Abusadores de la paciencia

Ocho y cuarto de la mañana. Estación Avenida de América del metro madrileño, concurrida como siempre. Pasajeros que vienen por la línea 7 hacen trasbordo para coger la línea 6 o Circular. Les esperan unas empinadas escaleras, 57 peldaños. Antes de subirse a la escalera mecánica, ya oyen un violín. La música, tan agradable, se acerca a medida que se sube. Y aparece una pareja mayor, él toca ensimismado el violín y su mujer, también sentada en un taburete y con los labios pintados, está pendiente de pasar las páginas de la partitura sobre el atril.

Una hermosa escena bajo tierra, estimulante a esa hora temprana. Pero ese martes 13 de diciembre, por algo que había leído en el trayecto, y recordando que un día él me contestó que eran de «Hungaria», una tristeza irritada me invadió.

Había leído lo que había ocurrido tras la detención por los Mossos d’Esquadra de cuatro antisistema, algunos militantes de la Candidatura de Unidad Popular, conducidos ante la Audiencia Nacional para su comparecencia por no atender previos requerimientos. Debían declarar en un procedimiento por injurias al Rey tras la quema de fotos de Felipe VI el último 11 de septiembre.

Inmediatamente, miembros destacados de la Candidatura empiezan a criticar la actuación de la Policía autonómica y a exigir groseramente la dimisión del conseller de Interior del Gobierno autonómico catalán, Jordi Jané, del Partido Demócrata Europeo Catalán, antigua Convergència.

En la sede de este partido en el distrito barcelonés de Horta-Guinardó, se ha hecho una pintada: una horca dibujada (sí, una horca, un palo vertical rematado por uno horizontal, del que cuelga un nudo corredizo, a enrollar en el cuello a los condenados a muerte). Dos nombres en mayúsculas (las mayúsculas en el lenguaje callejero y en la Red se usan como gritos), Jordi Jané y Marta Pascal. La pintada ya es suficientemente expresiva, pero para sus autores intelectuales, si es que tienen intelecto quienes jalean a los instrumentales, ha de expresar más odio, intentar dar terror. Y también con mayúsculas escriben debajo de los nombres: «Ho pagareu» (lo pagaréis).

La Candidatura antisistema inicia una campaña con el lema «Ni rei ni por. Desobeïm» (Ni rey ni miedo. Desobedecemos). Un diputado de la Candidatura afirma: «Las pintadas son una provocación. Sobredimensionarlas, un error».

Desde el derecho a la libertad de expresión: quienes hacen esas pintadas, animan a ellas o pretenden minimizarlas, no están ejerciendo la libertad de expresión. En absoluto. Tampoco están sobrepasando los límites que el artículo 10, párrafo 2, del Convenio europeo de Derechos Humanos impone a la libertad de expresión. Es más, sobrecogedoramente mucho más grave. Es discurso de odio en estado puro. Y para el Tribunal europeo de Derechos Humanos, el discurso de odio es un abuso del derecho, rotundamente prohibido por el artículo 17 del Convenio: algunos reclaman libertad de expresión para negar a los que no piensan como ellos todos los derechos y libertades, incluyendo el derecho de vivir. ¡Qué bestial ese «lo pagaréis»! Los demócratas estamos con todas las consecuencias con el Sr. Jané y la Sra. Pascal.

Hace 24 años el Tribunal de Estrasburgo ya decía que los límites de la crítica admisible son más amplios en relación con el gobierno que con un simple particular. Pero se olvida que esa misma sentencia Castells ya afirmaba que es lícita para las autoridades del Estado la adopción, en su condición de garante del orden público, de medidas, incluso penales, de reacción frente a acciones difamatorias sin fundamento o de mala fe.

Campaña tras las detenciones, declaraciones seudopolíticas anticipan y acompañan la pintada. Y esa pintada «es una llamada a una venganza sangrienta que despierta los instintos primarios y conduce a una mortífera violencia». Esa pintada «atiza el odio contra los señalados, y les expone a un eventual riesgo de violencia física». «Es cierto que los políticos que han hablado no han participado (que se sepa) en las pintadas. Pero es igualmente cierto que ellos han proporcionado a los autores un soporte para atizar la violencia y el odio». (Sentencia de 8 julio de 1999).

Ya está bien del abuso del derecho a la libertad de expresión para intentar justificar un independentismo que, en el caso de la Candidatura, es un objetivo transitorio para culminar su finalidad antisistema. Mi admirado Pío Cabanillas me enseñó que en español amabilidad y debilidad suenan igual, y que muchos simples, si eres amable y no gritas, etc., creen que eres débil. Para evitar toda confusión: ¡YA ESTÁ BIEN de este abuso!

Por cierto, las detenciones judiciales practicadas por los Mossos d’Esquadra vienen impuestas no desde Madrid, sino por la propia ley catalana, en este caso por el artículo 12, tercero de la Ley 10/1994, de 11 de julio, de la Policía de la Generalidad de Cataluña, al desarrollar las funciones de policía judicial que conforme al Estatuto de Autonomía y a la Constitución corresponde a los Mossos d’Esquadra. El violinista del metro y su mujer, húngaros, me recordaron la «Terror Haza», en la Avenida Andrássy, nº 60, de Budapest. Este museo de las atrocidades del totalitarismo húngaro, primero fascista y luego comunista, es inquietante y no se puede olvidar. En la contraportada del libro de la «House of Terror» aparece una cita de un español, Baltasar Gracián: «Nada hay más peligroso que la verdad, es una lanceta del corazón. Es tan difícil decir la verdad como ocultarla».

Frente al negacionismo de la verdad, practicado por los peligrosos totalitarismos, decir la verdad y preguntar: ¿hasta cuándo van a abusar de nuestra paciencia como sociedad los que propagan el discurso del odio? ¿Hasta cuándo lo vamos a soportar?

P. S. El violinista y su mujer se colocan frente a un cartel de la línea Circular. No de cualquier otra. Ellos han vivido trayectos con horribles estaciones término. La línea Circular no tiene estación final, toda ella discurre en la democracia garantizada en España por la Constitución.

Javier Borrego es abogado del Estado y fue juez del Tribunal Europeo de Derechos Humanos.

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