A los que me llaman traidor

Unas declaraciones del presidente del PP de Guipúzcoa en las que aseguraba que el futuro del País Vasco «se tiene que construir también con Bildu» le supusieron una lluvia de críticas que ha motivado este artículo.

Es metafísicamente imposible ser del Partido Popular y al mismo tiempo «cómplice de ETA». Es una formulación que por absurda y descabellada no merece ni respuesta. Pero desde que la revista cultural JotDown publicó una entrevista que me hizo el pasado diciembre, alguno que otro se ha permitido acusarme de tamaño absurdo, también es cierto que antes ya lo hicieron con otros compañeros de partido. No pretendo utilizar esta tribuna para defenderme de barbaridades e insultos, pero sí confieso que me gustaría contribuir al sosiego y a la reflexión calmada. Valga pues este artículo para compartir con sinceridad y transparencia lo que pienso.

Tantas décadas de cruel terrorismo etarra han dejado en nuestra sociedad no sólo sangre, dolor y víctimas. También han generado odio, fractura, recelos, incomunicación… y no me refiero entre los terroristas o quienes les apoyaban y los demócratas, pues ante quien jaleaba y justificaba el terrorismo no cabía postura intermedia. A mi juicio, lo peor es que lo ha generado entre quienes somos demócratas y nos une el rechazo y condena del terrorismo. Y además, lo hace con más virulencia ahora que la banda terrorista está militarmente derrotada y también mermada en su histórica y fácil publicidad, pues como vemos periódicamente sus comunicados son patéticas llamadas de atención para mantener un protagonismo mediático en forma de anzuelo que insistentemente unos y otros muerden sin vacilar. De tal suerte, la batalla parece en ocasiones no librarse en defensa de la libertad, el Estado de Derecho o la exigencia de memoria, dignidad y justicia para las víctimas del terrorismo. Ahora se libra desde el prejuicio y la intencionalidad política torticera, cuyo mayor exponente es la UPyD de Rosa Díez, así como desde actitudes inquisitoriales que no aceptan ni matiz ni reflexión.

Les puedo asegurar que mi antagonismo político ante lo que representa políticamente Bildu -donde la defensa de un proyecto revolucionario socialista y totalitario a imagen y semejanza de la Venezuela de Chávez es bandera de la coalición- no puede ser más absoluto. Que mi desprecio ético hasta que no digan que la utilización de la violencia nunca tuvo sentido y que ni uno solo de los asesinatos de ETA tuvo justificación, hasta que no rechacen sin matices autoexculpatorios la utilización de la violencia como herramienta en política y su papel en todo ello, y hasta que no se sumen a la exigencia mayoritaria de la sociedad vasca para que ETA disuelva sus exiguas estructuras en la clandestinidad, no puede ser más evidente en mi día a día. Mi único patrimonio para avalar la veracidad de lo que les cuento es mi trayectoria y compromiso. Toda mi vida política ha ido acompañada, como tantos otros en Euskadi, de una amenaza de muerte real, de un acoso diario insoportable por parte de algunos con los que ahora tengo que discutir en las instituciones, y siempre he dado la cara. En muchas ocasiones, hasta la he puesto. Por ello entenderán que los insultos y descalificativos sobre mi compromiso no los pueda tolerar, más cuando vienen provocados por un intento de manipular una reflexión que se podrá compartir o no, pero que no invalida lo que acabo de relatar.

Vivimos unos tiempos confusos, raros, en los que los mensajes de uno y otro signo se entrecruzan, mezclan y acaban por distorsionarse. La credibilidad del ejercicio de la política y de la palabra dada por el político está más que en entredicho. Y claro, éste resulta un campo abonado para los demagogos y los inquisidores. Pero desemboca también en las risas de quienes desde la barrera asisten entre divertidos y atónitos a semejante espectáculo: la llamada izquierda abertzale.

Cuando alguien me pregunta si «Bildu es ETA» reconozco que no puedo despachar una respuesta de trazo grueso. La coalición está formada por partidos que siempre han mantenido un discurso inequívoco ante el terrorismo. Al menos eso antes era aceptado así: Aralar, Eusko Alkartasuna o Alternativa (escisión de IU). Siendo también cierto que todos ellos conviven en una coalición donde el mayor peso político lo tienen quienes hasta antes de ayer justificaban y jaleaban a ETA. Además, tras la sentencia del Tribunal Constitucional de 5 de mayo de 2011, con todos los matices y crítica que se le quieran endosar a aquella decisión y muchos de los cuales puedo compartir, es un partido legal, que se presenta a las elecciones y que además gana en la mayoría de Gipúzcoa y en no pocos lugares de Euskadi. Sé que decir esto no gusta, y que a muchos duele. ¡Qué les voy a contar yo! Pero si relatara otra cosa, mentiría. Ésta es la realidad objetiva en la que nos movemos y es parte de los mimbres con los que hay que hacer política hoy en Euskadi. Ahora bien, que compartir esta re- flexión te convierta en un cómplice de ETA, un traidor o no sé qué cosas peores, además de una injusticia, es un mezquindad.

Por otro lado, siempre he creído que el ejercicio de la política implica inexcusablemente un nivel de sacrificio, de esfuerzo y de proyección de un futuro mejor de lo que ha sido el pasado. Quienes hemos vivido en primera línea la falta de libertades, el acoso, la intimidación y el insulto por parte de ETA y su entorno no somos ajenos a esto. Ahora se nos exige un nuevo esfuerzo, leer la situación y dar la talla como la dimos cuando nos mataban. Nos mueve la construcción de una sociedad donde todo eso no tenga nunca más cabida, donde opinar o tener una opción política determinada, donde defender la España constitucional, moderna y abierta en la que creemos no te convierta en paria y te complique la vida. Y sabemos que dentro de pocos años nuestros hijos compartirán aulas, bares y calles con los hijos de quienes preferían vernos muertos. Y sabemos que ese futuro hay que construirlo ya, porque no queremos que su futuro sea igual que nuestro pasado. ¿Qué diferencia esta reflexión y este análisis respecto de una posición cándida o buenista? Es sencillo: el sometimiento al Estado de Derecho, a todas y cada una de sus reglas y exigencias. No queremos tabla rasa, no aceptamos impunidad ni olvido. No compartimos eso de aquí paz y después gloria ni que quien tanto daño hizo en el pasado reciente hoy sea ejemplo de nada. Por eso, constatar una realidad política (lo que hoy es Bildu) y luchar por un futuro mejor (en libertad y convivencia) sólo adquiere pleno sentido si se acompaña de la defensa de la legalidad y su cumplimiento. Sólo adquiere sentido si en paralelo, desde la política, enfrentamos con determinación y aplomo un proyecto de libertades, abierto y de futuro, como el que representa el PP ante un proyecto decimonónico, trasnochado y perjudicial, que es el que, a mi juicio, representa Bildu. Y aunque algunos nos quieran hurtar este derecho, el PP vasco puede exponer argumentos, compartir reflexiones y hablar con libertad, porque nuestro compromiso contra ETA y nuestro sacrificio por la libertad están fuera de toda duda.

Yo no aspiro a poder ir con la cabeza alta por lo que hice en el pasado. Nadie me obligó y no podría haber vivido de otra manera. Eso me lo llevo para mí. Aspiro a actuar con responsabilidad, a estar a la altura de las circunstancias y a poder contribuir desde mi humilde condición de cargo público a que el futuro sea mejor que el pasado. Y por todo esto, algunos me llaman traidor.

Borja Sémper Pascual es presidente del PP de Guipúzcoa.

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