A quien me juzga mientras jugueteo con el móvil

QUERIDO JOËL DICKER:

No te conozco personalmente, pero permíteme que responda a la carta abierta que has escrito a todos aquellos con los que te cruzas por la vida y que te incomodan por el mero hecho de llevar en la mano un teléfono inteligente y no un libro bajo el brazo. Supongo que, preferiblemente, uno tuyo.

Me cuesta mucho criticarte porque en el texto queda claro que amas la lectura e intentas transmitir ese amor. Es una querencia poderosa y mágica que une a todos los que la compartimos en una hermandad invisible. Quiero que mis hijos sean lectores, como lo somos sus padres, y en mi casa intentamos transmitirles esa pasión día a día.

El problema es que en tu carta das por hecho que los usuarios de teléfonos inteligentes no leen porque pierden muchos de sus preciados minutos en mirar redes sociales como Facebook e Instagram y en una supuesta aplicación de noticias que, al parecer, la gente mira de forma compulsiva y monógama.

Tal vez no contabas con un hecho interesante: ¡muchos leemos con el móvil!

Como eres un escritor suizo de éxito, quizá no conozcas el Observatorio Nacional de las Telecomunicaciones y la Sociedad de la Información (Ontsi) de España y su informe sobre contenidos digitales del pasado mes de julio. Es muy revelador y te ofrecerá información interesante sobre a qué dedicamos nuestro ocio digital.

El dato más bonito de ese informe es que la lectura de libros electrónicos está entre los primeros diez usos de Internet que le viene a la gente a la cabeza, incluso por delante de los videojuegos. Según sus tablas, un 23,5% de la población lee libros electrónicos y un 9,2% lo hace a diario.

El podio está compuesto por el visionado de fotos digitales, el uso de aplicaciones y las noticias en Internet. Yo me gano la vida con este apartado, y es agradable ver que casi la mitad de los españoles lee a diario medios digitales y que la mitad del tráfico procede del móvil. A partir de ahí, nos encontramos las redes sociales, los contenidos audiovisuales, la música, las lectura de webs y los programas para compartir archivos.

Pero volvamos a la lectura de libros, que ocupa una dignísima décima posición. Es cierto que sólo un 2,1% de los lectores reconoce usar el móvil para consumir libros, como hago yo, frente al 15,6% de usuarios que dice preferir los lectores específicos y un 5,8% que recurre a las tabletas. Sin embargo, creo que el número de lectores que irá migrando a los móviles, a medida que éstos tienen pantallas más y más grandes, va a ir en aumento.

Y si todos estos datos son ciertos, si más del 9% de los españoles lee libros digitales a diario, estamos ante una magnífica noticia.

Tu tiempo es tuyo

Pero no sólo te respondo por eso, sino también para compartir contigo una preocupación mayor que me viene a la cabeza leyendo tu carta, y es la molesta tendencia de una parte de la población a intentar regir el uso legítimo del tiempo de que dispone el resto. ¿Hay gente que procrastina con el móvil? Otros hacen zapping, dedican la tarde a jugar a las cartas en el bar o piratean Juego de Tronos para verla tres días antes que el resto. Todo igual de legítimo.

En mi caso, el número de usos que hago del móvil tiende a infinito, y a menudo son formas de ahorrar tiempo o mejorar mi productividad. Juan, el dueño de mi bar mañanero, el Marilyn, se ríe de mí mientras me sirve el café. Me ve abstraído, recién depositados los niños en el colegio, comprobando el BOE, leyendo con fruición los reportajes que hemos escrito en EL ESPAÑOL o disfrutando, a veces con rabia por no haberlos hecho yo, los que han elaborado los medios de la competencia.

Juan me mira con sorna, da igual que esté leyendo un informe sobre el Popular, comprobando los movimientos del banco, respondiendo correos electrónicos, o transmitiendo instrucciones a mi equipo sobre la jornada por Whatsapp. “Despacho más trabajo en media hora con el móvil que mucha gente en toda una mañana”, le digo si se pone demasiado guasón sobre mi apego a la pantallita.

Y, por supuesto, también pierdo el tiempo, casi todo debido a mi reciente afición al Clash of Clans o a mi fascinación por los tuits de Donald Trump.

Para colmo, creo que el transporte público es el ámbito perfecto para el móvil. Partidas rápidas, lecturas breves, transacciones cortas, correos instantáneos, una foto aquí y otra allá. Y, claro está, un buen libro si la situación lo merece y el viaje es largo. Ahora mismo estoy aprovechando de las vacaciones para leer Nos4a2, de Joe Hill. En la playa, si el tiempo acompaña, o en el banco del parque si la cosa se nubla.

Porque mi tiempo es mío. Muchos amigos me preguntan, a menudo, cómo tengo suficiente como para ver tantas series, habida cuenta que tengo una familia a la que intento prestar atención, un trabajo muy absorbente al que dedico casi toda mi vida y otras aficiones. La respuesta es sencilla: apenas veo televisión en abierto y, cuando lo hago, es para ver algo concreto con una duración específica.

Pero tampoco digo a nadie que deje de ver la tele o que la tire a la basura. Que cada palo aguante su vela y dedique sus horas a lo que considere oportuno. Incluso a perderlo.

Miguel Ángel Uriondo, periodista.

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