Abolición de la monarquía en Nepal, ¿un nuevo fracaso?

Por Henry Kamen, historiador británico. Su último libro en español es Los Desheredados. España y la Huella del Exilio (EL MUNDO, 17/06/08):

Una de las primeras canciones que aprendí cuando empecé a ir a la escuela, en las estribaciones de los Himalayas, fue en nepalí y el tema era la felicidad del hombre. Cuando recuerdo la maravilla de aquellas montañas, donde no sabíamos de inviernos aunque cada mañana nos saludaba la espléndida visión de los picos perpetuamente nevados, tengo todos los motivos por estar agradecido de haber crecido allí. El paraíso, por supuesto, ha sido hace tiempo sustituido por la brutal realidad de la política. Hace casi un mes, la gente de Nepal celebró el establecimiento de una república que ahora suplanta a la monarquía tradicional. Es un momento histórico en la Historia mundial, señalando el final de la última monarquía hindú sobre la faz de la tierra y de la dinastía Shaha, que ha estado en el poder durante dos siglos y medio.

Todos los gobiernos del mundo, y también las Naciones Unidas, han enviado sus buenos deseos al nuevo Gobierno, y hay motivos para felicitarle. Nepal ha estado en conmoción durante demasiado tiempo. Un movimiento maoísta empezó sus actividades en la selva en 1996 y ganó impulso en 2001, después de los espectaculares asesinatos en el seno de la familia real. Los maoístas lidiaron una larga década de guerra civil con el deseo expreso de establecer una república comunista totalitaria y hubo un momento en que casi dominaron el 80% del territorio del país. Estimaciones aproximadas sugieren que más de 13.000 vidas, entre policías, terroristas y civiles, podrían haberse perdido desde que la crisis terrorista comenzó en 1996. Desde entonces, los maoístas, conocidos oficialmente como el Partido Comunista de Nepal (maoísta), han controlado efectivamente los acontecimientos. Salieron de la jungla en 2005, se convirtieron en políticos y pidieron el final de la monarquía. En las elecciones celebradas para elegir una Asamblea Constituyente, ganaron más de un tercio de los escaños, convirtiéndose en el partido mayoritario. Se espera que su líder llegue a ser el próximo primer ministro. Añadiendo la gran cantidad de votos que el Partido Comunista de Nepal (marxista-leninista) consiguió, los partidos comunistas controlan más del 56% de los 601 escaños que forman la Asamblea Constituyente. Curiosamente, un tercio de todos los delegados de la asamblea son mujeres. Entretanto, el ex rey abandonó la semana pasada su residencia oficial, el Palacio Narayanhity, en la capital, Katmandú.

Con justicia, uno puede preguntarse: ¿la abolición de la monarquía va a solucionar los problemas de los nepalíes? ¿Trae soluciones la abolición de cualquier monarquía? La experiencia de la historia pasada ha demostrado muy claramente que nunca las ha traído, y sólo ha agravado los problemas. Cualquiera que conozca algo del pasado de Europa sabe que la abolición de la monarquía inglesa en 1640 produjo un Gobierno militar, la abolición de la monarquía francesa en 1789 fue seguida por el terrorismo jacobino, la abolición de la monarquía rusa fue seguida por el establecimiento de una cruel y larga tiranía. En muchos países, como en Inglaterra y Francia, las monarquías fueron restauradas después de un vil período de sufrimiento. Podemos extraer la conclusión de que los políticos activistas que lideran el movimiento en contra de la monarquía nunca han sido capaces de ofrecer una buena alternativa. Su intención tal vez sea honesta, pero su propia incompetencia a menudo les traiciona llevándoles a cometer errores aun peores de los que cometió la monarquía.

Los españoles, por supuesto, están familiarizados con el tema, sobre todo en un año como éste, en el que están celebrando la ambigua historia de su propia monarquía y sus vicisitudes durante los difíciles años de 1808 a 1814. Si un erudito fuera a escribir la historia de la monarquía española desde el siglo XV en adelante, debería tomar en cuenta la persistencia del movimiento antimonárquico, el intento de asesinato contra Fernando el Católico, el desprecio público por Juana la Loca, la rebelión en contra de Carlos V, la indiferencia hacia Felipe II, el vilipendio a Felipe III, el desdén hacia Carlos II, el abierto rechazo a Felipe V y la ruina de todos los monarcas de España, desde Fernando VII en adelante. Desde su nacimiento como nación en 1808, España no dejó de instalar y desinstalar reyes. En 1808, Fernando VII obligó a su padre a abdicar, y algunos meses más tarde él mismo fue obligado a abdicar en favor de José Bonaparte. Fernando fue reinstalado en el trono en 1813, pero dejó un legado atroz dado que no tenía un heredero varón y los carlistas disputaban la sucesión. En 1868 prácticamente obligaron a su hija Isabel a abdicar, y la monarquía no fue restaurada hasta 1874, en la figura de Alfonso XII. En noviembre de 1930, Ortega y Gasset publicó un artículo en un periódico que terminaba con las palabras: «Delenda est monarchia» («Hay que abolir la monarquía»). Los escritores acogieron el fin de la monarquía con entusiasmo. Sin embargo, a la abolición de la monarquía española en 1931 le siguió una república de incompetencia y terrorismo, y una guerra y dictadura fascista.

Todo esto, desdichadamente, tal vez pronto ocurra en el caso de Nepal, un país pobre donde casi la mitad de los 25 millones habitantes es analfabeta, y una considerable mayoría vive con menos de un dólar al día. Todos los partidos políticos representados en la Asamblea difieren entre sí sobre qué tipo de sistema de Gobierno quieren, sobre la estructura federal para el país, su agenda económica y manera de asegurar los derechos de las minorías y grupos en desventaja. Con más de 50 grupos étnicos clamando por su parte, la tarea de redactar la constitución no será fácil. Entre los principales desafíos a que se enfrenta el país, mientras intenta sellar un proceso de paz, uno de los más complicados es resolver el destino de 20.000 antiguos combatientes maoístas, que se hallan actualmente en campos bajo la supervisión de las Naciones Unidas. La dirección maoísta quiere integrarlos en el Ejército nacional, pero es probable que el Ejército nepalí y los otros principales partidos se resistan con dureza.

Y después, por supuesto, existe la amenaza de la secesión. Los que han proclamado una república en Nepal no tenían mandato democrático para hacerlo. No ha habido ningún referéndum. De la misma manera, sin atender el proceso de consulta, algunos partidos regionales han amenazado con separarse de Nepal. El hombre que encabeza un partido de reciente formación que se asienta en la región contigua a la India declaró recientemente en una entrevista a un periódico: «Tenemos el derecho de declarar la independencia». La inestabilidad política en esta región, habitada por la gente madhesi, es intensa. Los intereses regionales y étnicos forman una considerable parte de la nueva Asamblea Constituyente; los partidos madhesi, por ejemplo, tienen 80 diputados.

¿Y qué será del rey Gyanendra? «Los políticos pueden permitirse pensar en sólo cinco años, pero yo tengo que ir más allá», se dice que ha declarado recientemente. No hay evidencia de cuán grande puede ser el apoyo a la monarquía. Los tradicionalistas piensan que, ya que la monarquía es una antigua institución al servicio de la unidad de Nepal, el Gobierno interino debería haber organizado un referéndum para decidir su destino. Algunas de las encuestas de los medios de comunicación señalan que la monarquía se ve como un factor estabilizador. Si los políticos lo enredan todo, lo cual no es improbable, habrá muchos que deseen apoyar la vuelta de Gyanendra como cabeza institucional y democrática del Estado.

El paralelismo con la España histórica es sorprendentemente similar. Incluso hoy un aspecto de dicho paralelismo no está fuera de lugar. Con un Gobierno incompetente en el poder que proclama que «no hay crisis económica», y una oposición incompetente que no puede ni siquiera mantenerse a sí misma, el único centro de estabilidad en la España de hoy es la monarquía. En un artículo escrito en 2004, el historiador Carlos Seco comentó: «Sólo la Monarquía -la inmensa suerte de poseer ese instrumento histórico- permitiría a los españoles una superación de los feroces odios cainitas aún vivos». Tal vez una monarquía reformada en Nepal podría desempeñar el mismo papel.