecuentación nacionalista les sirvió también para lo que el difunto Montalbán atribuía al fanatismo culé: una acotada vía de escape de la sentimentalidad. Last but…, el nacionalismo tenía una influencia determinante en la gestión del 19% del Pib español: era -y es- complicado dejar de hacer negocios con él.

Este punto de vista, abigarrado pero unánime, dominó la opinión pública española durante cuarenta años. Respecto a la puramente catalana la cuestión fue más sencilla. El nacionalismo compró la opinión pública local. Los procedimientos fueron dos. Uno el clásico y directo, sobre el que no vale la pena extenderse; aunque sí subrayar que en los últimos años el nacionalismo ha sufragado un oficio en ruinas. El segundo procedimiento fue más elaborado y no medió necesariamente dinero directo. El nacionalismo permitió a muchos periodistas ser unos rebeldes perfectamente descausados. Madrit fue la coartada infalible de sus pleitesías catalanas. Una sumisión arrogante, en fin, que les permitía ser rebeldes lamiendo la mano que les daba de comer.

A lo largo de los últimos años el nacionalismo catalán ha construido el Proceso: la operación de posverdad -como en Trump solo es xenofobia- más impresionante de los recientes años europeos. Hubiera sido imposible sin la implicación activa del periodismo. Por un lado se dio la unanimidad local en el fanatismo. Su símbolo fue el llamado editorial conjunto, del 25 de noviembre de 2009, que publicaron 12 periódicos catalanes -liderados por La Vanguardia y El Periódico– y que redactaron el notario Burniol y el periodista Juliana. La intención era influir en el Tribunal Constitucional para que aceptara, al margen de lo que la ley dijera -don José Montilla y el editorial son los pioneros del desacato catalán-, el texto del Estatuto aprobado en referéndum. El panfleto se llamaba La dignidad de Catalunya, uno de esos títulos que basta apretar como un grano. Al fanatismo se añadió el imprescindible aliado de la equidistancia. Hace pocas semanas un hecho sensacional alteró las relaciones entre la Prensa y el Proceso y fue que el diario El País empezó a producir editoriales sobre el asunto que ya no incluían la adversativa: Pero Rajoy… Lo habitual hasta entonces era que a la denuncia de los movimientos del gobierno nacionalista le correspondiera una similar sobre el inmovilismo del gobierno del Estado. Algo así como si a la denuncia de la acción de un atracador le correspondiera la reivindicación de un cambio legal que lo trajera de nuevo al lado soleado de la calle. El tratamiento equidistante de un delincuente como Artur Mas y de un presidente democrático como Rajoy fue una de las inmoralidades más hirientes del proceso; y ha seguido con el protodelincuente Puigdemont. Por lo demás han sido necesarios 16 muertos para que el mainstream socialdemócrata sentenciara que la frivolidad debía acabarse y para que la conducta nacionalista fuera descrita al fin en términos editorialmente correctos: «Es hora de acabar con los sinsentidos democráticos, la violación flagrante de las leyes, los juegos de engaños, los tacticismos y los oportunismos políticos». ¿Hasta las terribles cinco de la tarde del 17 de agosto no había llegado la hora?

El retorno a la razón no siempre se da por caminos limpios, ordenados y edificantes. Es verdad que algunos caminos inspiran desconfianza y extienden cautelas graves sobre el futuro. Pero la política, y el periodismo político, es siempre aluvión, tumulto, un derrame, mezcla desmoralizante y compacta de verdad y mentiras. La cuestión es que la grieta se ha abierto. El último ejemplo afecta a la actuación de la policía catalana antes, durante y después de la matanza. Como de costumbre, la máquina de propaganda nacionalista trató de hacer de la mediocre actuación de su policía una celebración apasionada. Se comprende porque va a ser esa policía la que, en primera instancia, reciba la orden de detener a los sediciosos. Después de dos semanas el gobierno nacionalista sigue sin ofrecer un relato completo y ordenado de los hechos, algo que tampoco ha sido capaz de exigir una oposición vacua, pusilánime y dominguera. Sin embargo le bastaron unas pocas horas para organizar un capítulo más de posverdad. Durante unos días lograron imponerlo con la colaboración habitual de los tontos y de los útiles. Y también de los sexualmente seducidos por la pistola del policía Trapero. Pero ha acabado fracasando. Como de costumbre, no por un camino edificante. Por lo que se refiere al supuesto aviso de la CIA, y solo a eso, la razón está de parte del gobierno desleal. Pero en el tumulto, sus mentiras previas, sus errores de gestión flagrantes y su inmoralidad acreditada han acabado emergiendo. La inédita frustración nacionalista ha provocado una reacción interesante y el hundimiento definitivo en el barro trumpiano. Esta deriva del nacionalpopulismo no debe sorprender. Así acaban todas las cosas infectadas de nuestro mundo. Trump llegó al poder mediante mentiras y la única verdad de la xenofobia. Trump ha destruido al Partido Republicano. Trump está fuera de la razón, del orden, de la ética y de cualquier belleza. Trump pudre lo que toca su oro falso. Y Trump azuza cada noche a la jauría contra la prensa.

Ahora ha empezado a imitarlo el nacionalismo. No contra esta prensa extramuros en la que te escribo con una punta de orgullo que pasará pronto, sino contra la que fue también su prensa necesaria y copartícipe. La del editorial conjunto y la equidistancia.

Sigue ciega tu camino

Arcadi Espada

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