A solas con Santa Teresa

A solas con Santa Teresa

La diversidad étnica de la España imperial convivió con una obsesión por la limpieza de sangre. Es decir, el descubrimiento de un ancestro judío constituía un estigma, pues empañaba un linaje para siempre y vedaba el acceso a numerosas instituciones religiosas. De ahí las cautelas del Libro de la vida (1564-1565), escrito en plena madurez espiritual de Teresa de Ávila (1515-1582). La memoria del procesamiento inquisitorial del abuelo pesaría como una losa. Tras la muerte de la monja, sus seguidores ocultaron su origen converso, que no fue descubierto hasta el siglo XX. Conocido el dato, hoy entendemos mejor la angustia vital de Teresa.

Los santos suelen considerarse a sí mismos grandes pecadores. Sin embargo, nadie pone el listón tan alto como ella. Su Vida hace de la autocrítica un arte. Como explica Alison Weber, la autobiografía insiste (dos, incluso tres veces por página) en su mala memoria, debilidad, maldad e ignorancia, así como en sus graves pecados. Solo en los primeros cinco capítulos, Teresa se describe como «ruin» en ocho ocasiones. Abundan expresiones del tipo «mujercitas como yo, flacas y con poca fortaleza». Dada su vulnerabilidad como extática de origen converso, estos tópicos de humildad eran una necesidad vital.

¿A qué culpas se refiere? En primer lugar, a la lectura de libros de caballerías, rebosantes de fábulas de amores y violencia. Se trata de una afición juvenil, heredada de su madre, que era muy corriente en la época (aparece también en la Autobiografía de Ignacio de Loyola). En segundo lugar, Teresa confiesa que se atrevía a muchas cosas contra la honra y contra Dios. Aunque su Vida es críptica al respecto, puede que pecara contra el sexto mandamiento. Alarmado, su padre la metió en un convento en las afueras de Ávila. Teresa tenía entonces dieciséis años.

Si bien a esta edad aún no sentía una vocación religiosa, «también temía el casarme», reconoce. Sin duda le influiría el recuerdo de su madre, muerta de parto, tras diez embarazos, antes de cumplir los cuarenta. Cristina Morales hace hincapié en el trauma de la orfandad materna. Pese a sus dudas, Teresa se forzó con la ayuda de Dios: «Vine a ir entendiendo la verdad… de que no era todo nada, y la vanidad del mundo, y cómo acababa en breve». Décadas antes del Barroco, su Vida ya utiliza la retórica del desengaño.

La falta de mentores acentúa esta sensación de abandono: «Yo no hallé maestro, digo confesor, que me entendiese, aunque lo busqué». Al igual que Sor Juana, que la cita como modelo, Teresa fue autodidacta. Ambas brillaron tanto que sus sucesivos confesores no pudieron eclipsarlas, aunque lo intentaron. Por eso aprendieron sin más maestros que los mismos libros. Pero Sor Juana se inclinaba por los conocimientos seculares; Teresa, en cambio, por la teología, aunque finge no saber escribir la palabra («mística teulogía», dice).

Ejemplos como este han alimentado la especie de que Teresa escribe mal. Y que, por tanto, no debería ser juzgada como literata, sino como religiosa. Desde luego no se expresa con la elegancia de su discípulo San Juan de la Cruz o su editor Fray Luis de León. Pero las críticas son injustas. Por los motivos expuestos, Teresa escribe con rusticidad deliberada. Es una estrategia defensiva: quiere parecer una pobre mujer. Por otra parte, en su inmenso epistolario se desdice de esta imagen y construye una voz de plena autoridad.

Además, su Vida aborda con delicadeza los éxtasis místicos, una de las experiencias humanas más difíciles de describir: «Estando ya mi alma que no podía sufrir en sí tanto gozo, salió de sí y perdióse para más ganar». Teresa enfatiza la oposición entre sufrimiento y placer, pérdida y ganancia, cuerpo y alma. Muestra un gusto prebarroco por conciliar polos opuestos. Su centella mística surge del choque de extremos.

Otro tanto sucede en uno de sus pasajes más célebres, la transverberación o herida espiritual: «Veíale [al ángel] en las manos un dardo de oro largo … Este me parecía meter por el corazón algunas veces, y que me llegaba a las entrañas». ¿Qué necesidad hay de abrir los ojos al mundo cuando uno solo tiene ojos para Dios? Ninguna, parece responder la escena, de una gran plasticidad. No es casual que inspirara a Bernini, que esculpió a Teresa en éxtasis con los ojos entornados.

Pero la visión interior más completa la alcanza en el último capítulo, donde retrata a Dios con otra metáfora radiante: «Digamos ser la Divinidad como un muy claro diamante… y que todo lo que hacemos se ve en este diamante, siendo de manera que él encierra todo en sí». El diamante teresiano es un precursor del Aleph, un mapamundi moral que contiene toda acción, todo espacio y todo tiempo. Anticipándose de nuevo a Borges, Teresa también compara a Dios con un espejo.

Los ejemplos anteriores no revelan falta de creatividad. Todo lo contrario: deslumbran por su exuberancia, originalidad y claridad visual. A diferencia de Sor Juana, olvidada durante siglos, Teresa ha sido estudiada sin interrupción desde su muerte. Con el tiempo, hemos incorporado a otras escritoras al canon del Siglo de Oro: María de Zayas, Ana Caro… Pero Teresa sigue siendo la más importante y querida. Por eso Ávila entera continúa volcada en su figura.

Hoy se cumplen 440 años de su muerte. Aprovecho el aniversario para animar a leer su Vida y para felicitar a las Teresas en el día de su santa.

Luis Castellví Laukamp es profesor de literatura española en la Universidad de Manchester.

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