A propósito del tuteo (en la escuela)

Por Carme Alcoverro (EL CORREO DIGITAL, 05/07/07):

El tratamiento de usted ha desaparecido desde hace tiempo de nuestros centros educativos. Y de la misma manera que una especie extinguida, difícilmente se puede recuperar. Ello viene a cuento por una propuesta, a mi parecer inútil, del Defensor del Pueblo sobre la necesidad de recuperar su uso para así resolver el problema del respeto en las aulas. Es cierto que todavía es necesario este tratamiento en determinadas situaciones de la vida cotidiana, por ejemplo, en el trato a nuestros mayores (¿qué moda es ésta del tuteo que se está imponiendo en los hospitales, incluso a los viejos?). Las situaciones formales que demandan el usted son cada vez menos pero son aún imprescindibles. Y por ello es necesario aprender su uso.

Son muchos los chavales en los centros educativos de enseñanza secundaria que no saben usarlo. Lo que conlleva un empobrecimiento de la lengua, y la desaparición de un registro que se aprendía oralmente y que ahora tendrá que hacerse a través de la lectura. El desconocimiento del tratamiento de usted puede, en determinadas circunstancias de la vida, provocar dificultades y las tendrán más los que hayan recibido una educación deficiente, ya sea porque hayan acabado demasiado temprano su formación o provengan de entornos familiares socioculturales bajos.

El uso del usted tiene que ver con el conocimiento del lenguaje y con la toma de conciencia de que las jerarquías existen. Un conocimiento que nos da poder y, por tanto, nos blinda y nos adiestra ante la vida. Actualmente poco tiene que ver el uso del usted con el respeto. Veamos. Richard Sennett, en su libro de este mismo nombre, ‘El respeto’, nos explica que la auténtica falta de respeto es la falta de reconocimiento, aunque adopte formas menos hirientes que el insulto. Cuando invisibilizamos (ninguneamos, para entendernos) a una persona, cuando no la vemos como un ser humano integral (la sobreprotección y el paternalismo es también una falta de respeto a esta integridad), cuando son sólo unos pocos los que reciben este reconocimiento, y no la mayoría.

A mi modo de ver, cuando fue desterrado el usted de las aulas lo que se pretendía era acercarnos a los alumnos, tratar de establecer mayor fluidez afectiva, mayor comunicación y empatía. Salíamos de una dictadura que precisamente no respetaba a sus alumnos ni a sus profesores ni evidentemente a la sociedad, aunque le hablase de usted. Seguramente se relacionó su uso con el autoritarismo y se eliminó precisamente en aras de visibilizar a los alumnos. Ello conllevó la desaparición del usted del alumno al profesor. Cabe decir que el uso recíproco se daba especialmente en el Bachillerato, entonces dirigido a las elites. Y cuando se hablaba al grupo. En primaria, y en el trato particular, era menos frecuente. No creo que hoy el marcar jerarquías a través de su uso mejorase el respeto. En todo caso, como he dicho al principio, esto ya es imposible (incluso en compañías aéreas de bajo coste, en las instrucciones generales, se tutea a los clientes). La propuesta del Defensor del Pueblo es por tanto inútil.

Hablemos, pues, de lo que significa, en mi opinión, el respeto hoy en la escuela. Cuando se respeta a una persona, evidentemente, se le confiere dignidad. Y esto no se consigue ni con el tratamiento de usted ni tampoco con el ordenar respetar. El respeto, o sea, el reconocimiento mutuo, se debe negociar. El carácter personal tiene mucho que ver con esto. Y la profesión de maestro cabe decir que no está al alcance de todos, aunque el aprendizaje inicial y permanente tiene un papel fundamental en la construcción del carácter. Quiero decir que el maestro tiene que ganarse el respeto y por ende la autoridad. Para ello no basta con actitudes heroicas, éste necesita el soporte de los compañeros, de las familias y de la sociedad. Las instituciones han de prestigiar la profesión, hacer merecedores de respeto a los maestros y a la escuela.

Ahora bien, hay unas leyes que se podrá decidir cuáles son, unas normas que se han de cumplir, todo aquello que ha de servir para conducir, orientar o regular la conducta de una persona, imprescindibles para cualquier convivencia, y supervivencia de la sociedad y por supuesto de la escuela, que los chavales y los maestros han de aprender a observar. Ya Pitágoras decía: «Educad a los niños y no tendréis que castigar a los adultos». Los chavales, como los adultos, han de conocer cuáles son los límites, los necesitan, e incluso los exigen. Y en todos los estudios sobre adolescentes, éstos exigen disciplina en las escuelas. Quiero decir que del mismo modo que no hay Estado sin coacción, incluso un Estado democrático, incluso el más protector, no puede haber una escuela sin mecanismos reguladores del comportamiento.

La bondad de estas normas sin embargo a menudo entra en conflicto con los valores de la sociedad. Los chavales a menudo no aceptan la frustración y se revuelven contra las normas porque están acostumbrados a la satisfacción inmediata de sus deseos, como los adultos, claro, dentro de una sociedad presentista, basada sustancialmente en el consumismo. Es decir, que a menudo los valores de la escuela no coinciden con los de la sociedad. Y éste no es un drama menor en el mundo actual.

El respeto, tal como se entiende modernamente, es la capacidad de hacer algo por sí mismo, de cuidar de sí mismo y de ayudar a los demás. La libertad, la autonomía, vendrá matizada por estos principios. Una autonomía que comportará saber aceptar de los otros incluso lo que no podemos entender de ellos. Ésta es a mi parecer la actitud del maestro de cara a sus alumnos y la que deben aprender los alumnos de cara al maestro y de cara a todos los demás.

Hoy, nos dice Sennett, es muy difícil eliminar el malestar que genera la desigualdad. De lo que se trata es de que nuestros alumnos aprendan que tendrán que vivir en este mundo. Y que tendrán que aprender, especialmente si son los fuertes (o más afortunados), a practicar el respeto por aquéllos que son los más débiles (o más desprotegidos). Les sugiero que corran a ver la película documental ‘Esto es ritmo’, que trata de cómo alumnos de distintas clases sociales aprenden a bailar, con el coreógrafo Royston Maldoom, ‘La consagración de la primavera’ de Stravinsky, interpretada por la Filarmónica de Berlín, dirigida por Simon Rattle. Una lección de cine, de emoción, de educación, de disciplina y de respeto. En fin, de todo de lo que hemos hablado.