A los apóstoles de la nueva política

Me dirijo a ellos. A todos aquellos tertulianos, opinadores o influencers varios que sembraron las ideas de la nueva política. A quienes convencieron a los españoles de que la Transición fue un pacto de élites y de que PP y PSOE eran iguales. A los que identificaron la política clásica con una clase o una casta. A quienes explicaron al país que era mejor tener cuatro partidos que dos, o seis que cuatro, al fin y al cabo cuantos más mejor, sin preguntarse por qué o para qué.

Es tiempo de evaluar en qué han mejorado los nuevos partidos este gran proyecto colectivo llamado España, cuáles han sido sus aportaciones más allá de la denuncia en un total de un minuto en televisión o el desahogo a través de Twitter.

Somos muchos los que pensamos que los últimos cuarenta años han sido los mejores de nuestra historia y que los primeros treinta son mucho mejores que los últimos diez. Yo soy socialista y creo que la mayor parte de la modernización de España se debe al PSOE, pero reconozco las aportaciones hechas por el PP. Sin embargo, no soy capaz de decir nada productivo que hayan hecho Podemos o Ciudadanos.

Nuestras infraestructuras, nuestro modelo de sanidad pública o el sistema de pensiones, los avances en derechos y libertades, la modernización económica, la internacionalización de nuestras empresas… en definitiva, el gran país que es España hoy, se ha construido sin ninguna aportación real de la nueva política.

Más bien al contrario, creo que la nueva política ha reforzado los bloques y ha debilitado el diálogo porque ha satanizado banalmente el acuerdo. El resultado es evidente: cuatro elecciones en cuatro años. Los mismos que llevan Podemos y Ciudadanos en el Congreso. De hecho, el único Gobierno formado tras unas elecciones lo fue gracias a una traumática abstención del PSOE ya que el otro lo fue a través de una moción de censura.

Esa es la única aportación reconocible de la nueva política: campaña permanente, repeticiones electorales constantes, inestabilidad política al fin y al cabo.

Sin ninguna duda, España necesitaba un proceso de regeneración política y muy especialmente los partidos clásicos. De hecho, no sabíamos entonces si el final de ese proceso terminaba con los nuevos partidos en el Gobierno, como sucedió en Francia o en Grecia, o si los viejos partidos aprendían la lección y acababan renovándose frente al envejecimiento vertiginoso de las nuevas formaciones.

Parece claro ya que los nuevos partidos no encontraron el Estrecho de Magallanes y encallaron en el Cabo de hornos. Existen algunas razones que lo explican.

Los nuevos partidos se han fracturado por razones opuestas. En Podemos, los dogmáticos han ganado la batalla a los pragmáticos que han acabado fuera de la organización. Sin embargo, en Ciudadanos ha sido el fenómeno inverso, la absoluta carencia de respeto a sus motivos fundacionales ha acabado con varios de sus miembros fuera de la organización.

Lo cierto es que España es un país moderno y avanzado que no necesita dogmas ni proyectos de cartón piedra. Los nuevos partidos exhibieron siempre su fortaleza en las redes sociales y los platós de televisión, pero confundieron el país real con las redes sociales y los platós de televisión.

Podemos y Ciudadanos fueron grandes comentaristas políticos de la gestión de los partidos clásicos pero hoy resisten peor el análisis de su gestión. Ambos tuvieron grandes resultados que nunca supieron gestionar. En el caso de Podemos, Iglesias acabó enfrentado a quienes obtuvieron los mejores resultados como Carmena o Kichi, hasta el punto de perder la alcaldía de Madrid. Ciudadanos ganó unas elecciones en Cataluña, se borró del mapa político y acabó mandando a Arrimadas a Madrid, demostrando la poca utilidad del voto a esa formación para resolver el problema catalán. A continuación se hizo una foto en la plaza de Colón que tuvo como consecuencia la frustración de la posibilidad de regeneración en territorios donde se abría la posibilidad de un cambio histórico como Madrid, Castilla y León o Murcia. Y todo ello, de la mano de un partido como Vox. Esa es la razón por la cual algunos de los fundadores de esta formación dijeron: «este no era el trato». Ciudadanos se fue a la deriva con la moción de censura de 2018, hasta el punto de que Rivera aparenta ser el único ex presidente de la historia de España que nunca llegó a ser Presidente.

Lo cierto es que Podemos tuvo la oportunidad de ser un partido de gobierno hasta que, fracasada la operación sorpasso, decidió convertirse en un partido de denuncia en Vistalegre II.

Sin embargo, Ciudadanos consiguió presentarse a nivel nacional como un partido nuevo, joven, urbano, ortodoxo en lo económico pero liberal y laico en el terreno de los derechos y las libertades. Nada de eso queda en pie después del último año y así lo expresan los españoles que hoy sitúan a Ciudadanos a la altura del propio PP en la escala ideológica del CIS. Desde luego, mucho más a la derecha que hace tan sólo un año. Como escribió Manuel Jabois: «Ciudadanos necesitaría hoy muchos litros de queroseno para iniciar un viaje al centro».

Tampoco es menor el desgaste producido por el comportamiento personal de los nuevos dirigentes y su distancia respecto de sus discursos públicos. Algo que denunciaron acertadamente respecto de la vieja política, pero que han reproducido exponencialmente.

Hoy el mundo afronta amenazas serias. La guerra comercial entre EEUU y China, el Brexit y el retorno de los nacionalismos, las crisis migratorias, el cambio climático, el empobrecimiento de las clases medias, los efectos de las nuevas tecnologías y la inteligencia artificial sobre la mano de obra. Un mundo sometido a una mayor velocidad de los ciclos y a una mayor profundidad de las crisis que se suceden en un mundo interconectado.

En ese mundo incierto, España no necesita discursos dogmáticos ni mensajes de cartón piedra. El nuestro es hoy un país moderno, una democracia avanzada con un sistema institucional fuerte, con una economía abierta y globalizada, un modelo avanzado de derechos públicos y libertades civiles.

La solución no pasa por demoler los pilares de un edificio construido en la Transición y basado en los consensos constitucionales, más bien al contrario. La solución pasa por llevar a cabo reformas, que no demoliciones, aprovechando la fortaleza de lo construido en los mejores cuarenta años de la historia de España.

Todos coincidimos en que era mejor tener un Gobierno que repetir elecciones, pero seguro que muchos no han reparado en que era mejor repetir elecciones que tener dos gobiernos. Suele pasar, en política se analiza el coste de una situación, pero nunca el de la situación que se evita. Personalmente estoy absolutamente convencido del acierto de la decisión del presidente del Gobierno de no aceptar gobernar a cualquier precio y creo que el tiempo le dará la razón. Es evidente que desde el punto de vista progresista lo ideal hubiera sido un Gobierno socialista y estable, pero Iglesias nunca quiso y nunca pudo hacerlo posible. Que nunca quiso debería ser evidente, después de impedir hasta en cuatro ocasiones la investidura de Pedro Sánchez. Que nunca pudo es cierto también, puesto que siempre hizo falta el concurso de partidos que defienden la independencia de Cataluña, lo cual es incompatible con la propia estabilidad de la legislatura, al menos mientras sigan en dichos postulados.

España es un gran país que afronta grandes retos y los nuevos partidos han creado nuevos problemas sin solucionar los viejos.

Óscar López Agueda es presidente y CEO de Paradores y autor del ensayo Del 15-M al Procés (Ediciones Deusto). Fue Secretario de Organización del PSOE.

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