A Sánchez se le atraganta el sándwich

La próxima semana se cumplirán dos años de la difusión, por EL ESPAÑOL, de la grabación, incluida en el sumario de la Operación Púnica, en la que Mauricio Casals, conseguidor político de Atresmedia, conocido en el sector como el Príncipe de las Tinieblas, admitía ante su compinche Rodríguez Sobrino, la manipulación a gran escala que estaba llevando a cabo: «El sándwich al PSOE con La Sexta funciona de cine».

Casals se refería a la sistemática potenciación de Podemos, por parte de Ferreras y su equipo, para favorecer la estrategia del miedo que había permitido a Rajoy sobrevivir a las elecciones de 2015 y 2016. Con ayuda de significados colaboradores, naturalmente dotados para asumir roles extremistas antagónicos, La Sexta había convertido sus programas en un teatrillo de títeres de cachiporra, en el que las dos Españas se atizaban de lo lindo, en beneficio del Gobierno y en detrimento de quienes representaban posiciones más centradas. En ese momento, el PSOE y, por supuesto, Ciudadanos eran los obviamente perjudicados.

A Sánchez se le atraganta el sándwichNada tendría de particular que eso hubiera sucedido y siguiera sucediendo, ahora con los roles cambiados entre PP y PSOE, si La Sexta fuera uno de los múltiples actores en un contexto de pluralismo televisivo, equivalente al que existe en la prensa o incluso, de manera restringida, en la radio. Pero la realidad es que el reparto de papeles dentro del duopolio que ha secuestrado la libertad de expresión, al servicio del enriquecimiento desmedido de sus propietarios y mandarines, había convertido a La Sexta en la concesionaria oficiosa única del debate político en la televisión.

Hasta el extremo de que, hoy por hoy -quién me iba a decir que tendría que reconocerlo por propia experiencia- sólo la pública, y en concreto RTVE, representa una alternativa que, al menos, mitiga el derecho de pernada, mediante el que, Vasile y Casals, deciden, cual señores medievales, quién puede salir y quién no en la pantalla.

El tinglado está montado de forma tan blindada que trasciende a los gobiernos, sobre la base de ponerse a su servicio, a cambio de que el chollo se perpetúe. Exactamente el mismo juego del «sándwich» que beneficiaba a Rajoy, ayudándole a agitar el espantapájaros de Podemos, viene reproduciéndose desde hace unos meses, con el foco sobre Vox, para ayudar a Sánchez a demonizar a «las tres derechas». Casado y de nuevo Rivera, son ahora el relleno del sándwich que está a punto de zamparse Sánchez, mientras -oh, paradojas del destino- Iglesias denuncia que ha sido relegado al mero papel de ponerle la servilleta.

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La interesante conversación que hoy mantiene con Lorena G. Maldonado en EL ESPAÑOL prueba que el líder de Podemos es lo suficientemente inteligente como para no caerse ahora del guindo. Su amago de trifulca del otro día con Ferreras, no fue sino un paripé que iluminó sólo una parte de la farsa. Si Casals le explicaba a Rodríguez Sobrino, en 2017, lo del “sándwich”, era para que entendiera por qué no podría contar con Podemos, a la hora de apretar las tuercas a Crehueras, presidente de Planeta, para que fuera más beligerante en la ofensiva encaminada a tapar el escándalo del Canal de Isabel II, en el que estaba metido hasta las cejas.

A Iglesias no le gusta, claro, haber pasado de aporreador a aporreado. Pero no cuestiona un guiñol multimillonario, en el que las cloacas del Estado suministran alternativamente munición contra unos y otros. ¿Acaso no salieron el vídeo de Cifuentes y el audio de Lola Delgado del mismo cajón que los documentos sobre la supuesta financiación chavista de Podemos? Los dioses de la audiencia siempre tienen sed, como sabe todo buen lector de Anatole France.

Iglesias sólo pone en solfa a quien maneja la cachiporra que le zurra la badana, e incluso limita benévolamente el papel de Ferreras al de «protector» de una de sus criaturas televisivas; cuando, en realidad, ejerce de guionista y productor asociado de lo que es una concesión minera en régimen de exclusiva. Por eso, no escucharemos al líder de Podemos incluir, en su cruzada contra los abusos del capitalismo, la denuncia del cartel oligopólico desde el que, en mucha mayor medida que la banca o las eléctricas, Atresmedia y Mediaset vienen pisoteando, con el descaro de quienes se sienten intocables, las reglas más básicas del derecho de la competencia.

La actualidad brinda, por cierto, a Iglesias una magnífica ocasión de tumbar mi pronóstico. Justo en este momento arrecian las presiones gubernamentales para que el expediente de la CNMC contra el duopolio televisivo -en el que han quedado requeteprobadas sus tropelías para quedarse con la mayor parte de la tarta publicitaria, abusando de su posición de dominio y condenando a la quiebra a los demás canales- se salde con un bochornoso borrón y cuenta nueva. Si la postura firme de ese alto funcionario ejemplar que es su presidente, Marín Quemada, y el grupo de consejeros partidarios de aplicar la ley e imponer la multa adecuada a la gravedad de los hechos, es finalmente derrotada, sólo quedará entonar un requiem por el derecho de la competencia y pedir, al menos, la pudorosa desaparición de esa Comisión Nacional, transformada en amiga de la mafia.

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Con este telón de fondo, en el que tantos millones hay en juego, en cuanto se convocaron las elecciones, Casals, Ferreras y asociados se apresuraron a ofrecer a Sánchez lo que Sánchez quería. Lo mismo que, por cierto, emplató Vasile en la cocina de Bertín: el pim, pam, pum de las «tres derechas», único argumento con el que la exitosa campaña socialista viene movilizando a la izquierda. La propuesta del debate a cinco tenía la gran ventaja para sus promotores de que TVE, por las mismas razones invocadas por la Junta Electoral, nunca podría emularla.

La televisión pública, sometida a un estricto control legal durante la campaña, no está para impulsar el juego de la «profecía autocumplida», al que con tanta pericia se ha entregado el CIS. Una cosa es que, como escribió Lope de Vega, haya «cortesanos astrolabios que tomen la altura al Polo con mentiras» y otra que RTVE pueda soslayar las disposiciones de la LOREG.

Ivan Redondo y su equipo, tildados ya como the best and the brightest, en referencia al grupo de asesores superdotados que llevó a Kennedy al poder, se las prometían muy felices con la fórmula adoptada: un único debate a cinco, organizado por Atresmedia, por delegación del duopolio, cerraría la campaña más efímera y fugaz de la historia democrática. A Sánchez le bastaría contestar en bloque a la hidra de tres cabezas para que nadie se fijara demasiado en lo que dijera cada uno. Tanta era también la alegría chez Tinieblas que incluso se escenificó un ridículo sorteo de turnos y atriles, tipo Champions, para acrecentar la banalización de la política espectáculo.

Pero llegó la Junta Electoral y mandó parar. La decisión era discutible pero estrictamente acorde a la legalidad y no quedaba otra que acatarla. Entonces Sánchez, el Comité Electoral del PSOE y, por supuesto, «the best and the brightest«, se pusieron estupendos y se pasaron de frenada. En lugar de mantener el compromiso de acudir al debate ya programado, aunque faltara uno de sus componentes, pretendieron hacer de la necesidad virtud y afianzar su identificación con «lo público», trasladando el duelo a TVE para, según su justificación retrospectiva, «no ceder el privilegio a un canal privado».

Tratando de tapar una brecha, abrieron otra porque los servidores del Príncipe de la Noche no podían conformarse con que les quitaran el caramelo de la boca, cuando llevaban una semana cebando a la audiencia. Atresmedia mantuvo la convocatoria para el martes 23 y Casado, Rivera e Iglesias se encontraron con el regalo de poner en un brete a Sánchez: si no acudía, debatirían ante una silla emblemáticamente vacía.

Entonces, Sánchez y los suyos empeoraron todavía más su situación, poniendo de relieve que no hay peor clamidia que la silenciosa infección de la prepotencia, e incurrieron en el pecado mortal de presionar a Rosa María Mateo, precaria administradora única del ente público, para que TVE moviera su debate del lunes al martes, bloqueando así la ventana de Atresmedia. Mateo se plegó a ese capricho y Sánchez incurrió incluso en la chulería de alardear de que acudiría ese día a TVE, hicieran lo que hicieran los demás, aunque fuera para debatir consigo mismo.

Fue en ese momento, en plena diáspora del Jueves Santo, cuando surgió un protagonista colectivo inesperado: los periodistas de RTVE. Tanto se había repetido el estereotipo de que sus jefes los habían puesto al servicio del sanchismo, de igual manera que los anteriores responsables ejercieron de perros de presa del marianismo -y vaya que si lo hicieron-, que en Moncloa y en Ferraz terminaron por creérselo. Todavía queda en el rostro del presidente una mueca de estupor ante la rebelión de quienes resultaron ser esclavos sólo imaginarios.

El comunicado de los Servicios Informativos, reivindicando la «imparcialidad», frente a la pretensión de «un único partido», y la pública toma de postura de su rostro más conocido, Xabier Fortes, quien acababa de predicar con el ejemplo, al moderar, con gran ecuanimidad, el tenso debate en el que Cayetana y Arrimadas se las tuvieron tiesas con Rufián y las dos Montero, dejaron sin tierra bajo los pies a the best and the brightest.

A Sánchez y sus cráneos privilegiados no les quedaba otra que lidiar con una grave crisis en RTVE en el peor momento -Mateo habría tenido que dimitir- y aparecer como culpables de que no se celebrara ningún debate, o bajarse del burro y aceptar que hubiera dos. Se resignaron a lo segundo -la posición de Iván Redondo fue, al parecer, decisiva para ese aterrizaje en la realidad que desbloqueó la situación- pero la ira con que fue redactado el comunicado del viernes, lo convierte en munición para sus contendientes.

Al margen de la sinsorgada -que dirían en Bilbao- de disociar la voluntad del líder de la de su Comité Electoral, ¿de verdad cree Sánchez que celebrar «dos debates en dos días consecutivos», tal y como, por cierto, ocurre en todas las grandes ocasiones parlamentarias, es «un manifiesto error impropio de una democracia establecida»? ¿No será más bien que el presidente teme que este formato permita que lo que cada uno diga el lunes pueda ser revisado y documentado el martes?

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Nadie podrá decir, en todo caso, que las festividades religiosas no han traído milagros este año. La multiplicación de los panes ha convertido un único debate a la medida del Gobierno en dos, a cual más incómodo; tras el Domingo de Resurrección revive una campaña que se daba ya por muerta; y el triunfo del periodismo, que han hecho posible los compañeros de RTVE, recuerda aquellos viejos buenos tiempos en los que la búsqueda de la verdad era el pórtico de la ascensión a los cielos.

Concluyamos, sin embargo, con la advertencia de Cervantes, en el Persiles, de que no se deben confundir los milagros con los misterios porque «los milagros suceden fuera del orden de la naturaleza y los misterios son aquellos que parecen milagros y no lo son, sino cosas que acontecen raras veces». Y es que, en efecto, hay pocos precedentes de que quienes han llegado a creerse «los mejores y los más brillantes» actúen tan en contra de sus propios intereses. Aleluya, que esta Semana Santa ha venido con octava y a Sánchez se le ha atragantado el sándwich.

Pedro J. Ramírez, director de El Español.

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