¿A quién beneficia que España se rompa?

La España democrática ha sido, desde finales de los años 70 del siglo XX y a pesar de todas sus deficiencias, una historia de éxito. No hay más que mirar las cifras de crecimiento neto, de incremento de la renta per cápita, el Estado de bienestar, nuestras grandes empresas o éxitos deportivos, o el mero proceso de transición pacífica de la dictadura a la democracia para poder estar orgullosos. Existen y han existido claros y oscuros, como en la historia de cualquier otra nación, pero aspirar a que en una trayectoria histórica tan larga como la nuestra no aparezca ninguna sombra es muestra de la más exquisita ingenuidad. ¿Entonces? ¿Por qué romper este proyecto? Hagámonos pues la pregunta clásica para estos casos… Qui prodest? ¿A quién beneficia?

¿A los españoles? No ciertamente, incluidos a los catalanes y a los vascos. Hace cuatro años la Fundación Progreso y Democracia editó un libro colectivo con el título A favor de España: los costes de la ruptura, donde un grupo de expertos (por cierto incluidos un buen número de vascos y catalanes) analizaban los costes de romper España desde variados enfoques y puntos de vista (económico, comercial, social, cultural, político, histórico…) llegando a una conclusión aplastante: resultaba contraproducente para todos. Este debate se encuentra sin embargo ausente (no por casualidad) en el mundo nacionalista donde se venden paraísos artificiales todo-a-cien, sin gran fundamento.

No resultaría aventurado afirmar que la mayoría de los catalanes (y no digamos nada los sobre-financiados vascos) dirían con toda seguridad después de la independencia: “Contra España, vivíamos mejor”. De hecho, este proceso sólo consigue dividir y enfrentar a ciudadanos con ciudadanos, familias con familias, debilitar la sociedad y distraernos del verdadero objetivo: crecer en equilibrio, progresar y desarrollarnos. Pero es que además, el enfrentamiento y la división aparecen siempre (en presencia o en potencia) como la antesala de la violencia, un peligro que haríamos bien en prevenir, pues hemos tenido ya por desgracia demasiados ejemplos.

¿A los europeos? Menos que a nadie, aunque se hayan parado poco a pensarlo. Los europeos (y los españoles lo somos) no parecen querer aprender de sus errores pues la I y la II Guerra Mundial (y civiles europeas), lo mismo que nuestra guerra civil (también europea), se desencadenaron esencialmente por excesos nacionalistas. Cada vez que el nacionalismo prevalece en Europa reverdecen conflictos internos olvidados, con el mismo resultado de siempre: ellos (nuestros competidores) ganan, nosotros perdemos.

Lo cierto es que hoy, como ayer, una España débil no le conviene a Europa, máxime siendo frontera de las dos zonas con más diferencia de renta del mundo. Es más, la destrucción de España sería probablemente la antesala de la destrucción de Europa pues tendría un peligroso efecto contagio sobre otros países que antaño pensaban, esta vez ingenuamente ellos, que estaban libres de tan tremenda y antigua enfermedad: ¿cuántos territorios en Europa (y en Estados Unidos) cumplen parecidas o similares condiciones a las de Cataluña y el País Vasco? ¿Y al resto del mundo? Les sería incluso más pernicioso aunque algunos crean que no va con ellos. En primer lugar, porque una España fuerte es también un requisito esencial para el equilibrio y estabilidad geoestratégica del mundo, por de pronto debido a su posición geográfica de centralidad (extiendan en mapamundi en una mesa y verán qué pasa), pero también por su influencia cultural e idiomática a lo largo del eje Europa-África-Asia-América. Pero es más, en 1945 cuando se crean las Naciones Unidas había cincuenta y un miembros (España, por cierto era uno de ellos); hoy existen casi doscientos. ¿No conviene al interés general que fijemos de una vez un límite a tanta desmembración? Las Naciones Unidas deberían empezar a dar premios y ayudas económicas a las naciones que permanecen unidas, aunque sean internamente complejas desde el punto de vista étnico o cultural pues si la tendencia que prima es la de contar con naciones culturales y étnicamente homogéneas, entonces deberíamos prepararnos para llegar al menos a 3.500 miembros de las NNUU, que es el número aproximado sólo de lenguas en el mundo. Nos jugamos no solo la estabilidad geoestratégica, sino el desarrollo sostenible y la paz duradera.

Pero es que además, si la aventura secesionista saliera mal, ¿quién estaría dispuesto a asumir la responsabilidad de tamaño fracaso frente a la (ingenua) sociedad y ante la historia? Los costes de romper España ya han sido analizados, pero nadie querrá pagarlos y hacerse responsables de ellos; los separatistas menos que nadie. Antes encontrará (de nuevo) un chivo expiatorio al que echarle las culpas de su altanería y errores de cálculos.

En conclusión, aunque el nacionalismo se presenta bajo la fórmula “nosotros (los separatistas) ganamos, ellos (el resto de españoles) pierden”, en realidad produce un juego del tipo: “todos nosotros (los españoles) perdemos, otros (nuestros competidores) ganan”. Cuando hemos estado divididos, otros nos han conquistado o dominado, antes lo hicieron militarmente, hoy lo harán comercial, cultural y financieramente. Una España dividida perdería peso e influencia en el mundo y en Europa. Por contra, el deporte es un claro ejemplo de que existe otro modelo alternativo pues cuando actuamos unidos: “Todos ganamos”.

Desde Caín y Abel se constata que la mayor parte de los conflictos (sobre todo los más graves) suelen surgir en el seno de las mejores familias. Hasta aquí nada extraño, pero en pleno siglo XXI, ni España ni el mundo están para experimentos. Ya lo decía san Ignacio: “En tiempos de turbación, no hacer mudanzas”. Lo que estos tiempos demandan es el proceso inverso, el que recupere el valor de lo que nos une y nos ha unido. ¿Por qué? Porque es lo que más nos interesa y provee mayor seguridad y progreso. Decía a este respecto Salvador de Madariaga en 1979:

“La Segunda Guerra Mundial tiene que abocar a una era de grandes familias de naciones. No es este el momento para dividir una nación ya hecha, sino para integrarla en una nación mayor. No es el momento para multiplicar las republiquitas sino para federar los continentes”.

Setenta años más tarde se ve que aquí seguimos sin enterarnos. Más autocrítica y asunción de la responsabilidad propia y menos manipulación narcisista y búsqueda de chivos expiatorios artificiales.

Alberto G. Ibáñez es doctor en Derecho y en Ciencias de las Religiones y autor del libro ‘La conjura silenciada contra España’.

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