A los musulmanes de Occidente y sus conciudadanos

Por Tariq Ramadan, profesor invitado de Estudios Islámicos en el Saint Anthony’s College de la Universidad de Oxford (EL PAÍS, 04/09/06):

Tenemos muchos motivos para estar preocupados. Los atentados terroristas perpetrados en todo el mundo, la llamada guerra contra el terrorismo y el aumento de las tensiones relacionadas con la inmigración se han conjugado para retratar al islam como una amenaza para las sociedades occidentales. El miedo y las patéticas reacciones que lo acompañan se han incorporado a la mentalidad ciudadana. Aunque a menudo son legítimas, esas reacciones están siendo explotadas con fines políticos.

Casi ninguna sociedad occidental se libra de las enojosas cuestiones acerca de la “identidad” o de las tensiones relacionadas con la “integración”. Los musulmanes deben afrontar alternativas bien definidas: pueden adoptar una actitud de víctimas, o hacer frente a sus dificultades y convertirse en miembros de pleno derecho de su propia historia. Su destino está en sus manos. Nada cambiará hasta que acepten la responsabilidad plena de sí mismos, realicen una crítica y una autocrítica constructivas, y respondan a la espeluznante “evolución del miedo” con una “revolución de la confianza” bien cimentada.

Los acontecimientos de los últimos años han llevado a los pueblos occidentales a enfrentarse a nuevas realidades. La presencia de millones de musulmanes entre ellos les ha hecho ser conscientes de que sus sociedades han cambiado. Ello ha dado lugar a temores e interrogantes legítimos, aunque tal vez los hayan expresado con cierta confusión.

Enfrentados a estos interrogantes, los musulmanes deben mostrar confianza en sí mismos y en su capacidad para vivir y comunicarse con toda serenidad en las sociedades occidentales. La revolución de la confianza dependerá de la fe en nosotros mismos y en nuestras convicciones.

La labor consiste en reapropiarse de nuestra herencia y desarrollar hacia ella una actitud positiva, aunque crítica, que afirme que las enseñanzas del islam llaman a los musulmanes a la vida espiritual y a la reforma de sí mismos. A su vez, los inmigrantes musulmanes deben respetar las leyes de los países en los que residen.

Enfrentados a unos temores legítimos, los musulmanes occidentales deben desarrollar un discurso crítico que rechace la actitud de víctimas y, por el contrario, critique las interpretaciones radicales, literales y/o folklóricas de de sus fuentes (Corán y Hadith). También es importante que no avalen la confusión que rodea los debates relacionados con sus sociedades: los problemas sociales no son “problemas religiosos” y no guardan relación alguna con el islam como tal.

Lamentablemente, los argumentos que ayer eran coto exclusivo de los partidos de extrema derecha han hallado un sitio en el seno de las formaciones políticas tradicionales de Europa. Carentes de ideas creativas para fomentar el pluralismo cultural o combatir la creación de guetos sociales, numerosos políticos prefieren la peligrosa retórica de proteger la “identidad”, defender los “valores occidentales” o imponer limitaciones estrictas a los “extranjeros”, utilizando, cómo no, el aparato de las nuevas leyes de seguridad para combatir el terrorismo. Los términos implícitos del debate suelen reducirse a una distinción entre dos entidades: “nosotros, los occidentales” y “ellos, los musulmanes”.

El discurso racista prolifera y el pasado se reinterpreta de un modo que excluye al islam de la más remota participación en la creación de la identidad occidental, de ahora en adelante redefinida como puramente grecorromana y judeocristiana.

En respuesta, los ciudadanos musulmanes no deben confinarse en el aislamiento, deben hacerse oír, salir de sus guetos religiosos, sociales y culturales y dar pasos para conocer a sus conciudadanos. Las políticas de quienes explotan el miedo pretenden generar precisamente lo que afirman combatir: al acusar perpetuamente a los musulmanes de no estar integrados y de encerrarse en una identidad religiosa, intentan aislarlos.

La hora de la reconciliación está muy cerca. Los musulmanes deben unirse a sus conciudadanos para reconciliar sus sociedades con sus ideales. Actualmente, la tarea consiste en comparar los ideales proclamados de los derechos humanos y de la igualdad (entre hombres y mujeres, personas de distintos orígenes, etcétera) con la realidad. Para influir en nuestras sociedades, debemos aportar una crítica constructiva y comparar las palabras con los hechos.

Nuestras sociedades aguardan la aparición de un nuevo “nosotros”, un “nosotros” que podría unir a hombres y mujeres (de todas las religiones, y sin ninguna religión) dispuestos a emprender la tarea de resolver las contradicciones de su sociedad. Ese “nosotros” representaría esa unión de ciudadanos que aspiran a luchar juntos por su futuro. En estos momentos, ese futuro se desarrolla en el plano local. Es una cuestión de máxima urgencia el poner en marcha movimientos nacionales de iniciativas locales en las que personas de diferentes sensibilidades puedan abrir nuevos horizontes con unos compromisos y una confianza mutuos.

Juntos debemos aprender a poner en cuestión los programas que ofrecen una enseñanza exclusiva de la historia. Debe oficializarse una enseñanza más objetiva de “nuestra historia”. En el ámbito social, debemos comprometernos con una mezcla social mucho más concienzuda tanto en las escuelas como en las ciudades.

Las sociedades occidentales no ganarán la batalla contra la inestabilidad social mediante un planteamiento basado únicamente en la seguridad. Las instituciones sociales, la educación cívica y la creación de empleo son preceptivas en las ciudades. El compromiso de los ayuntamientos puede suponer una diferencia en la lucha contra la sospecha, y los ciudadanos no deben dudar en llamar a su puerta y recordarles que, en una sociedad democrática, el representante electo está al servicio del electorado, y no al revés.

Una revolución de la confianza, el nacimiento de un nuevo “nosotros” impulsado por movimientos nacionales de iniciativas locales: ésas son las líneas de un compromiso responsable. El nuevo “nosotros” reivindica las ventajas de una ética basada en la ciudadanía y quiere promover la riqueza cultural de Occidente.

Los ciudadanos deben pensar a largo plazo, por encima y más allá de los plazos electorales que paralizan a los políticos y entorpecen la elaboración de políticas innovadoras y valientes. Corresponde a los votantes, a los ciudadanos, el reivindicar sus ideales y plasmarlos en la realidad.