Abuelas que mueven el mundo

En la pantalla se ve un paraguas  frágil doblegado por la lluvia y el viento que tratan de utilizar una vieja y un niño, turnándose en su torpeza. El niño, más que nada, sostiene a la abuela, que en un ejercicio de inagotable fuerza de voluntad intenta encender una vela. Cerilla a cerilla, en una escena que quizá ocupa menos de un minuto, pero que al espectador le parece interminable: la señora acerca infructuosamente la llamita a la vela. No logra encenderla, pero insiste e insiste, peleándose con el viento, con el paraguas, con el nieto, con la doble mala suerte de que la desgracia se haya cebado en lugar tan sórdido, entre el sucio hormigón y las basuras. Al fin, el pábilo flamea y puede inclinarse hasta posar la vela encendida en el lugar exacto donde alguien le aseguró que un lumpen miserable mató a su nieto, para robarle el móvil.

En ese momento puede usted salir rápidamente del cine porque nadie se dará cuenta, embobado como está el puñado de espectadores siguiendo la vulgar secuencia de una vieja, un niño, el paraguas, una vela, una caja de cerillas a punto de acabarse y mucho viento. Si se queda podrá usted ver una de esas películas que no se olvidan. Se llama Lola, que en tagalo quiere decir “abuela”; una de las pocas cosas dignas que debimos de dejar los españoles durante la larga dominación en aquellas islas, muy cerca de Dios, que de eso se ocupaban los Reverendos Padres Dominicos, pero muy lejos de la humanidad. A buen seguro será la primera cosa que aprenda usted, como yo mismo, en un filme donde no hay nada que no sea un descubrimiento.

No había visto una película filipina en mi vida, lo confieso, y más vale que borren de su memoria, si alguien se acuerda aún de aquella españolada, Los últimos de Filipinas (1945), donde lo único digno que me trae la memoria es una hermosa melodía, Yo te diré, con letra de Enrique Llovet, luego notable santón de la crítica teatral durante la transición española hasta que lo barrió de mala manera Eduardo Haro Tecglen. Canción que tarareaban las señoras de antes cuando les venía la melancolía. Mis únicos conocimientos sobre Filipinas se limitan a la preparación de unos artículos sobre el gran José Rizal, de su notable obra y su mala muerte. También las evocaciones que aparecen en los textos más íntimos y desasosegantes de Gil de Biedma y unos trabajos del historiador Josep Maria Fradera.

Lola es un filme filipino del que Jordi Batlle hizo en este periódico una sentida y elogiosa reseña. La dirigió Brillante Mendoza. Hay que admitir en la hermosura de los nombres hispanos en Filipinas otra parte del legado que aún se mantiene, por más que en el listado de los créditos he encontrado un delicioso Ketchup Eusebio.

Todo en esta película son descubrimientos. El lenguaje, esa doble vida de las lenguas entre lo oficial – el inglés de los juzgados-y la cotidianidad del tagalo, lo que habla la gente, al menos las gentes a las que se refiere este filme duro y sencillo, pero tan desazonador como una pelea entre boxeadores sonados. La lucha por la vida, pero sin esa distancia de Baroja, con los personajes enteros, retratados en su cotidianidad insufrible, en pinceladas que parecen brochazos. Las casas, los muebles, las paredes con sus carteles y, sobre todo, la lluvia. La lluvia se constituye en otro protagonista de la historia. La intensidad del llover, que acaba convirtiéndose en un padecimiento añadido de la vida.

Y las abuelas. Lamento no haber podido dedicar un artículo a otro filme de abuela,en este caso coreano, que tenía un título temerario, Poesía,y que hube de ver en Madrid porque aquí lo retiraron. Ahora nos da por decir, para salvarnos del naufragio, que los abuelos orientales tienen un valor diferente de las abuelas occidentales. Paparruchas. Nuestras abuelas, hasta que se convirtieron en guarderías gratuitas, tenían un valor especialísimo. ¿Cómo se puede contar la vida en la posguerra española sin las abuelas? La trascendencia de las abuelas fue, hasta fechas muy recientes, algo que caracterizaba la vida familiar. Era rara la familia donde una abuela, digo bien, una abuela, en femenino, no constituía el eje sobre el que giraba la vida en común, y sin que ella le diera la más mínima importancia, como si fuera una obvia obligación de su existencia. Por la única razón de asumir las decisiones y, además, no menos trascendental, porque las ejecutaba. Los abuelos masculinos hablaban y dictaminaban, las abuelas las llevaban a cabo.

Todo ese mundo en muchos casos ya perdido me vino a la memoria contemplando estas dos historias cruzadas de Lola, que probablemente tengan muy poco que ver con los nietos y las abuelas de hoy, pero que nos echan de bruces en unas historias que fueron nuestras. En este caso, exacerbadas por la miseria extrema, una miseria urbanita, de esa grandísima ciudad que debe de ser Manila. Un barrio cutre anegado por las lluvias, donde las barcas y eso que sarcásticamente llamaríamos tráfico fluvial forman parte de la vida cotidiana, desde las compras hasta los entierros.

Una película fuerte, con esa tensión visual que crea una cámara al hombro en la que el director parece contagiarse de esa contradicción entre la fiereza de un mundo sórdido, de marginales dentro de la ley de la supervivencia, y la tranquilidad crónica de dos ancianas con ese código que lo admite todo si es para salvar lo único importante, la vida. Dos abuelas luchando por sacar adelante unas familias adaptadas a la ruina. Frágiles ellas en su físico, castigado por la artrosis y el movimiento continuo, creyentes en dioses legendarios a los que visitan en las iglesias, y amantes sobre todo de los suyos, de lo que les ha caído en suerte o en desgracia, lo que les ha tocado en el desecho de la ruleta de la vida. ¡Cómo aman a los suyos, sobre todo a los más jodidos, sean impedidos o reos de justicia! Como si la vida fuera una trampa continua donde lo único que uno no puede permitirse es achicarse, renunciar, no intentarlo desesperadamente.

No hay nada que explicar, son abuelas de nietos medio idiotas, o delincuentes, o inútiles para otra cosa que no sea la golfería. Pero son suyos, son lo que tienen, lo que han criado, lo que ha sobrevivido entre tanto trabajo y tanta miseria. Como geranios en maceta, de esos que ni huelen ni lucen pero que llevan en el balcón toda la vida. ¡Que se atrevan a quitárselos, o a decir que son feos, o que deben poner orquídeas!

Ese asesino descerebrado que es su nieto, tatuado como una alfombra, quiere salir del trullo porque hay demasiada pared y mucha reja. ¿Y qué podría decirle ella, qué sentido tendría? Ni se le ocurre, ni viene a cuento. Sacarle, y a otra cosa.

La ley de la supervivencia está por encima de los debates, de las doctrinas, hasta de los planos largos y las secuencias complicadas. Que nadie busque cinéma verité,ni la denuncia de la situación de los pobres en las zonas deprimidas de Asia. Esto es otra cosa, es la vida, la puta vida de dos abuelas, encarnadas en dos actrices de 79 y 84 años, que jamás ganarán un Oscar, ni un Goya, ni un premio de esos que ansían los aspirantes. Me hubiera gustado saber más de ellas, de cuál fue su vida antes de encarnar a sus personajes, de sus nietos reales, de los hijos; esa generación intermedia que siempre está presente en todo y nunca resuelve nada.

¿Saben ustedes lo que es más desolador de este filme para espectadores sin inocencia? Que nadie después de verla podría dejar de sentirse orgulloso de tener una abuela así. Tan ilegal, tan digna, tan sensible. Cualquiera de las dos, la de la víctima o la del asesino, iguales ambas en el reuma y en la fidelidad a los vivos. Eso sí, a los muertos, respeto, un funeral, y la vela que no se apague. El hálito de vida para continuar la brega. Porque reconozcámoslo: en los tiempos que nos toca vivir, nada hay que subvierta más la ley que la existencia misma de la miseria. Suena raro, como Lola, esa Abuela filipina de Brillante Mendoza.

Por Gregorio Morán.

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