¡Aburrámonos!

Atrévanse a aburrirse. Abúrranse como ostras. Dejen que se aburran sus seres queridos. Sé que algunos ya estarán arrugando el bigote, negando gravemente con la cabeza, o farfullando palabras en voz baja. Aburrirse está mal visto, soy consciente. Hay quien llama al aburrimiento «la plaga del siglo XXI». Otros creen que induce a la depresión y, por tanto, al suicidio. Se habla de «aburrimiento crónico». Se inventan aplicaciones para teléfonos inteligentes que detectan cuando nos aburrimos en función del tiempo en que dejamos descansar al aparato y enseguida nos ayudan a remediarlo. Hay expertos trabajando en otro programa para móviles que detectará en qué lugar exacto del planeta nos encontramos y nos propondrá una lista de posibles distracciones que tenemos a menos de un kilómetro. La vida geolocalizada, un horror muy de nuestro tiempo. Da miedo que ya no nos dejen en paz ni para aburrirnos.

Como suele pasar, a la mitad de la población le aterra el aburrimiento y a la otra mitad le encanta. En las encuestas sobre uso del tiempo libre, hay un inquietante porcentaje de gente que dice «no hacer absolutamente nada» en sus ratos de ocio. Cuando Ronald Reagan se jubiló, confesó a la prensa que estaba deseando aburrirse. Pronto empezó a pintar. Normal: el aburrimiento es creativo y estimulante. Es un estado de ánimo poco apetecible del que buscamos escapar. Lo que hacemos durante y después del aburrimiento nos cambia y nos enriquece. Yo misma creo que nunca hubiera comenzado a leer si no me hubiera aburrido. Y leer me hizo escritora, claro. Cuando mis hijos eran pequeños, si me confesaban trágicamente que se aburrían, yo les felicitaba y les decía estar orgullosa de ellos. Me miraban raro, es verdad, pero todos dejaban de aburrirse al poco rato. Ninguno es depresivo ni suicida. Algún artista en ciernes sí tenemos.

Los que ven en el aburrimiento una lacra han elaborado listas de los museos más aburridos del mundo. Desde luego no parecen muy apetecibles: el Museo de la máquina cortadora de césped, el Museo del collar de perro, el Museo del Edredón o el Museo del salero y el pimentero. Estos cuatro establecimientos pueden visitarse si se viaja a Inglaterra o a los Estados Unidos. En concreto, a Southport, Kent, York y Tennessee, respectivamente. Por cierto, que también hay un Museo del salero y el pimentero en Castell de Guadalest (Alicante), que bien podría formar parte de una lista autóctona donde también deberían estar el Museo del botijo de Toral de los Guzmanes, provincia de León (primo hermano de otro de Argentona, en El Maresme) o el Museo del orinal de la salmantina Ciudad Rodrigo.

Hay quien se ha encargado de diagnosticar al mes de enero como el más aburrido del año. Y, más difícil todavía, quien ha revelado cuál fue el día más aburrido de la historia: el 11 de abril de 1954. Fueron unos investigadores de la Universidad de Cambridge quienes, tras introducir varios millones de datos en un ordenador, dijeron que en esa fecha «no ocurrió nada». Es decir, no nació ni murió nadie ‘relevante’ (la comilla simple como cursiva es mía) ni tuvo lugar ningún ‘evento de importancia’. Los titulares de los periódicos del día siguiente confirmaron la insipidez de la jornada.

Pero todo es discutible (y discutido, de hecho). Al parecer, el 18 de abril de 1930 fue aún más aburrido. Lo dijo la BBC en base a sus propios archivos históricos. Ese día a las seis y media de la mañana el periodista encargado de radiar el boletín informativo se quedó tan a gusto diciendo: «Hoy no hay noticias».

El aburrimiento tiene sus propios especialistas. No pocos, créanme. Una de ellas es la psicóloga británica Sandi Mann, autora de un libro llamado ‘El arte de saber aburrirse’, recién publicado por Plataforma Editorial en el que afirma que un adulto normal se aburre una media de seis horas a la semana. A pesar de ello, Mann dice que es poco. Que debemos aburrirnos más. Que aburrirse es bueno para el cerebro, estimula la creatividad y nos hace sentirnos mejor. Incluso es bueno bostezar -¡ah, el bostezo, ese misterio de la evolución!- porque oxigena el cerebro.

Yo hace mucho que soy partidaria del aburrimiento propio y ajeno, pero cuando llegan las vacaciones escolares desempolvo toda la filosofía sobre el asunto y la esgrimo. Desde luego, me va la vida en ello: los escritores necesitamos aburrirnos de vez en cuando para ser capaces de seguir escribiendo, hemos de convertirnos en un ‘badoc’, en un ‘flaneur’, alguien que pasea sin ninguna intención ni propósito, pero con gusto y provecho.

De este verano espero que otorgue a mis hijos y a otros adolescentes como ellos la oportunidad de aburrirse hasta quedar tiesos, por utilizar una divertida expresión inglesa. También lo deseo para mí misma. Y ya me froto las manos pensando qué va a salir de todo ello. Descubrimientos, vocaciones, juegos, argumentos, personajes… Y a saber cuántas cosas más.

Care Santos, escritora.

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