A Rajoy le hubiese gustado decir

Mariano Rajoy Brey, actual presidente del Gobierno de España, no le ha gustado ni un ápice tener que tomar las medidas que ha tomado para poder enderezar la nave de la economía española. A Mariano Rajoy, en realidad, le hubiera gustado gobernar en un momento de más desahogo económico. Por ejemplo en 2004, cuando parecía que todo lo llevaba a La Moncloa. Sin embargo, los renglones torcidos de Dios le han situado al frente de España en uno de los peores momentos imaginables. Si hubiera podido escoger en qué momento asumir la responsabilidad de gobernar, seguro que nunca habría pedido coyuntura semejante a la que ahora lidia. No lo dude el lector: Rajoy hubiese preferido no tener que adoptar y anunciar el paquete de medidas y recortes con el que pretende que España se ahorre de aquí a 2014 unos 65.000 millones de euros.

Se le pueden reprochar muchas cosas al actual presidente. Una, que no acometiera estas medidas nada más llegar al Gobierno, en el primer trimestre de este año. Otra, que las afronte con cuentagotas, cuando sabemos que todavía faltan más tijeretazos. O que no aborde en serio la reforma del insostenible Estado de las autonomías. Incluso que no trate de reducir todavía más el ineficiente y elefantiásico aparato del Estado. Pero lo que no se le puede cuestionar es su compromiso por sacar a España adelante, tras una de las peores herencias que se han dejado nunca. Como tampoco se le puede, ni se le debe reprochar su interés por el bien común, al margen de su destino personal.

Hay quien mantiene que el actual Gobierno comunica mal. Es posible, aunque no lo creo. Eso va en función de lo que se entiende por comunicar. Tal vez confundamos la acción de informar adecuadamente con dar noticias malas. A este Gobierno solo le queda ofrecer un relato de sacrificio y esfuerzo que los españoles no queremos escuchar. Por eso dicen algunos que comunica mal. Comunicar es hacer comunidad, tender puentes. Y en ello, en estado de excepcionalidad social como el actual, es en lo que debiéramos afanarnos todos.

Llama la atención la contradicción que está protagonizando la sociedad española ante todo este fenómeno que vivimos. Por una parte se critican los recortes, al tiempo que se objeta que son insuficientes. Simultaneamos la censura al exceso y la reprobación a la falta de ambición reformadora. Es uno de los pecados actuales de España: no queremos afrontar la situación que nos toca. Y es solo desde el reconocimiento de las realidades vigentes como se puede regenerar y construir un nuevo tiempo. Se requiere para ello altura de miras, que implica no justificarse ni recrearse en la nefasta herencia recibida. La diferencia entre el estadista y el estratega de uno mismo radica en que el primero toma medidas aunque sean impopulares y aunque le cuesten el puesto. El otro, en cambio, solo atiende a coyunturas y carece de principios y perspectiva histórica, suele envolver en el papel de parafina de la demagogia un buen número de decisiones que terminan en caos, derrota y destrucción del orden social. Recordaba en una ocasión Helmut Kohl, padre de la actual Alemania y uno de los mayores impulsores de una Europa de la unidad y la prosperidad, que el buen político era aquel que comprobaba cuál era la dirección del viento y, si tenía que ir contra el viento, contra la corriente, lo hacía. A Rajoy le ha tocado gobernar y administrar España contra el viento y la marea.

Con una opinión pública que no quiere asimilar la situación. Con unos españoles instalados en la defensa de lo «mío» frente a lo que importa, que es lo «nuestro».

El Partido Socialista, mientras tanto, se desploma en las encuestas de valoración ciudadana. Pierde su fuerza en estériles luchas intestinas y todavía hoy no ha logrado decir a los españoles qué quiere hacer en los próximos diez años en la vida de este país. Los sindicatos, por su parte, se instalan en la ola contumaz de la demagogia, como si todavía viviésemos en los últimos días del siglo XIX. Y el día a día, tozudo, pertinaz, a veces vesánico, nos va desmoralizando a unos y obligando a resignarse a otros. Se agitan fantasmas del pasado, como si no hubiésemos ya superado estadios históricos que nos han llevado a cotas de bienestar y progreso impensables en su día. Se respira como una especie de regusto en la involución.

Pues fíjense bien: saldremos de ésta. Como el hombre ha sabido superar siempre sus dificultades: con esfuerzo, con sacrificio, con austeridad, con solidaridad y con más democracia. Probablemente, con más Europa, madrastra en todo este drama de la economía y la deuda, pero madre en el más ambicioso proyecto de ciudadanía que se haya alumbrado.

A Mariano Rajoy seguro que le hubiese gustado subir las pensiones, bajar impuestos, mejorar el salario de los funcionarios, ayudar a las empresas, favorecer el crédito. Es más, incluso, creo, sin riesgo a equivocarme, que siendo como es nieto de un nacionalista moderado, le encantaría pasar a la Historia como aquel que ha embridado el desbocado Estado de las autonomías. Desgraciadamente, esa nómina de buenos deseos no puede llevarlos a cabo el actual presidente de España. Le cambian el escenario con frecuencia. Hereda la peor España. Europa no ayuda y los españoles no quieren afrontar la realidad.

Tal vez sean estas las únicas líneas que se escriban hoy a favor de la comprensión de la acción del Gobierno. No le debo nada al presidente, pero me duele mi país y temo que nos deslicemos por la fácil rampa de la protesta irracional. Creo que Mariano Rajoy representa aquella derecha que definió el pensador francés JeanFrançois Revel: «Aquella derecha que defiende a los pobres contra la destrucción del aparato económico y la que defiende a la libertad contra el intervencionismo abusivo de un Estado aquejado de elefantiasis. Ya no es la derecha de los ricos contra los pobres».

Bieito Rubido, director de ABC.

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