Abajo con el dengismo

China recientemente llevó a cabo una serie de ceremonias solemnes y de alto perfil, que prácticamente pasaron inadvertidas en el mundo exterior, en honor al 110 aniversario del nacimiento del ex líder Deng Xiaoping. Pero, como sucede con la mayoría de las festividades políticas en China en estos días, pocos se preocuparon por reflexionar sobre lo que se está celebrando –y lo que el liderazgo de Deng realmente significó-. La verdad es que, si bien Deng merece un reconocimiento por haber sacado a China del abismo del maoísmo, su estrategia –el “dengismo” o un desarrollismo autoritario- hoy está obstruyendo las perspectivas de China.

Hacer una distinción entre Deng el reformista y el dengismo como filosofía gobernante no es un ejercicio académico inútil. Deng, que arriesgó su autoridad y la del Partido Comunista Chino (PCC) para romper con la convención maoísta y lanzar la revolución económica de China, murió en 1997. El dengismo, que destaca el objetivo de la modernización bajo un estado unipartidario poderoso, sigue forjando el sistema de gobernancia de China.

A Deng, que como bien se sabe declaró que “el color de un gato no importa siempre que atrape a los ratones”, normalmente se lo recuerda como un pragmático imperturbable. Pero hasta los pragmáticos tienen principios medulares que limitan sus acciones y Deng no era una excepción. Dos ideas eran incontrovertibles: el PCC podía retener su control del poder sólo si ofrecía desarrollo económico, y China podía modernizarse sólo bajo un sistema unipartidario fuerte.

En consecuencia, el rechazo de la democracia en cualquiera de sus formas era fundamental para el punto de vista de Deng. Aunque defendía la reforma legal como una herramienta de modernización, Deng era firme en su convicción de que no se podía permitir que el régimen de derecho limitara el poder del PCC.

Con certeza, Deng reconocía algunas de las patologías del partido-estado. Frente a la distribución de las posiciones de liderazgo –muchas veces de por vida- sobre la base de las conexiones personales más que del mérito, él entendía que el sistema padecía de una enorme ineficiencia, aversión al riesgo y una falta de pericia técnica.

Sin embargo, Deng estaba convencido de que las reformas administrativas podían resolver estas cuestiones. Lo que no anticipó fue lo difícil que resultaría superar la resistencia desde el interior del PCC a cualquier reducción de sus poderes.

El ritmo lento de la reforma frustró tanto a Deng que, a fines de los años 1980, le pidió al premier reformista Zhao Ziyang que liderara un equipo especial secreto y de alto nivel con el fin de examinar opciones para implementar cambios más radicales –esta vez apuntando directamente al sistema político-. Pero cuando el grupo aseveró que el progreso hacia la modernización requeriría la incorporación de algunos principios democráticos y el régimen de derecho, Deng inmediatamente invalidó la iniciativa. Su visión de que la modernización exigía mantener el poder concentrado en manos de un partido único no logró anticipar la amenaza que un estado predatorio podía plantear para el desarrollo sostenido.

Aquí reside la tragedia del dengismo. Ganó credibilidad a partir del hecho de que su creador desmanteló un sistema cruel y destructivo, y dejó como legado una China más próspera y humana. Pero esa credibilidad ha sido utilizada para justificar el mantenimiento de un sistema que hoy está obstaculizando el progreso continuo de China.

El mayor fracaso intelectual del dengismo es su incapacidad para dar cuenta del potencial de que un poder no controlado alimente la codicia y la corrupción entre las elites gobernantes. Su mayor fracaso político es su resistencia a las reformas democráticas necesarias para limitar ese poder.

Durante el régimen de Deng, las contradicciones y limitaciones inherentes del dengismo eran menos evidentes. Después de todo, el pueblo chino había estado reprimido durante tanto tiempo que las reformas económicas por sí solas representaban un enorme paso hacia adelante. Por cierto, al generar espacio para la creatividad y el espíritu empresario individual, dieron rienda suelta a un período sin precedentes de crecimiento rápido que sacó a millones de chinos de la pobreza.

Sin embargo, la falta de una reforma política implicó que no hubiera nada que impidiera que las elites gobernantes se apropiaran de una porción desproporcionada de la nueva riqueza. Las revelaciones recientes de una corrupción sistémica en todos los niveles de gobierno demuestran que la amenaza más grave para el éxito económico a largo plazo de China es el partido-estado indiscutido e indisciplinado.

La buena noticia es que el presidente Xi Jinping parece reconocer este problema. Más allá de adoptar el legado de Deng y perseguir reformas económicas orientadas al mercado, ha llevado a cabo una campaña anticorrupción audaz desde que llegó al poder. En julio, lanzó una investigación formal de una de las figuras de más alto rango del Partido Comunista Chino, Zhou Yongkang –una prueba de su compromiso de extirpar el abuso de poder.

El deseo de Xi de convertirse en el próximo gran reformista de China bien puede ser la razón por la cual su gobierno ha invertido tanta energía en elogiar los logros de Deng. Es de esperarse que siga emulando a Deng, sin permitir que su estrategia termine distorsionada por el dengismo.

Minxin Pei is Professor of Government at Claremont McKenna College and a non-resident senior fellow at the German Marshall Fund of the United States.

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