¿A ti te parece normal?

La acera que conduce a mi domicilio es bastante estrecha. Es fácil terminar en una caravana de peatones en donde nadie se atreve a adelantar. Hace unos días, fui testigo de una conversación inalámbrica. La mujer que me precedía gesticulaba con grandilocuencia. En un momento dado subió la voz: “¿A ti te parece normal?”, preguntaba. “De verdad, ¿te parece normal?” Me sentí interpelada. ¿Qué tenía que parecerme normal? Y sobre todo, ¿qué es eso de que algo nos parezca normal?

Es una pregunta cotidiana, una frase que he usado, que seguramente ustedes hayan usado también, pero no por su popularidad resulta menos significativa. Tras ella esperamos un juicio que nos reafirme en nuestro criterio, que nos digan: “No, no me parece normal”, y condenemos el comportamiento que nos había agraviado.

La normalidad tiene que ver con un valor extendido. En estadística, una distribución normal es aquella en la que la media, la moda y la mediana coinciden. Es decir, el valor que más se repite coincide también con la suma de valores dividida por la cantidad de datos, y con el número central de un conjunto de valores colocados en orden ascendente. No sería descabellado decir que en una distribución normal de comportamientos, el comportamiento que más se repite sería la moda y los comportamientos extremos se neutralizarían unos a otros. Entonces, cuando el 90% de la población española opina que el fraude fiscal está extendido en nuestro país, imagino que si la mujer preguntase si a ti te parece normal que tal o cual defraude a Hacienda obtendría una respuesta afirmativa. Entonces, ¿tendríamos que dejar de condenar la evasión de impuestos por su normalidad? He hecho trampa y me han pillado. Los datos del CIS —de agosto de 2021— decían que el 90% de la población opina que el fraude está extendido, no que los encuestados lo practicasen. Ante la pregunta de si sus conocidos declaran o no sus ingresos, la mayoría responde que todos, casi todos o bastantes. ¿Mentimos en las encuestas o nuestra percepción está condicionada por los abusos de quienes más tienen que periódicamente se van destapando?

Nos sobran motivos para creer en el fraude. Basta con conocer el constante aumento de la desigualdad. El sistema fiscal de la socialdemocracia tiene una función redistributiva. Sin embargo, desde hace más de 40 años la riqueza y la renta se van acumulando en un menor número de manos. Así lo ha vuelto a confirmar el Informe sobre desigualdad global que realiza cada cuatro años el Laboratorio de Desigualdad Mundial (World Inequality Lab). Este no es un problema exclusivo de España, como tampoco lo son otros comportamientos de dudosa catadura, ya sean las fiestas en pleno confinamiento o los insultos por parte de un máximo mandatario a los periodistas, pero volvamos al tema de la desigualdad. Si en una socialdemocracia aumenta la brecha de renta y riqueza cada año, algo no está funcionando como es debido. Al menos, no está funcionando de acuerdo con los valores de justicia social que la definen. Pero claro, una cosa son las definiciones y otra es la realidad. Hace ya algún tiempo, el filósofo Antonio Valdecantos, insistía en su libro Teoría del súbdito que no somos ciudadanos de distintos Estados, sino súbditos del mercado. El orden secular y el orden eclesial de otros momentos históricos, habrían dado paso al Estado y al mercado, que se presenta como heredero directo de la Iglesia. Para Valdecantos no hay ninguna posibilidad de liberarse del yugo de los poderes económicos. La única resistencia consistiría en abandonar todo lenguaje legitimador.

Más optimistas se muestran los investigadores Luis Bauluz y Clara Martínez-Toledano, coordinadores de riqueza del Laboratorio de Desigualdad Mundial y colaboradores de Agenda Pública. Por los datos del citado informe, aseguran que las desigualdades no son inevitables. Más allá de las políticas fiscales, los Estados que invierten más en igualdad de oportunidades, como en educación y salud pública, son los que mejor nota sacan en cuestión de justicia social, nos dicen, aunque no consigan frenar el aumento de la disparidad.

Que un hecho se repita lo convierte en normal, pero no en deseable o bueno. Ya sabemos que la división entre bueno y malo ha sido siempre cuestionable. Se usó para mantener otros tipos de jerarquías, como roles de género o divisiones de clase, pero la normalidad y, especialmente, la anormalidad tampoco le van a la zaga. La ciencia ha condenado los casos anormales al terreno de lo monstruoso y se ha encargado de generar miedo ante todas las propuestas que se salgan de la norma. Sin embargo, lo normal es también —y esto ya lo decía Maquiavelo— que de la desigualdad devenga la corrupción y se destruya la democracia. ¿Dónde está el punto de no retorno? ¿Lo hemos atravesado ya?

Lo que venimos haciendo hasta ahora no está funcionando para la inmensa mayoría de la población. A lo mejor es el momento de pensar que lo normal no vale, que la próxima vez que nos surja la duda sobre si algo nos parece normal cambiemos el epíteto por un término mucho más exigente e incluso disparatado.

Mar Gómez Glez es socióloga, escritora y doctora por la Universidad de Nueva York. Sus últimos libros son: Una pareja feliz (Tres Hermanas) y Fuga mundi (Antígona).

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