A una sola carta

La crisis y las circunstancias han colocado a Europa en situación de emergencia. O acude el naipe, o no acude, y entonces no se sabe lo que podría pasar, sin exclusión de las hipótesis peores. En el escenario más dramático, el de una implosión incontrolada del euro, veríamos caer o desnaturalizarse varias democracias, llevadas más allá de su límite de elasticidad por el tirón centrífugo de partidos populistas y desaforados. No entraré en detalles, que varían según los países y que intiman, dependiendo también de cada caso, peligros específicos distintos. Sea como fuere, es común la sensación de que las elites políticas, muy tocadas por su conexión poco edificante con las oligarquías económicas durante los años de delirio, vino y rosas que precedieron al estallido de la crisis, lo han fiado todo a una sola carta: que la moneda aguante. Ésa es la consigna inmediata. Por supuesto, el euro no aguantará si no se dan pasos hacia la unión fiscal, la cual integraría una antesala, un prolegómeno, de la unión política. No estoy afirmando nada que no sea un lugar común periodístico, o un eco de lo que repiten los expertos que escriben en las diarios. Lo interesante es señalar que este estado de opinión recuerda notablemente al que suele adueñarse de las sociedades- en un trance bélico.

No lo digo porque ronde nuestros umbrales un enemigo invasor —China, Rusia, Gengis Kan resucitado—, Me refiero, más bien, a la puja hacia arriba, a la surenchére, que históricamente se desencadena cuando una o varias naciones aprietan los puños a fin de evitar una catástrofe mayúscula. No solo se concentran los recursos y se toca a rebato, sino que los equilibrios y cautelas habituales desaparecen y se verifican mudanzas revolucionarias en el terreno institucional. Sucedió en Francia a partir de 1792, tras la torpe y desmañada acometida que las monarquías iniciaron contra la joven república; ocurrió en la Rusia de los soviets, y así sucesivamente. Cabría compendiar el fenómeno recordando que la fijeza de las cosas abriga un carácter necesariamente relativo. En tiempo de bonanza los agentes vuelcan sus energías en la defensa u obtención de pequeñas ganancias marginales. La sociedad no se mueve apenas, precisamente porque nadie está dispuesto a concesiones que puedan poner en peligro logros en principio innegociables. El conjunto social da la impresión de estar encajado, tieso, cerrado sobre sí Hasta que, de súbito, revientan los factores de escala. Lo imprescindible pierde importancia. y con las pólizas selladas hace el personal pajaritas de papel o lía un cigarrillo y se lo fuma dibujando anillas en el aire.

En ese zafarrancho, en esa imponente confusión, han ingresado los países que se extienden, trazando un arco, desde la esquina báltica a la punta de Tarifa. La Comisión ha perdido fuerza en beneficio del Consejo de Ministros, lo que parece acreditar, en teoría, un retorno del poder a las naciones antiguas. Pero esto, como digo, es solo teoría. La intervención de varias economías ha deslegitimado en medida importante a los gobiernos correspondientes; Monti es una suerte de procónsul refrendado in por el presidente de la República; y no pocas constituciones, incluida la española, se han vinculado a los difusos mandatos europeos. Nos encontramos, en fin, en un caos, tal vez fecundo. Resultaría prematuro, no obstante, apurar el paralelo revolucionario, o bélico, o como se quiera llamarlo, más allá de la cuenta. Lo que distingue a esta Europa balbuciente de una nación en trance de rehacerse desde dentro por causa de una presión externa, es que Europa, justamente, no es una nación, sino un conglomerado de naciones sueltas. El extremo es esencial. Significa que el proceso formativo europeo obedece, por imperativos de diseño, a una lógica peculiar y muy estudiada por la ciencia económica: la de la «acción colectiva». En la acción colectiva agentes numerosos, independientes, y centrados en promover sus propios intereses, deben ponerse libremente de acuerdo sobre cómo perseguir un objetivo común. Por desgracia, la acción colectiva no suele funcionar, o solo lo hace cuando existe un poder con capacidad bastante a coaccionar positiva o negativamente a los elementos cimarrones o disidentes que se resisten a entrar en el pelotón. Quien encarna mejor el poder coactivo es el Estado, la instancia monopólica por excelencia. La Unión Europea presupone hacer un Estado desde premisas no estatales. La cosa suena… más bien rara. Es un poco como disponer de una palanca sin un punto en que apoyarla. O como salir de un pozo tirándose de las orejas, a la manera esforzada y portentosa del Barón de Münchausen.

Es fácil resumir el itinerario que han seguido los asuntos europeos, sin experimentar un punto de irritación. El proceso ha estado presidido por una mentalidad que reflejó con gran elocuencia Soros. Soros ha aplaudido que se construyera la Unión mediante pequeños deslizamientos sigilosos que luego resultaba complicado o costoso corregir caminando marcha atrás. Conforme a Soros, nada impide que un país llegue a sazón por un mecanismo análogo al que utilizan los pescadores para apresar una langosta. La embocadura de la nasa, en figura de cono invertido, permite a la langosta avanzar, aunque no retroceder, y finalmente el bicho queda cautivo en el fondo de la red. La técnica auspiciada por Soros no es propia de un tipo que se ha declarado discípulo de Popper. La filosofía política popperiana invoca reformas fragmentarias y experimentales, no incursiones en la estructura institucional de naturaleza irreversible. Sobre todo, a Popper le habría horrorizado que una estrategia cuyo principio es la imposibilidad de desandar lo andado, descansase en las intrigas de una pequeña elite no responsable frente al electorado. Y es que entre Soros, y su maestro, media la misma distancia que entre un croupier, y un filósofo. Los dirigentes europeos, por lo general, se han comportado como croupiers, no como hombres de Estado. Con cierto retraso, ha venido el tío Paco con las rebajas, y las elites penumbrosas se ven ahora en la situación que peor gobiernan y más les asusta: la del órdago. Si cae la moneda de cara, sobrevivirán. Si sale cruz, están liquidadas.

Acaso se pregunte el lector cuáles son mis sentimientos. Pues son los de un europeo normal. Oscilo entre la desazón que me produce un tinglado orquestado a oscuras, y el temor a que éste no se tenga en pie. Si pudiese apretar un botón rojo, y determinar el futuro, optaría por la Unión Europea, por mucho que su diseño sea chapucero y no señale un lugar inteligible en el mapa de las emociones, las ideas, y las iniciativas democráticas. La alternativa es una especie de vacío, de vértigo, de incertidumbre radical. Nos sentimos constreñidos a avanzar por eliminación: porque no sabemos dónde acabaríamos si damos la vuelta. No lo sabe el pueblo alemán, no lo sabe el italiano o el español. Y aún menos lo saben quienes están a la cabeza y se agitan, pero no se orientan. Crucemos los dedos, en la esperanza de que el miedo nos infunda valor, la necesidad avive el ingenio, y al cabo la crisis económica se convierta, o se sublime, en una crisis de crecimiento.

Álvaro Delgado-Gal, escritor

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