Abrazando al imperio

Por Ian Buruma, autor de Asesinato en Amsterdam. La muerte de Theo van Gogh y los límites de la tolerancia. Copyright: Project Syndicate, 2007. Traducción de Claudia Martínez (LA VANGUARDIA, 06/07/07):

Bernard Kouchner, el nuevo ministro de Asuntos Exteriores de Francia, tiene una extensa y distinguida trayectoria como defensor de la intervención en países donde se pisotean los derechos humanos. Como cofundador de Médicos sin Fronteras, declaró que “estamos estableciendo el derecho moral a interferir en el país de otros”. Por el asesinato masivo de los ciudadanos iraquíes por parte de Sadam Husein apoyó la guerra en Iraq. Siempre habría que ser cuidadoso cuando se atribuyen motivos a las opiniones de los demás. Pero el propio Kouchner dijo, en repetidas ocasiones, que el asesinato de sus abuelos judíos rusos en Auschwitz inspiró su intervencionismo humanitario.

Uno puede o no estar de acuerdo con las políticas de Kouchner, pero sus razones son ciertamente impecables. El hecho de que a muchos intelectuales judíos prominentes en Europa y Estados Unidos – muchas veces, igual que Kouchner, con un pasado izquierdista- les satisfaga la idea de usar las fuerzas armadas norteamericanas para impulsar la causa de los derechos humanos y la democracia en el mundo puede tener el mismo origen. Cualquier fuerza es justificable si se trata de evitar otra shoah,y quienes eludan su obligación de respaldar una fuerza de este tipo no son considerados mejores que los que colaboran con el mal.

Si estuviéramos menos perseguidos por los recuerdos del apaciguamiento del régimen nazi, y del genocidio subsiguiente, a la gente tal vez no le preocuparían tanto los derechos humanos. Y de ninguna manera todos aquellos que trabajan para proteger los derechos de los demás invocan los horrores del Tercer Reich para justificar la intervención armada anglonorteamericana. Pero el término islamofascismo no se acuñó por nada. Nos invita a ver una gran parte del mundo islámico como una extensión natural del nazismo. A Sadam Husein, que difícilmente era un islamista, y al presidente iraní, Mahmud Ahmadineyad, que sí lo es, se los suele describir como sucesores naturales de Adolf Hitler. Y la debilidad europea, para no mencionar la traición de sus escribas liberales que preparan el camino para una conquista islámica de Europa (Eurabia),es vista como un eco fantasmal de rebajar la amenaza nazi.

El islamismo revolucionario es, sin duda, peligroso y sangriento. Sin embargo, las analogías con el Tercer Reich, si bien son altamente efectivas como una manera de denunciar a la gente con cuyas opiniones no estamos de acuerdo, suelen ser falsas. Ningún ejército islamista está por ingresar en Europa – de hecho, la mayoría de las víctimas del islamismo revolucionario viven en Oriente Medio, no en Europa- y Ahmadineyad, más allá de su retórica desagradable, no tiene ni una fracción del poder de Hitler. La negativa de muchos musulmanes a integrarse en las sociedades occidentales, así como los altos niveles de desempleo y el acceso inmediato a la propaganda revolucionaria, fácilmente puede estallar en actos de violencia. Pero la perspectiva de una Europa islamizada también es remota. No estamos viviendo una repetición de 1938. ¿Por qué, entonces, tanto temor a un apaciguamiento europeo, especialmente entre los neoconservadores? ¿Por qué la ecuación fácil del islamismo con el nazismo? Suele mencionarse a Israel como causa. Pero Israel puede significar diferentes cosas para diferente gente. Para ciertos cristianos evangélicos, es el sitio sagrado de la segunda llegada del Mesías. Para muchos judíos, es el único Estado que siempre ofrecerá refugio. Para los ideólogos neoconservadores, es el oasis democrático en un desierto de tiranías.

Defender a Israel de sus enemigos islámicos puede ser un factor en el alarmismo existencial que subyace a la actual guerra contra el terrorismo. Un Irán con armas nucleares haría sentir sin duda más vulnerable a Israel. Pero quizá se lo sobrestime como explicación. Kouchner no defendió la intervención occidental en Bosnia o Kosovo por Israel. Si la preocupación por Israel tuvo algo que ver en la defensa que hizo Paul Wolfowitz de la guerra en Iraq, probablemente fuera menor. Ambos estaban motivados por preocupaciones comunes por los derechos humanos y la democracia, así como, tal vez, por consideraciones geopolíticas.

Aun así, la retórica islamista, adoptada por Ahmadineyad, entre otros, está deliberadamente destinada a agitar los recuerdos de la shoah. Así que tal vez el miedo existencial de algunos intelectuales occidentales sea más fácil de explicar que su asombrosa y por momentos aduladora confianza en que el Gobierno norteamericano salve al mundo por la fuerza.

La explicación de esta misteriosa confianza tal vez resida en otra parte. Muchos neoconservadores europeos tuvieron un pasado izquierdista, en el que creer en la revolución desde arriba era un lugar común: “democracias del pueblo” ayer, “democracias liberales” hoy. Entre los judíos y otras minorías, tal vez incida otro recuerdo histórico: la protección del Estado imperial. Los judíos austriacos y húngaros fueron los súbditos más leales del emperador austrohúngaro, porque los protegía del nacionalismo violento de las poblaciones mayoritarias. Los judíos polacos y rusos, al menos al inicio de la era comunista, solían ser súbditos leales del Estado comunista, porque prometía (resultó ser que falsamente) protegerlos de la violencia de los nacionalistas antisemitas.

Si fuera realmente cierto que la existencia fundamental de nuestro mundo occidental democrático estuviera a punto de ser destruida por una revolución islamista, sólo tendría sentido buscar protección en la fuerza plena del imperio informal norteamericano. Pero si los problemas actuales se ven en términos menos apocalípticos, entonces aparece otro tipo de traición de los intelectuales: la aclamación ciega de una potencia militar muchas veces tonta, embarcada en guerras innecesarias que cuestan más vidas de las que pretendían salvar.