A los 19 años tuve una cirugía de reasignación de sexo. Esto desearía haber sabido en ese momento

Una fotografía aérea muestra a activistas y simpatizantes de la comunidad trans reunidos con una bandera gigante con mensajes de apoyo, en el Monumento a la Revolución en Ciudad de México, México, el 30 de marzo de 2022. (Isaac Esquivel/EPA-EFE/Shutterstock)
Una fotografía aérea muestra a activistas y simpatizantes de la comunidad trans reunidos con una bandera gigante con mensajes de apoyo, en el Monumento a la Revolución en Ciudad de México, México, el 30 de marzo de 2022. (Isaac Esquivel/EPA-EFE/Shutterstock)

Cuando tenía 19 años, me realicé la cirugía de reasignación de sexo, o lo que hoy en día se llama cirugía de afirmación de género. El joven inexperto que estaba obsesionado con hacer la transición a la feminidad ni se imaginaba llegar a la mediana edad. Pero ahora estoy cerca de los 50 años, vigilo de forma atenta mi plan de pensión y hago dieta y ejercicio con la esperanza de tener una jubilación saludable.

En términos de mis prioridades e intereses actuales, esa encarnación más joven de mí misma bien podría haber sido una persona diferente. Sin embargo, esa fue la persona que me comprometió a una vida separada de mis compañeros.

En la actualidad existe un amplio debate sobre el tratamiento transgénero, en especial para las personas jóvenes. Quizás otros perciban de otro modo sus elecciones, pero ahora sé que no tenía la edad suficiente para tomar esa decisión. Dadas las poderosas fuerzas culturales actuales que arrojan una luz benigna sobre estos asuntos, pensé que podría ser útil para las personas jóvenes, y sus padres, escuchar lo que yo desearía haber sabido.

En algún momento creí que tendría más éxito encontrando el amor como mujer que como hombre, pero la realidad es que pocos hombres heterosexuales están interesados en tener una relación física con una persona que nació con el mismo sexo que ellos. En la escuela secundaria, cuando tenía enamoramientos con mis compañeros de clase, creía que la única manera en que esos sentimientos podrían ser correspondidos era alterando mi cuerpo.

Resultó que varios de esos chicos de los que me enamoré también eran homosexuales. Si les hubiera confesado mi interés, ¿qué podría haber ocurrido? Por desgracia, la homofobia desenfrenada en mi escuela durante la crisis del SIDA sofocó esas posibilidades. Hoy en día me he resignado a que nunca encontraré una pareja. Es difícil de admitir, pero es lo más saludable que puedo hacer.

Cuando era adolescente, rechazaba la idea de tener hijos biológicos, pero en mi visión de futuro adulto imaginaba casarme con un hombre y adoptar un niño. Fue fácil sacrificar mi capacidad de reproducirme en aras de cumplir mi sueño. Años más tarde, me sorprendió el dolor que sentí cuando mis amigos y mi hermana menor comenzaron a formar sus propias familias.

Los sacrificios que hice le parecían irrelevantes al adolescente que era en ese momento: sí, alguien con disforia de género, pero también con ansiedad y depresión. La causa más severa de angustia venía de mi propio cuerpo. No estuve preparado para la pubertad, ni para el fuerte impulso sexual propio de mi edad y sexo.

La cirugía me liberó de los impulsos de mi cuerpo, pero la destrucción de mis gónadas introdujo un nuevo tipo de atadura. Desde el día de mi cirugía me convertí en una paciente médica, la cual seguiré siendo por el resto de mi vida. Debo elegir entre los riesgos de tomar estrógenos exógenos, que incluyen tromboembolismo venoso y accidentes cerebrovasculares, o los de no tomar nada, que incluye la degeneración de la salud ósea. En cualquier caso, mis probabilidades de desarrollar demencia son mayores, pues es un efecto secundario de evitar la testosterona.

¿Qué estaba buscando conseguir con mi sacrificio? Una sensación de plenitud y perfección. Todavía era virgen cuando me hice la operación. Creí erróneamente que esto hacía que mi decisión fuera más seria y auténtica. Elegí un cambio irreversible incluso antes de haber comenzado a comprender mi sexualidad. El cirujano consideró que mi operación tuvo un buen resultado, pero el coito nunca se convirtió en algo placentero. Cuando se lo cuento a mis amigos, se entristecen por la pérdida, pero para mí eso es algo abstracto: no puedo lamentar la ausencia de algo que nunca tuve.

¿Dónde estaban mis padres durante toda esta situación? Sabían lo que estaba haciendo, pero para ese momento ya los había expulsado de mi vida. No necesitaba que mis padres me cuestionaran o establecieran expectativas realistas, en especial cuando había encontrado todo lo que necesitaba en internet. A principios de la década de 1990, algo llamado Internet Relay Chat (IRC), un rudimentario foro en línea, me permitió conocer extraños con ideas afines que me ofrecieron una fuente inagotable de validación y aceptación.

Me estremezco al pensar en cuán distorsionadoras son las redes sociales de hoy para los adolescentes confundidos. También me alarma la facilidad con que las figuras de autoridad facilitan la transición. Yo tuve que persuadir a dos terapeutas, un endocrinólogo y un cirujano para que me dieran lo que quería. Ninguno de ellos tuvo una presión profesional abrumadora, como la tendrían hoy, para “afirmar” mi elección.

Es posible que igual hubiera hecho la transición incluso tras esperar unos años. Si no la hubiera hecho, probablemente habría sufrido de otras maneras. En otras palabras, todavía estoy descifrando cuánto arrepentimiento sentir, pero me siento cómoda con la ambigüedad.

¿Qué consejo les daría a las personas jóvenes que buscan la transición? Aprender a encajar en tu cuerpo es una lucha común. Las dietas de moda, las ropas que moldean la figura y la cirugía estética son todas señales de que innumerables millones de personas, en algún momento de sus vidas, tienen dificultades para aceptar su propio reflejo en el espejo. La perspectiva del sexo puede llegar a ser intimidante. Pero el sexo es fundamental en las relaciones saludables. Dale una oportunidad antes de alterar de forma permanente tu cuerpo.

Pero sobre todas las cosas, no te apresures. Todavía podrías decidir hacer el cambio más adelante. Pero si exploras el mundo habitando tu cuerpo tal como es, tal vez podrías descubrir que lo amas más de lo que creías posible.

Corinna Cohn, desarrolladora de software en Indianápolis, es funcionaria de la Red de defensa del consumidor de cuidados de género.

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