¿A qué van nuestras tropas a Líbano?

Por José Ignacio Torreblanca, profesor de Ciencia Política en la UNED (EL PAÍS, 02/09/06):

El Gobierno español se dispone a enviar a Líbano un importante contingente de tropas. Sin embargo, ni de la resolución de Naciones Unidas que ampara su envío ni de las declaraciones de éste u otro de los Gobiernos de la Unión Europea que han comprometido tropas se puede extraer una respuesta clara a la pregunta que encabeza este artículo. España y la UE sólo deberían acceder a participar en esta misión en condiciones que garantizaran el éxito de sus objetivos. Lamentablemente, esta condición no se cumple por el momento, ya que los objetivos son confusos, y el mandato, poco claro.

Hasta la fecha, el envío de tropas parece responder más a la necesidad de “hacer algo” que a un análisis sosegado sobre qué hacer y cómo hacerlo. Por ello, dados los riesgos que entraña esta misión para nuestras tropas, así como las incertidumbres que penden sobre sus posibilidades de éxito, y, muy especialmente, teniendo en cuenta el muy pobre récord de éxitos de Naciones Unidas y de la comunidad internacional en éste y otros conflictos parecidos, convendría que las principales dudas que rodean a esta misión fueran aclaradas.

Quede claro que el envío de tropas no sólo es plenamente legal (al estar amparado por la resolución 1701 de las Naciones Unidas), sino también legítimo, tanto en lo que se refiere a los fines (detener un conflicto que estaba teniendo consecuencias devastadoras) como en lo relativo al apoyo de la opinión pública europea. Lograr cumplir la doble condición de legalidad y legitimidad se ha mostrado difícil de lograr en muchas ocasiones: en Kosovo, por ejemplo, hubo que prescindir de una resolución de Naciones Unidas, pero la necesidad de detener la deportación del pueblo kosovar hizo legítima la intervención de la OTAN.

Desgraciadamente, gozar de legalidad y de legitimidad no garantiza el éxito de la misión: pese a disponer de un mandato de la ONU, la Unión Europea fracasó miserablemente en la antigua Yugoslavia a la hora tanto de hacer cumplir los acuerdos de alto el fuego como de proteger a los musulmanes bosnios de la limpieza étnica. Ello se debió a muchas causas, pero un mandato insuficiente y confuso de Naciones Unidas, sumado a un liderazgo político europeo débil y carente de voluntad política, fue un elemento importante de su fracaso.

La diferencia es que mientras que la Unión Europea puede alegar ignorancia e inexperiencia respecto a lo ocurrido en la antigua Yugoslavia, en Líbano las señales de alarma son ensordecedoras: una minoría chií articulada en torno a una organización terrorista de inspiración teocrática, un país dividido con una historia reciente de guerra civil, una influencia apabullante de dos de los Gobiernos más recalcitrantes de la zona (Siria e Irán), y un historial de fracasos occidentales (la retirada de EE UU y Francia en 1983, víctimas del asedio terrorista) y de las Naciones Unidas (como atestigua la misión FINUL).

En estas circunstancias, parece evidente que lo último que esta misión debería ser es el refuerzo de una operación de mera observación, como la apadrinada por Naciones Unidas en torno a FINUL, que ya se ha mostrado fracasada y, además, extremadamente peligrosa para sus integrantes. Por tanto, la mera observación no puede constituir un objetivo de la misión. Tampoco puede limitarse ésta a la supervisión del cumplimiento de un acuerdo de alto el fuego por cuanto, hoy por hoy, este alto el fuego refleja más una situación coyuntural que un acuerdo formal con el que las partes se hallen realmente comprometidas. En realidad, la decisión tanto de Hezbolá como de Israel de detener los combates es puramente táctica y, por ello, sumamente volátil, por lo que podría cambiar en cuanto lo hiciera la percepción psicológica de ambas partes respecto a los costes y beneficios de mantener dicho alto el fuego.

Por un lado, Israel ha constatado que ocupar Líbano hasta el río Litani era muy costoso en términos militares y de imagen internacional sin que ello garantizara la seguridad de su población frente a los lanzamientos de cohetes de Hezbolá. Por otro, Hezbolá ha querido capitalizar el éxito de haber resistido eficazmente al Ejército israelí antes de ver su milicia derrotada militarmente; su zona de influencia, ocupada y arrasada por el Ejército israelí, y su población de referencia, desplazada de forma permanente.

¿Para qué debería servir, pues, la misión además de para separar físicamente a las dos partes? Claramente, la misión de la ONU sólo tendrá éxito si ofrece a los contendientes una estructura de incentivos en la que los costes de reanudar el enfrentamiento sean superiores a sus beneficios o, dicho de otra manera, si tanto Hezbolá como Israel pueden servirse de la ONU para lograr, siquiera parcialmente, algunos de sus objetivos. ¿Cuáles serían estos objetivos?

Desde el punto de vista de Israel, éstos están claros. En primer lugar, Israel necesita garantías de seguridad: ello implica tanto verse libre de ataques como el que inició este conflicto (en el que murieron ocho soldados, resultaron heridos dos y fueron secuestrados otros dos) como de la amenaza que supone el lanzamiento indiscriminado de cohetes sobre su territorio (unos cohetes con cada vez más alcance y poder destruc-tivo gracias al apoyo iraní y que tienen unos costes económicos y psicológicos inaceptables para los israelíes).

En segundo lugar, con apenas seis millones de habitantes, una de las densidades de población más altas del mundo y una configuración de fronteras que hacen su territorio muy difícil de defender, Israel necesita la paz más que sus vecinos. Prueba de ello es que Israel está en paz, se ha reconciliado y ha devuelto territorios a aquellos de sus vecinos que reconocen su derecho a la existencia. Así ha ocurrido desde luego con Egipto, Jordania y (eso creíamos todos hasta el comienzo de esta crisis) con Líbano.

Por tanto, Israel tiene dos vías para garantizar su seguridad: una bélica, muy costosa y poco eficaz, que consiste en mantener una zona de seguridad en el sur de Líbano; y una pacífica, muy eficaz pero muy incierta, que consiste en esperar que la comunidad internacional establezca dicha zona de seguridad y facilite un acuerdo por el cual Hezbolá se desarme y se integre en la vida política libanesa.

El problema es que no sabemos qué es lo que quiere Hezbolá. En realidad, no sabemos hasta qué punto Hezbolá existe como un actor autónomo o es simplemente un peón en el tablero en el que Siria e Irán juegan contra EE UU, la Unión Europea e Israel. Si Hezbolá fuera un actor independiente, podríamos suponer que su objetivo consistiría en maximizar su influencia en la política libanesa (lo que le llevaría a abandonar las armas e integrarse plenamente). Pero si Hezbolá es sólo un peón de otros, lo que querrá es preservar su autonomía (y así poder seguir sirviendo eficazmente a Irán y Siria), para lo cual necesita mantener su milicia armada y presta al combate. En este segundo escenario, las tropas españolas y europeas podrían ser rehenes de la voluntad de Irán en un momento en el que las negociaciones con este último país acerca de su programa nuclear pueden desembocar en sanciones (e incluso, como se especula en ocasiones, en un ataque unilateral de EE UU o Israel). La situación de peligro e indefensión en la que quedarían nuestras tropas en un escenario en el que el Consejo de Seguridad dictara sanciones contra Irán y, a continuación, Hezbolá, incitado por éste, hostigara a Israel con el lanzamiento de cohetes o atacara directamente a las tropas europeas allí desplegadas no es difícil de anticipar. Israel probablemente se vería obligado a responder a dichos ataques, pudiendo incluso alcanzar involuntariamente a las tropas de Naciones Unidas (como ya ha ocurrido durante esta reciente crisis), abriéndose así una crisis entre la UE e Israel de la que el régimen iraní saldría beneficiado.

En consecuencia, si Hezbolá es independiente y quiere integrarse en la vida política libanesa, su desarme no lo llevarán a cabo las fuerzas europeas (sino el Ejército libanés) ni éste tendrá lugar de forma pública, para que no parezca una derrota, por lo que las tropas españolas estarán de más (aunque no correrán peligro). En caso contrario, si Hezbolá quiere mantener su autonomía, preservará su armamento, sin que las fuerzas europeas tengan ni el mandato ni la voluntad de imponerle su desarme. En este segundo caso, las tropas españolas se encontrarán interpuestas entre dos enemigos, pero sin capacidad de disuasión, por lo que también estarán de más (aunque sometidas a riesgo). Finalmente, si las hostilidades se reanudan, las tropas españolas poco podrán hacer para imponer un nuevo alto el fuego, garantizar la seguridad de Israel o proteger a la población civil libanesa.

Lo que nuestras tropas van a hacer a Líbano no lo decidirá, pues, España, sino que depende en gran medida de lo que Israel, Hezbolá, Irán o el Gobierno libanés decidan hacer. De ahí las dudas e incertidumbres y los peligros que rodean a esta misión.