A quienes los dioses quieren destruir, primero enloquecen

Uno de los grandes ensayistas políticos de todos los tiempos escribió que “todos somos capaces de creer cosas que sabemos que son falsas [indefinidamente, hasta chocar con la realidad.] (George Orwell).

Así, en la Guerra de los Seis Días, Siria atacó a Israel un lunes persuadida por su propia propaganda de que la victoria estaba cerca. El sábado ya había perdido la guerra y los altos del Golán.

El Brexit, según sus muchos entusiastas defensores, iba a reforzar y enriquecer al Reino Unido. Más de un año después no hay equipo de negociación, estrategia conocida, palancas de persuasión ni nada de nada. El resultado del Brexit es un fiasco autoinflingido. Martin Wolf, del Financial Times, describe la situación citando a Sófocles: “A quienes los dioses quieren destruir, primero enloquecen, así es ahora con el Brexit”.

Las clases populares que apoyaron a Donald Trump querían “drenar el pantano” y echar a las élites del gobierno. La realidad que han encontrado es un gobierno Trump elitista hasta lo absurdo: sus miembros son billonarios que acumulan una fortuna total de más 14.000 millones de dólares.

En Cataluña, en el largo camino hacia la Declaración Unilateral de Independencia, la separación estaba al alcance de la mano, la desconexión en marcha y se había pasado pantalla. No importaba que el proceso se realizase con el 47,8% de los votos; que los dirigentes independentistas tuviesen una muy baja experiencia de gestión; que su obra de gobierno fuese invisible; que la Unión Europea hubiese anunciado su oposición frontal a la independencia o que crear un Estado sea un ejercicio que requiere tiempo, fuerza, líderes competentes y una gigantesca cantidad de recursos.

Nada de eso importaba. Cientos de miles de catalanes recibieron la declaración de independencia con un brindis, convencidos de que nacía una nueva República. Para muchos estaba proclamada, ergo Cataluña era una República.

Pero el resultado fue una gran nada: ni estructuras de Estado ni plan ni actividades ni nada de nada. Un gigantesco y, en ese momento, sorprendente gatillazo.

¿Cómo es posible que tantas y tantas personas pensasen que la independencia estaba conquistada? La respuesta la encontramos tanto en Cataluña como en España.

Podemos ver como en Cataluña la prioridad de los Governs ha sido la de impulsar relatos o conseguir más recursos vía negociaciones: el gran evento de cada ciclo político era obtener un nuevo pacto fiscal, como quien espera la subida del Nilo para la siembra. Legislativamente, la prioridad ha sido proclamar leyes del audiovisual, de seguridad, de derechos humanos, de relaciones internacionales y de casi todas las áreas de actividad humana con casi nula carga legislativa y con una pesada carga simbólica.

Así, en Cataluña, casi todas las grandes batallas políticas han sido simbólicas, dialécticas, de debate, persuasión, alejadas de la gestión y muy adentradas en el mundo de las ideas.

Todo en un ecosistema local en el que los líderes públicos se han dedicado desacomplejadamente a adular a los votantes, a decirles que siempre tienen razón y a no contradecirles. Esta forma de funcionar se ha forzado tanto que en Barcelona se ha llegado a supeditar la ingeniería a los temores de la población y, así, el túnel de la Sagrada Familia era peligroso porque así lo percibían “los vecinos”. A Eiffel le hubiese sangrado la nariz.

Mientras todo esto ha ido ocurriendo en el Condado de Barcelona, la clase política estatal ha renunciado a realizar una sola propuesta transformadora respecto a Cataluña. A contrariis, a cada proyecto catalán, sea reorganizar el área metropolitana de Barcelona, descentralizar los puertos y aeropuertos o federalizar España vía un Estatut, la respuesta ha sido invariablemente una negativa, dilación o recorte.

En términos de sentimientos identitarios la política estatal ha sido inepta y obtusa. Así, por ejemplo, el Instituto Cervantes no promociona el catalán y el PP corteja la falsa idea de que el catalán y valenciano son idiomas diferentes. Tampoco hemos oído a ningún presidente español dirigirse a España en catalán o proponer que el catalán sea idioma oficial en el Senado.

El resultado es que mientras ha existido una política estatal defensiva o inexistente, una parte relevante de la clase dirigente catalana y de su ciudadanía ha confundido el relato con la realidad, el activismo con la política y la voluntad con los hechos. Demasiados han confundido un proceso político de extraordinaria gravedad e impacto con organizar manifestaciones.

Es por todo esto por lo que España debería ejercer una política transformadora y proactiva que conecte con los sentimientos de una mayoría de catalanes, se reconcilie con una parte de los independentistas y genere un consenso democrático sólido, en la línea de lo que propone The Economist y otras publicaciones. En Cataluña tiene que haber un cambio de cultura política que promueva honrar la gestión, los datos y la democracia representativa. Si no, seguramente volveremos a tener una nueva gran crisis catalana, con el riesgo de que esta vez los dioses nos destruyan por irresponsables.

Marc Murtra es ingeniero industrial y MBA.

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